El obispo Mons. José Luis Retana presidió la oración diocesana en la capilla de las Hermanitas de los Pobres, un encuentro en el que tres testimonios ayudaron a reconocer en los más vulnerables el rostro de Cristo y a renovar el compromiso de acompañarlos
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
La capilla de las Hermanitas de los Pobres de Salamanca acogió el pasado domingo, 16 de noviembre, la oración diocesana por la IX Jornada Mundial de los Pobres, una cita en la que la Diócesis de Salamanca quiso tener muy presentes los rostros heridos que hoy reclaman cercanía y misericordia: personas sin hogar, privados de libertad, ancianos solos, migrantes, refugiados, víctimas de la guerra, de la trata, de la enfermedad o de la pobreza más extrema.
Esta realidad, tantas veces invisible, quedó simbolizada en el presbiterio con un signo que acompañó toda la celebración. Sobre una manta se situaba un cartel con el lema sugerido por el papa León XIV para esta jornada: «Tú, Señor, eres mi esperanza». A su alrededor, diversas imágenes mostraban la realidad de quienes viven estas situaciones de fragilidad, junto a unos zapatos gastados, una mochila, un bastón y varios cirios encendidos, que evocaban la intención de oración de toda la Iglesia por todas las personas que viven en la intemperie del mundo y a descubrir en ellas la presencia de Cristo, fuente de esperanza.
En el marco del Jubileo ordinario 2025, la oración organizada por el Consejo Pastoral del Arciprestazgo de Santa Teresa–La Armuña, con materiales elaborados por la Delegación Episcopal para una Iglesia Samaritana y de la Caridad y Cáritas Diocesana, reunió a responsables, técnicos y voluntarios de diversos ámbitos eclesiales que acompañan cada día a personas en situación de vulnerabilidad, junto a fieles de distintas parroquias, asociaciones, movimientos y delegaciones. La celebración fue presidida por el obispo de Salamanca, Mons. José Luis Retana, acompañado por el vicario de pastoral, Andrés González, y el arcipreste Fernando García, y animada por el coro parroquial de Villamayor.
Tres testimonios dieron voz al sufrimiento y a la esperanza
La monición de entrada recordó que esta es la novena edición de la Jornada Mundial de los Pobres y que, en este año jubilar, la diócesis deseaba vivirla como un “momento de recapitulación, agradecimiento y reflexión” sobre los compromisos asumidos en favor de los pobres, en los meses pasados.
Durante la oración permaneció expuesto el Santísimo Sacramento, signo de que “Él, en su riqueza, se hizo pobre por nosotros”, y recordatorio de su presencia en cada rostro vulnerable que encontramos en nuestro camino, como ayudó a profundizar la Palabra de Dios que fue proclamada.
Después de las lecturas, tres personas compartieron su testimonio, relacionado con realidades especialmente presentes en el Arciprestazgo de Santa Teresa-La Armuña: los privados de libertad, la soledad de los ancianos y las personas sin hogar.
Samuel: «Cristo está en los patios y en los pasillos de Topas»
Ante el Santísimo, Samuel, del Servicio diocesano de Pastoral Penitenciaria, compartió una experiencia que, como subrayó, “nace de mi propia carne, de haber vivido la cárcel en primera persona”. Describió que, en aquel tiempo, se sintió un “Cristo roto, un Cristo herido”, desorientado y golpeado por sus propias sombras. Sin embargo, señaló que fue precisamente allí, donde menos lo esperaba, donde encontró al Señor: “Estaba Cristo y sigue estando, porque Cristo está en los patios y pasillos de Topas. Cristo está encarcelado hoy. Está en cada uno de nuestros hermanos y hermanas privados de libertad, en sus miradas cansadas, en sus historias rotas y deseos de una segunda oportunidad”, afirmó.
Samuel expresó su agradecimiento a la Pastoral Penitenciaria, “que entró como una luz por una rendija”, sin ruido, pero “transformándolo todo”. Llamó “familia” a quienes le acompañaron, escucharon, abrazaron y devolvieron su dignidad, con quienes descubrió “que Dios no me había dejado de la mano”. También compartió con toda la asamblea que Cristo le llamó “a vivir mi fe en Él dentro de la misma Pastoral Penitenciaria que me había rescatado”, para “ayudar a levantar a los demás, como un testigo pequeño, humilde, de la misericordia de Dios”.
Desde hace años, Samuel forma parte de esta pastoral acompañando a otros internos en su proceso de recuperación. Antes de concluir, pidió a los presentes que no olviden que “la Iglesia también está en el cárcel” y que, en este lugar tantas veces invisible, “en cada rostro, Cristo sigue esperando”.
Jorge: «Padre Damián se ha convertido en mi casa y en mi familia»
Después invervino Jorge, natural de Honduras, quien relató cómo llegó hace más de un año a la Casa Padre Damián tras vivir en la calle “solo, desesperanzado y derrotado”, y sin fuerzas para seguir. Su voz traía consigo noches a la intemperie, adicciones, soledad y derrota, pero en la casa encontró “amor, buen trato, generosidad y asistencia”, un hogar que “se ha convertido en mi casa y en mi familia”.
Jorge compartió esperanzado que lleva cerca de dos años libre de adicciones, y que ahora estudia y se prepara para insertarse “en la vida social y laboral, ser útil a la sociedad y vivir una sana, en paz y tranquilidad”. Manifestó también que “Dios ha sido bueno conmigo y seguiré confiando en Él, que siempre ha estado conmigo en el proceso”. Y finalizó sus testimonio agradeciendo a todo el personal, voluntarios y colaboradores de la casa de acogida Padre Damián, por cuidar de él y de todas las personas acogidas por brindarles “la oportunidad de cambiar nuestra vida”.
José Luis: «Aquí somos una familia»
El tercer testimonio lo ofreció José Luis, residente en la casa de las Hermanitas de los Pobres. Relató su historia: la amputación de una pierna, el paso por otra residencia, la búsqueda de un lugar donde no sentirse solo. “Aquí somos una familia”, aseguró y valoró el cariño y la atención que reciben los mayores: “Gracias a Cáritas y a las hermanitas por el cariño y por cómo se preocupan de todos nosotros”.
Los tres cerraron su testimonio con la misma pregunta dirigida a la asamblea: “Y vosotros, ¿qué podéis hacer por mí?”. Tras un breve silencio, se invitó a todos a ponerse en pie, con las manos levantadas y responder juntos: «Yo te amo… que nuestras manos sean las tuyas en medio de los pobres».
«Los pobres son ancla de esperanza»
En ese clima, el obispo Mons. José Luis Retana recogió los testimonios escuchados y recordó que esta jornada “nos hace tomar conciencia de lo que nos decía el papa Francisco: compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio”. Señaló que “los pobres no son un problema, sino un recurso para acoger la esencia del Evangelio” y comentó que, como en el Salmo 71, también hoy muchos viven situaciones de desprecio, injusticia o abandono, especialmente niños, jóvenes sin trabajo, mayores solos y personas afectadas por guerras y migraciones forzadas. Y alertó del riesgo de una “globalización de la impotencia”, que paraliza ante el sufrimiento.
Mons. Retana recordó que Cristo se identifica con los más pequeños —«tuve hambre… estuve en la cárcel»— y que “la manera de comportarnos con los pobres será criterio de salvación o de condenación”. Por ello, invitó a vivir el amor cristiano “sin límites, profético y capaz de atravesar barreras”. Y antes de concluir, manifestó un deseo dirigido a toda la diócesis: “Que nos convirtamos todos, las instituciones de la Iglesia y cada uno de nosotros, en las manos de Jesús, que tuvo una predilección por los pobres”.
La oración continuó con una letanía por los “rostros marcados” por distintos sufrimientos (violencia, soledad, guerra, migración, falta de trabajo, trata) y con las invocaciones a la Santísima Virgen de los Pobres, el rezo del Padre Nuestro y de la oración inspirada en el mensaje del papa León XIV para esta jornada, una súplica para que la Iglesia viva la esperanza de Cristo y sea hogar para los descartados.
La celebración terminó con un sencillo ágape compartido con los residentes en el comedor de las Hermanitas de los Pobres, un momento de agradecimiento por todo lo vivido.
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