CATÓLICOS EN SALAMANCA – Los sueños de Dios para los hombres

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En su comentario al evangelio de este IV Domingo de Adviento, Tomás González invita a contemplar el sueño de san José como un espacio en el que Dios se revela, disipa el miedo y prepara el corazón para acoger el misterio de la Encarnación

 

Al llegar este evangelio del cuarto domingo de Adviento, el del sueño de José, esposo de María, siempre me vienen a la memoria otros sueños de los que Dios se vale para guiar hacia sí los pasos de los hombres.

Aquellos episodios de la Historia Sagrada que, con amor y devoción, me contaba de un modo tan atractivo mi abuela Carmen, como la interpretación de los sueños del faraón a cargo de José, el que habían vendido sus hermanos, los hijos de Jacob.

O aquellos pasajes del Antiguo Testamento que entendíamos perfectamente al representarlos en mi colegio de la infancia, el Espíritu Santo que atendían las Hijas de la Caridad en Carrión de los Condes, como la llamada de Dios a Samuel cuando dormía cerca del arca de la alianza.

Por medio de los sueños, cuando nuestra mente transita de otra manera, el Señor se revela y nos desvela, nos despierta para amarle más y mejor.
Así sucede con el justo José, que vio su prudencia humana enriquecida por la revelación divina que le constituye custodio del Hijo unigénito del Padre y le manda el nombre que habrá de ponerle, Jesús, pues salvará a su pueblo de los pecados.

Jesús es también Enmanuel, según la profecía de Isaías, Dios-con-nosotros, porque Dios ha enviado a su Hijo único para salvar al mundo, encarnándose con nosotros, para nosotros, en medio de nosotros.

Lo primero que el ángel del Señor dice en sueños a José sirve para todos: “No temas”. No tengamos miedo. Dios está con nosotros, Dios nos salva de los pecados. Esto vamos a celebrar singularmente a partir de la Nochebuena después de haber caminado a lo largo del Adviento. Porque la Navidad no es un sueño sin fin, ni un mundo mágico, sino que nos hace despertar y palpar hasta adorar la carne que nace, Jesús; acoger a los señalados y repudiados, como María; admitir la limitación humana, como la de José, que necesita la guía segura de Dios.

Tomás González, médico y cofrade

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