La Iglesia sigue presente en el medio rural gracias al compromiso de sacerdotes, religiosos y laicos. Para el vicario general, no basta con gestos simbólicos como el toque de campanas del 31 de marzo: “Los sacerdotes hemos de tomar con mucha alegría, desde la obediencia del Señor y la cercanía de Jesús, nuestra vida y entregarla al medio rural, al menos unos años de ministerio, si no es toda la vida”
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
El lunes, 31 de marzo, las campanas de las iglesias rurales de la Diócesis de Salamanca sonarán al unísono para recordar la situación de muchos pueblos que sufren despoblamiento, envejecimiento y, a veces, olvido. Es un gesto que quiere transmitir esperanza y apoyo a quienes aún mantienen viva la vida en el medio rural. Hablamos con el vicario general, Tomás Durán, para conocer cómo la Iglesia vive y acompaña esta realidad en nuestra diócesis.
¿Qué sentido tiene el toque de campanas que habéis propuesto desde la diócesis ara la jornada del 31 de marzo?
Todo el tema de la España vaciada que comenzó hace una década con un libro del periodista Sergio del Molino, que se titulaba: “La España vacía”. Ese libro provocó una conmoción social en toda la nación, y a partir de ahí, se tomó conciencia de esta España vaciada. Surgieron colectivos que defendieron y analizaron todo ese despoblamiento que existe en grandes zonas del país. También la Iglesia se sumó, con la presencia que siempre ha llevado, y con otros colectivos como el Movimiento Rural Cristiano o Jóvenes Cristianos Rurales. A partir de entonces, el 31 de marzo hay un recuerdo para actualizar esa conciencia social sobre la España vaciada.
¿Cuál es la realidad actual de la Diócesis de Salamanca en relación con esa llamada “España vaciada”?
Nuestra diócesis cuenta con unos 280.000 habitantes, de los cuáles en torno a 190.000 viven en el área urbana, en torno a Salamanca ciudad y su alfoz, y alrededor de 70.000 viven en el mundo rural: comarcas muy despobladas por la zona de Vitigudino-Ledesma, Robliza, todos los alrededores de Guijuelo, la misma Sierra,… Tenemos realidades de pueblos y aldeas muy pequeños. También están las cabeceras de comarca, que aglutinan un poco la población, pero que también empiezan a mermar. Esa realidad de geografía humana que crea, de soledad, de pueblos pequeños, sin atención, a veces solamente una vez a la semana con el médico, sin comercios, sin bares,… Todo eso va generando unas comarcas despobladas y envejecidas, y esa es una realidad diocesana que hemos de tener muy en cuenta en cuanto a la presencia evangelizadora.
¿Cómo se acompaña pastoralmente a estas comunidades rurales?
El medio rural nos ha enseñado mucho a la Iglesia. Sus hombres y mujeres nos han enseñado con su vida, con su sentido de la existencia, de la familia, del dolor, del acompañamiento, los ritos de paso de la vida y de la muerte, su trabajo en la tierra,… tantas cosas. La población rural, sus mujeres, sus niños,.. siempre nos han enseñado mucho. La Iglesia siempre ha estado presente ahí.
Hace unas décadas esa presencia era mucho más viva. En estos momentos, no hemos dejado de estar presentes: seguimos aprendiendo de ellos y también nosotros tratamos de llevarles lo que tenemos de más riqueza, que es el Evangelio, la presencia del Señor, la eucaristía, la evangelización, acompañarles en su vida, en su caminar.
En estos momentos se hace mucho también con el laicado, con hombres y mujeres laicos que, bien desde el mismo pueblo, en unidad con el sacerdote, o también desde la ciudad, recorren los pueblos entre semana y los domingos.
Ahí están presentes laicos, religiosos sacerdotes comprometidos en ese medio rural. ¿Qué rasgos caracterizan a la pastoral rural en comparación con la pastoral urbana?
Moderadora de la Palabra en espera de presbítero, en el Arciprestazgo Vitigudino-Ledesma
La pastoral rural es muy diferente a la pastoral urbana. Aunque tengo que decir que las parroquias urbanas copian el modelo de la parroquia rural. Es decir, el mundo rural, que es un mundo agrario, con sus ciclos de primavera, verano… ha creado el año litúrgico, y eso mismo está plasmado en la ciudad.
Pero sí, ciertamente la presencia es más cercana en el mundo rural: hay un contacto más cotidiano con la gente, con sus vidas, con sus problemáticas, con sus presencias, con sus alegrías y sus duelos. También la ciudad tiene la ventaja de otros foros más amplios, con otras realidades sociales que enriquecen la vida pastoral.
¿Desde la diócesis se están llevando acciones concretas para apoyar a esas comunidades rurales?
Estamos en un momento en el que esa presencia de la Iglesia es más bien silenciosa y callada, pero sí, hay gestos importantes. Primero, la presencia de los que viven allí. Y después, la atención pastoral de los que van y vienen, que es una atención pastoral muy cuidada, muy cariñosa, muy cercana,… Después, también, un gesto muy importante es Ranquines, que es el centro de día de salud mental, y que se está abriendo también al medio rural. Esos son gestos y signos que hemos de seguir avanzando, hacia una presencial eclesial más buena, acorde con los tiempos. Para que la presencia que siempre tuvimos, de cooperativas en Alba; de lucha por la tierra, por el Ayuntamiento, en la zona de Vitigudino-Ledesma; las escuelas campesinas de Monleras que todavía siguen,… esa presencia que se ha tenido, sepamos cómo traducirla hoy en una presencia también muy cercana, de atender y secundar, muchas veces con el laicado, las justas iniciativas de los jóvenes agricultores, que muchas veces reclaman sus derechos legítimos sobre la agricultura y el medio rural.
Estamos en el Año jubilar de la esperanza. ¿Hay signos también para el medio rural?
Pues yo creo que sí. Primero, los jóvenes y familias jóvenes que quedan, los pocos que quedan, tienen una conciencia muy viva de su condición rural. Eso es un signo de esperanza. Después, las mujeres en el mundo rural son las que sostienen, sobre todo, todas las actividades culturales y asistenciales, es decir, la mujer en el mundo rural es la que sostiene esas actividades muchas veces culturales, festivas, de reuniones, de tareas educativas que se hacen. Y, sobre todo, asistencialmente. Yo creo que eso es un signo grandísimo de esperanza.
Después, también, el campo es una escuela muy grande de convivencia, de vida. Eso es una riqueza enorme. La presencia de la Iglesia aporta también esperanza con la presencia de la eucaristía, la presencia en las calles de cercanía… Lo que decía antes de Ranquines. Yo creo que hay una conciencia más social y más viva en los que quedan en el mundo rural. Sí, son signos de esperanza.
El toque de campanas de este lunes, ¿puede ser ser un compromiso concreto que se puede asumir como Iglesia y animar a otras parroquias a que lo hagan?
Invitamos, mediante una carta, a los sacerdotes que lo crean conveniente, a los párrocos del mundo rural, a que toquen las campanas el 31 de marzo. Y, además de este gesto simbólico, un compromiso más duradero es seguir profundizando en la presencia y en la atención de la Iglesia, que no se excluyen. Después, también, en el presbiterio, los sacerdotes hemos de tomar realmente conciencia de esta presencia, no debemos de abandonarla.
Hay un dicho de un sacerdote muy querido por nosotros, que decía: “Un cambio de un sacerdote de un pueblo a otro pueblo es fácil; un cambio del pueblo a la ciudad es complicado pero todavía se puede hacer; pero un cambio de un sacerdote de la ciudad a un pueblo… eso es un milagro”. Hemos de invertir eso. Es decir, en nuestro presbiterio diocesano hemos de tener la posibilidad y la dinámica de que podemos estar en la ciudad, volver al pueblo, venir al pueblo, a la ciudad,… Los sacerdotes hemos de tomar hoy, con mucha alegría, desde la obediencia del Señor y desde la cercanía de Jesús, tomar nuestra vida, entregarla al medio rural, al menos unos años de ministerio, si no es toda la vida”.
La entrada Tomás Durán: “La Iglesia ha aprendido mucho del mundo rural… y sigue aprendiendo” se publicó primero en Diócesis de Salamanca.
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