El obispo, Mons. José Luis Retana, que presidió la celebración, anima a los jóvenes a preguntarse: “Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde me llamas a dar la vida?”
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
El Vía Crucis Vocacional Joven, organizado por la Pastoral Juvenil y la Pastoral Universitaria, reunió a numerosos jóvenes el primer viernes de Cuaresma en el centro histórico de Salamanca bajo el lema “Llamados a dar la vida”. La Cruz de la Asamblea abrió el camino desde la plaza de las Agustinas, seguida por decenas de jóvenes que recorrieron siete estaciones hasta el Colegio Calasanz, acompañados por el obispo y varios sacerdotes.
Al inicio, el obispo, Mons. José Luis Retana, invitó a vivir el recorrido como una experiencia comunitaria y de discernimiento: “Caminamos juntos porque la fe no se vive en solitario“. Subrayó que no se trataba solo de recorrer un itinerario externo, sino de dejar que la cruz ayudara a mirar la propia vida y a afrontar las preguntas más profundas: “Quiere ayudarnos a mirar nuestra propia vida, nuestras preguntas: ¿Vivo para quién? Y atreverse a escuchar la respuesta”.
Con esta actitud comenzó el camino. “Detrás irá la cruz, los demás caminaremos detrás de la cruz”, se indicó antes de iniciar la procesión. La Cruz avanzó por las calles del centro mientras resonaban las palabras: “Te adoramos, Señor, y te bendecimos, porque por tu santa cruz redimiste al mundo”.
Las estaciones: aceptar, caer, acompañar, servir
En la primera estación, en la plaza de las Agustinas, se contempló a Jesús aceptando la cruz en Getsemaní. El silencio y la oración marcaron el inicio de un camino que invitaba a confiar en la voluntad del Padre. El grupo Jerut y Atrio repartió a los jóvenes un cuadernillo para que durante las estaciones recogieran lo que iban viviendo.
En el Convento de la Madre de Dios, la segunda estación recordó la primera caída, meditada por Pastoral Universitaria junto a las hermanas religiosas, que entonaron “Victoria, tú reinarás”. La tercera estación, en la Clerecía, centró la mirada en el encuentro de Jesús con su Madre, a través de la Hermandad Universitaria. “Ahí tienes a tu hijo… ahí tienes a tu madre”, se proclamó, subrayando que en la cruz nace una nueva familia y que la vocación se vive siempre en comunión.
En la capilla de las Siervas de María, la cuarta estación recordó a Simón de Cirene, llamado a ayudar a llevar la cruz. Allí, sor Carmen compartió un testimonio vocacional desde su experiencia con los enfermos. Narró cómo acompañó a una mujer con ELA en estado terminal, comunicándose con ella a través de un leve movimiento del dedo o un parpadeo. “He sido testigo de que el sufrimiento no es una desgracia, sino un momento de gracia cuando se vive en unión con Cristo”, afirmó. Y añadió que para una Sierva de María, “servir no es solo hacer, es hacerse prójimo, es dejar que el dolor del otro toque nuestra vida y hacernos presente junto a la Cruz”.
Diversas vocaciones en una diócesis
La quinta estación, en la Iglesia de San Esteban, evocó el gesto de la Verónica, que se acerca a enjugar el rostro de Jesús, con el grupo de Jóvenes Ignacianos (Magis). Un gesto sencillo que habla de compasión y valentía ante el sufrimiento.
En la Casa de la Iglesia, el Seminario Diocesano, se meditó la segunda caída. Allí se hizo explícita la dimensión sacerdotal de la llamada: “El sacerdote está llamado a cargar con la cruz de su pueblo. A sostener la fe de los demás cuando la propia fe se siente probada”. Se rezó por el seminario y por los sacerdotes, recordando tres signos “profundamente sacerdotales”: la estola como signo del ministerio recibido, no como adorno, sino como “responsabilidad, entrega y disponibilidad para perdonar, para bendecir y para acompañar”.
La última estación, en el Colegio Calasanz, contempló la muerte de Jesús en la Cruz. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”, se proclamó, culminando un itinerario que había atravesado las propias dudas, búsquedas y llamadas de los participantes. s inscripciones abiertas a toda la comunidad diocesana.
“No hemos hecho simplemente un viacrucis”
Al concluir, Mons. José Luis Retana retomó el sentido profundo de lo vivido: “No hemos hecho simplemente un vía crucis, hemos dejado que la cruz ilumine nuestra vida”. Recordó que la vida adquiere sentido cuando se entrega y que nadie está en la Iglesia por casualidad: “Hemos sido soñados con un designio bueno, llamados por nuestro nombre”.
Animó a no dejar la experiencia en una emoción pasajera, sino a transformarla en decisión y compromiso: “Nos impulsa a tomarnos en serio nuestra propia vocación, a preguntarnos con sinceridad: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Dónde me llamas a dar la vida?”.
En este contexto, invitó a participar activamente en el Congreso Diocesano de Vocaciones, que se celebrará los días 13, 14 y 15 de marzo, como “nuestro momento” para soñar juntos la Iglesia que el Señor quiere para la diócesis. “No tengáis miedo de implicaros, no tengáis miedo de escuchar, no tengáis miedo de responder, Cristo necesita corazones disponibles”, exhortó.
El vía crucis concluyó con la bendición y con un gesto sencillo: la entrega de una pulsera del Congreso diocesano de Vocaciones como signo visible de una llamada que, como recordó el obispo, queda sobre todo “grabada en el corazón”.
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