CATÓLICOS EN SEVILLA – Apuntes de Vida Espiritual | El anhelo de Dios que habita en el corazón (Por monseñor León)

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CATÓLICOS EN SEVILLA –

Hay en el corazón humano una nostalgia que nada de este mundo logra apagar. No es solo deseo de bienestar, ni simple necesidad de consuelo. Es algo más hondo: un anhelo silencioso de Dios mismo. A veces aparece como inquietud, otras como una sed que no sabemos nombrar. Pero está ahí, latiendo en lo más profundo de nuestra vida, incluso cuando creemos haberlo olvidado.

La Cuaresma es precisamente el tiempo en el que la Iglesia nos invita a volver a escuchar ese anhelo. No a fabricarlo, porque ya habita en nosotros, sino a reconocerlo. Dios ha puesto en el corazón humano una memoria secreta de su presencia, como una huella que permanece incluso cuando el camino se vuelve confuso.

Por eso la Cuaresma no comienza con grandes discursos, sino con un gesto sencillo: entrar en el desierto del corazón. Allí, donde se aquietan los ruidos, emerge esa pregunta que muchas veces tratamos de esquivar: ¿qué es lo que realmente busca mi vida?

San Agustín lo expresó con palabras que atraviesan los siglos: «Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Esa inquietud no es un problema; es un don. Es la señal de que el corazón no ha sido creado para conformarse con lo pequeño.

A veces, ese anhelo se manifiesta de forma inesperada: en una mirada que nos despierta, en una palabra que atraviesa el alma, en un momento en que todo parece detenerse y comprendemos, aunque sea por un instante, que la vida es más grande de lo que creíamos.

En el Evangelio encontramos una imagen luminosa de este misterio. En Betania, una mujer rompe un frasco de perfume y lo derrama sobre Jesús. El gesto parece desmesurado, incluso incomprensible para algunos. Pero Jesús lo acoge con una profundidad que sorprende. Y el evangelista añade un detalle que no debemos pasar por alto: «La casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12,3).

Cuando el amor de Dios toca verdaderamente un corazón, ocurre algo parecido. El frasco se rompe (quizá las seguridades, quizá las resistencias) y entonces el perfume comienza a expandirse. No hace ruido, no busca protagonismo, pero lo impregna todo.
Así actúa Dios en la vida de quienes se dejan alcanzar por Él. Y así se reconoce también ese anhelo profundo que habita en el corazón: cuando, sin saber muy bien cómo, comenzamos a percibir que la vida entera puede convertirse en una casa llena de su fragancia.

Hay experiencias espirituales que no se pueden explicar fácilmente. Son momentos en los que uno tiene la certeza de que el Señor está obrando algo delicado y profundo. No siempre hacen falta muchas palabras; basta una presencia, una comunión silenciosa, una especie de complicidad espiritual que solo Dios puede suscitar.

En esas horas discretas, uno comprende que el anhelo de Dios no es solo algo que llevamos dentro: es también algo que Él mismo despierta continuamente en nosotros. Como si, en medio de la vida cotidiana, el Señor pasara cerca y dejara tras de sí un rastro de perfume que el corazón reconoce.

La Cuaresma nos invita precisamente a custodiar ese anhelo. No a sofocarlo con distracciones ni a domesticarlo con mediocridades, sino a dejar que crezca, que se purifique, que nos conduzca cada vez más hacia el Señor. Porque cuando el corazón se abre de verdad a Dios, algo cambia también en la casa de la propia vida. El ambiente se transforma, las relaciones se iluminan, la esperanza se vuelve más concreta. No por nuestras fuerzas, sino porque el perfume de Cristo comienza a llenar los espacios que antes estaban vacíos.

Quizá esa sea una de las señales más bellas de que el anhelo de Dios está vivo en nosotros: cuando, casi sin darnos cuenta, nuestra vida empieza a oler a Evangelio.
Y entonces comprendemos que el deseo más profundo del corazón no era otra cosa que esto: que Dios habite en nuestra casa… y que su perfume lo llene todo.

+ Monseñor Teodoro León Muñoz

Obispo Auxiliar de Sevilla

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