CATÓLICOS EN SEVILLA –
La oración cristiana es, ante todo, una experiencia de encuentro. No comienza con nuestras palabras, sino con la iniciativa de Dios que sale a nuestro encuentro y desea hablarnos. En un mundo lleno de ruido, de prisas y de estímulos constantes, la Cuaresma —y, en general, toda la vida espiritual— nos invita a redescubrir el valor del silencio como espacio privilegiado para escuchar a Dios.
Orar es, ante todo, escuchar. Vivimos en una cultura que teme el silencio. Lo llenamos de sonidos, de pantallas, de actividad constante. También podemos llenar así nuestra vida cristiana. Sin embargo, la Cuaresma nos recuerda que el desierto no es vacío, sino encuentro. Es el lugar donde el Señor habla al corazón y lo atrae con lazos de ternura.
El silencio verdadero no es ausencia de ruido exterior solamente; es una decisión interior de abrir espacio. Es hacer sitio al Tú de Dios. Cuando el creyente se coloca ante Él sin máscaras, sin discursos preparados, sin pretensiones, comienza algo nuevo. La oración se vuelve simple. Ya no es acumulación de palabras, sino presencia. Permanecer. Dejarse mirar.
Hay un momento en que el yo, tan acostumbrado a afirmarse, se descubre necesitado. Y en ese reconocimiento se produce un giro decisivo: comprendemos que la vida no se sostiene por nuestras fuerzas, sino por un Amor que nos precede. La oración silenciosa nos devuelve a esa verdad esencial: somos amados.
A veces el Señor no responde con ideas claras ni con emociones intensas. Responde con paz. Con una certeza suave que se instala en el alma. Es como si, en lo más hondo, alguien pronunciara nuestro nombre con delicadeza. Esa experiencia, aunque discreta, transforma la existencia. Porque quien se sabe llamado por su nombre ya no camina solo.
Escuchar a Dios en el silencio es aceptar que la vida entera puede resumirse en un abrazo. No un abrazo sentimental, sino el abrazo firme y misericordioso del Padre que sostiene, corrige, levanta y envía. En la oración aprendemos que no estamos frente a una idea, sino ante un Dios vivo que nos sale al encuentro.
Escuchar a Dios transforma la vida. La oración auténtica no nos aleja del mundo, sino que nos devuelve a él con una mirada nueva. Quien escucha a Dios aprende a escuchar también a los demás, a vivir con mayor paciencia, a discernir mejor sus decisiones. La Palabra acogida en el silencio se convierte en luz para el camino y en criterio para la vida.
Desde una sensibilidad abierta al Espíritu, sabemos que ese silencio no es pasividad. Es disponibilidad. Es dejar que el Espíritu Santo ore en nosotros con gemidos inefables. Es permitir que el corazón de piedra se ablande y vuelva a latir al ritmo de Dios. Cuando el alma se rinde a ese movimiento interior, algo se enciende. No hace ruido, pero ilumina.
La auténtica oración nunca nos encierra en nosotros mismos. Al contrario, ensancha el corazón. Quien ha estado en silencio ante Dios aprende a mirar a los demás con más compasión. Porque ha experimentado primero la compasión divina sobre su propia fragilidad.
En la Cuaresma, el silencio orante nos prepara para reconocer la voz de Dios que nos llama a la conversión y a la vida nueva. No es un silencio estéril, sino fecundo. En él se gestan las decisiones importantes, se curan las heridas interiores y se renueva la confianza.
Escuchar a Dios en el silencio es, en definitiva, un acto de amor. Es creer que Dios tiene algo que decirnos, que su Palabra es vida y verdad. Cuando aprendemos a callar para escuchar, la oración se convierte en encuentro transformador, y el corazón descubre que Dios ha estado siempre hablando, esperando que le diéramos espacio.
Que el Espíritu Santo nos conceda el don de esa escucha profunda. Que aprendamos a callar para que Dios hable. Y que, abrazados por Él, caminemos hacia la Pascua con el corazón encendido y la vida transformada.
+ Monseñor Teodoro León Muñoz
Obispo Auxiliar de Sevilla
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