Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966) narra cómo Tomás Moro, Lord Canciller y uno de los humanistas más brillantes de Europa del siglo XVI, se niega a firmar el Acta de Supremacía que convierte al rey Enrique VIII en cabeza de la Iglesia en Inglaterra. Detrás está el deseo del monarca de disolver su matrimonio con Catalina de Aragón para casarse con Ana Bolena en busca de un heredero varón.
Moro no lanza proclamas ni agita multitudes: simplemente calla. Pero ese silencio, sostenido con una paz que el mundo no comprende, resulta para el poder el grito más insoportable. La película de Zinnemann narra con sobriedad magistral cómo un hombre que lo tenía todo —cargo, prestigio, familia, amistad real— lo fue entregando pieza a pieza, hasta ofrecer la última: su propia cabeza.
Hay una escena que condensa la película entera. Richard Rich —el antiguo amigo que traiciona a Moro a cambio de un cargo en Gales— acaba de prestar un falso testimonio que sellará la condena. Tomás lo mira, sereno, y le dice: “Es una pérdida grande, Richard, para un hombre ganar el mundo entero y perder su alma. ¿Pero para Gales?” El humor y la tragedia juntos: ese es Moro, un hombre que conocía el precio exacto de cada cosa. Y ese precio lo había calibrado desde dentro, desde lo que el Catecismo llama “el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, donde está solo con Dios cuya voz resuena en lo más íntimo” (CEC 1776).
Moro no actúa por terquedad ni por ideología: actúa porque ha visto con claridad lo que es verdad y no puede fingir que no lo ha hecho. Esa es exactamente la luz interior que el pasado domingo Laetare nos dejó como eco en el corazón: una luz que no miente, aunque cueste.
Cromwell encarna la antítesis. Su envidia, ese odio que nace de no poder comprar lo que Moro tiene, lo convierte en el inquisidor de la película. No busca la verdad; quiere la firma. Y ahí está el nudo del mal en todas las épocas: rara vez se presenta como mal, sino como pragmatismo, como sentido común, como “todo el mundo lo hace”. Moro responde con algo que la cultura actual apenas soporta: el silencio como forma suprema de integridad.
De ese silencio honrado brota, naturalmente, la pregunta por la fidelidad: ¿hasta dónde? Uno de los momentos más interesantes de la película es la discusión con su yerno William Roper, que querría talar todos los árboles de la ley para perseguir al Diablo. Moro le pregunta: “¿Y cuando hayas derribado todos, y el Diablo se gire hacia ti, dónde te esconderás entonces, Roper? Las leyes de este país se plantaron para proteger al hombre.” Es una defensa apasionada de la norma como escudo de los débiles, no como trampolín de los poderosos, y resuena con fuerza en tiempos donde se confunde libertad con ausencia de límites.
Esta tensión conecta directamente con algo que muchos debaten en Cuaresma: ¿para qué sirve la mortificación, la abstinencia de carne el viernes? ¿Son residuos arcaicos o árboles que nos protegen? Tomás Moro enseña que las normas nacidas del amor no son jaulas sino estructuras que sostienen la libertad. Quien busca los vacíos de la ley de Dios para saltarse el amor no ha entendido ni la ley ni el amor. Jesús lo dijo sin rodeos: “No he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud” (Mt 5,17).
La abstinencia del viernes no es un rito vacío; es un recordatorio corporal de que no vivimos solo de pan, de que algo vale más que la comodidad del momento. El rey Enrique, tan impulsivo en su visita a la casa de Moro, ilustra precisamente lo contrario: quien puede hacer todo lo que quiere descubre que no puede hacer lo único que necesita. Quien parece libre (el monarca) es esclavo de su deseo; quien parece encadenado (el preso en la Torre) irradia una paz que nadie le puede arrebatar.
Esa fidelidad, sostenida hasta el final, desemboca inevitablemente en la cruz. Y Zinnemann así lo muestra: la ejecución sucede casi fuera de plano, sin espectáculo. Hay una escalera, una mañana gris de Londres, unas palabras serenas sobre la misericordia del rey. Y luego silencio, porque la muerte del justo no necesita efectos especiales; su peso lo lleva en sí misma.
El eco de aquel Laetare del domingo pasado aún resuena: la Iglesia nos anticipó el puerto para que ahora, en esta recta final hacia el Domingo de Ramos, caminemos con más decisión. La película se convierte así en una meditación sobre ese puente entre vida y muerte que la fe cristiana llama esperanza. Moro no muere derrotado; muere cumplido, como el grano de trigo que cae en tierra y da mucho fruto (Jn 12,24). Su fruto: cuatro siglos de testigos que le leen, le invocan, le imitan.
Porque la Cuaresma, en el fondo, nos pregunta eso mismo cada año: si somos capaces de ser como Santo Tomás Moro y vivir de verdad, con integridad, con esa luz interior que no se negocia, con la esperanza de quien sabe que el Viernes Santo no es el final de la historia. “Para mí, vivir es Cristo y morir es ganancia”, escribía Pablo (Flp 1,21). Moro lo vivió sin haberlo leído en ningún folio de humanista: lo había entendido en el sagrario de su propia conciencia. Por eso, Un hombre para la eternidad no es solo una película religiosa en el sentido piadoso del término; es algo más exigente, es la radiografía de lo que le cuesta al ser humano ser coherente. En tiempos donde la coherencia se llama fundamentalismo y la objeción de conciencia se trata como patología, este hombre del siglo XVI resulta escandalosamente contemporáneo.
Así que, si esta tarde llamasen a tu puerta —no el rey Enrique, sino la presión de tu entorno, el miedo al ridículo, la comodidad de firmar y seguir— y te pidieran que avalaras algo que va contra lo que sabes que es verdad… ¿qué harías con el silencio que Tomás Moro supo guardar?
José Carcelén Gómez
Ficha técnica:
Título original: A Man for All Seasons
Año: 1966
País: Reino Unido
Dirección: Fred Zinnemann
Reparto: Paul Scofield, Wendy Hiller, Leo McKern, Orson Welles, Robert Shaw, John Hurt
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