CATÓLICOS DE ASTURIAS – «Las Vías Dolorosas, las cruces y los Cirineos pueden ser distintos cada año»

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(En la foto, fotografía de la estancia en México este pasado mes de marzo)

Entrevista a Mons. Jesús Sanz Montes, Arzobispo de Oviedo

Estamos en plena celebración de la Semana Santa. ¿Cómo mirar con ojos de novedad, cómo hacer nuevo algo que se repite año tras año, para que no se convierta en algo rutinario?
El Viernes Santo, primero de la historia, fue el que tuvo que sufrir Jesús para salvarnos como redentor. Pero este Viernes Santo ha tenido otros Viernes Santos durante dos mil años. Las Vías Dolorosas cambian, las cruces también son distintas y los Cirineos que se cruzan también pueden ser otros bien diferentes. Mujeres que rompen en llanto, María que mira de soslayo con ojos de compungida y siempre un Cristo que toma la Pasión que no le correspondía precisamente para venir a salvarnos. Así, cada viernes santo, con otra Vía Dolorosa, con otros Cireneos, otras lágrimas y otros llantos siempre ponen fecha de actualidad y el domicilio de nuestra circunstancia. De tal manera que vivir el Viernes Santo es leer la Pasión de Jesús, teniendo los ojos abiertos a las Vías Dolorosas, a los Cireneos y a nuestras heridas, sabiendo que la última palabra, después de ese dolor inmenso, le corresponde solamente a la Pascua y a la Gloria. 

Ha llegado recientemente de un viaje por México y Panamá, de nuevo buscando el destino de una misión diocesana. ¿Qué se ha encontrado? ¿Qué ha podido vivir allí? Y sobre todo, ¿estamos más cerca de encontrar esa ansiada misión?
Sí, de hecho, cada viaje que podido hacer, especialmente a México, te asomas a un escenario que puede ser el que te está esperando de parte del buen Dios. La tentación que podemos tener, en un momento en donde hay menos sacerdotes y podemos envejecer –hay que decir también que tenemos el refuerzo de este goteo que no cesa, gracias a Dios, de seminaristas que se van ordenando como curas–, la tentación es replegarte, aislarte y los que han marchado que regresen porque estamos menos y más mayores. Esa es la tentación. La actitud justa es la de abrirte para que se cumpla también ahí el Evangelio, que el que da recibe, solamente el que da recibe y el que no da, se le quitará hasta lo que creía tener, dice con sana ironía el Señor en el Evangelio. De tal manera que ir a México, ir a Panamá, supone efectivamente vislumbrar ese espacio donde hay gente que te está esperando, gente sencilla, gente pobre, pero gente con una riqueza de fe inmensa que están hambrientos de la Palabra de Dios y son mendigos de su gracia. Un misionero es lo que tiene que hacer. No va allí de técnico para abrir pozos o para montar en campamentos. El misionero, junto a otra gente que va como voluntaria y las ONGs cristianas que hacen tanto bien, el misionero va a anunciar la Palabra de Dios y, si son sacerdotes, a distribuir también los sacramentos. Y en eso estamos con la ilusión, cada vez más fundada, de que sea México o Panamá o México y Panamá los lugares en donde podamos enviar gente nuestra de la Iglesia de Asturias para hacer allí una misión diocesana.

Al regresar de lugares tan lejanos y de realidades tan diferentes a las nuestras, por mucho que no sea la primera vez que se hacen viajes de este tipo, suele haber un gran choque al regresar, que le hacen a uno replantearse muchas cosas, cosas que aquí parecen importantes y que no lo son tanto.
Revisamos siempre el equipaje, debe ser ligero en un cristiano y en un misionero, en un sacerdote. Entonces, te das cuenta precisamente, cuando te has percatado de la realidad humana, social, económica y también religiosa de otras gentes en otros pueblos, de que estás en una opulencia que no te corresponde o en una seguridad que otros no gozan y eso te hace replantearte primero, el agradecimiento por lo que tienes y por lo que tú puedes disfrutar y en segundo lugar, la solidaridad cristiana para eso que tienes y disfrutas que puedan ser compartidos también con los demás. Es una manera también de aligerar precisamente tu mochila para poder decir «tengo que estar más ligero en esta andadura de anunciar el Santo Evangelio».

Tenemos muy reciente la eutanasia o el suicidio asistido de Noelia, la joven de 25 años con discapacidad y trastornos psiquiátricos que solicitó esa inyección letal para acabar con su vida. La Conferencia Episcopal publicó una Nota a este respecto, porque lo cierto es que la Iglesia tiene una palabra que decir. 
Tiene una palabra, la palabra de la vida. Creemos en la vida, creemos en su Creador y por tanto tenemos que respetar este inmenso don que es la vida. Lo primero y principal que nos sucede es vivir, porque a esto nos ha llamado Dios. Ahora cuando sucede un caso como el de esta joven estamos escenificando precisamente lo que es la fotografía de nuestro mundo complicado, confuso, insolidario, contradictorio.
Porque esta chica, en primer lugar, nace y crece en una familia desestructurada. Y esto nunca es indiferente. Puede parecer que el debate entre ese hombre y esa mujer, que se han unido en matrimonio o en otro tipo de unión, el que cómo les vaya a ellos, es algo que solamente a ellos corresponde, y no es así, porque tiene consecuencias inmediatas en terceras personas. Y lo digo en plural.
De tal manera que, el primer dato de esta joven, el primer punto de partida, es que tuvo la mala fortuna, la desgracia de nacer y crecer en una familia desestructurada con el divorcio de sus padres y con la falta de afecto, cariño y reconocimiento en su dignidad. En segundo lugar, cuando se la transfiere a un centro de protección de menores oficial. Resulta que en este centro no se la protegió. Lo cual es una paradoja. El segundo dato de esta joven es que fue abusada grupalmente y en manada, cuando debería haber sido protegida y defendida. En tercer lugar, ella toma una deriva que no es realmente la que le pudo dar la paz y devolver su dignidad tan pisoteada que fue el intentar suicidarse. Quedó mal parada hasta quedar parapléjica. Y finalmente viene la eutanasia subvencionada. Nosotros creemos en la vida. Pero no creemos en el encarnizamiento de una vida hasta el final a toda costa, sino creemos en un final de la vida cuando la vida precisamente se mete en la etapa terminal, que esté protegida con unos cuidados paliativos. Porque una persona terminal, con todos sus miedos, con toda su hartura y dolor, lo que pide es que alguien le quite el miedo, que alguien le quite esa saturación. Sabiendo que se va morir, nos vamos a morir todos. Pero una persona sí que puede estar cuidada paliativamente. Hacer una inversión en los cuidados paliativos es más costoso que meter una inyección letal para acabar con tu vida en la eutanasia. Y hay algunas gobernanzas y administraciones que abaratan sus presupuestos nunca firmados, precisamente con este tipo de soluciones que no solucionan nada.
Estamos en Asturias y tenemos un índice de permisos para la eutanasia de los más altos de España. Qué paradoja y qué contradicción que, donde más se posibilita la eutanasia, es donde más se dificulta la lista de espera para ser atendido quirúrgicamente o para ser curado como Dios manda. Se mata antes y se cura después. Es una contradicción que hace tanto daño a las personas.

Eso a nivel nacional, aunque de España aún quedaría mucho que hablar, pero vivimos una situación bélica a nivel mundial que realmente nos preocupa a todos y notamos en primera persona sus consecuencias.
La paz es un don que pedimos diariamente al Señor y, como dice el Papa León XIV, pedimos una paz desarmante y desarmada, porque la paz es un bien, es el don de Dios con el que siempre nos bendice, salvo que nosotros declaremos una guerra. Y digo «una» guerra, con artículo indeterminado, porque hay muchas en curso. No solamente está la guerra de Ucrania, la guerra de Gaza y su Franja, la guerra, ahora, en el Golfo Pérsico y en el Estrecho de Ormuz, sino que en el mundo hay más de 30 guerras en curso, algunas de ellas precisamente declaradas para sacar adelante la munición o el armamento que va quedando obsoleto. Guerras con intereses siempre lesivos para los más inocentes, para todos los hombres y mujeres.
El «No a la guerra», claro, pero ¿Quién dice «Sí a la guerra»? Nadie normalmente dice «Sí a la guerra». Ahora, al que diga «No a la guerra» habrá que preguntarle desde qué bandera. Decir «No a la guerra» es decir «No a la guerra» en todo escenario donde se conculcan los derechos, se siega la vida de todos los inocentes, particularmente los niños, los ancianos, las mujeres y los hombres, que son honestos y que llevan a su vida y su familia adelante. «No a la guerra» en cualquiera de sus escenarios, sí a la paz, como don de Dios, que tenemos que seguir trabajando y poder compartir como buenos hermanos en esta humanidad. 

Vamos con algún tema un poco más amable. Acaba de regresar también de Roma de acompañar al Real Oviedo en su encuentro con el Papa con motivo del centenario que están celebrando. ¿Cómo ha sido la experiencia?
Pues ha sido un partido que hemos ganado por goleada. Fue un encuentro muy cordial, súper amable por parte del Santo Padre que nos trató con mucho cariño. Me preguntaba el motivo del viaje y yo le explicaba que el Real Oviedo, un equipo de Primera División está celebrando su primer centenario desde la fundación del club y, por tanto, queríamos venir también a Roma para dar gracias a Dios y recibir la bendición del Santo Padre. Él nos la impartió, se despidió de nosotros hasta España, por el viaje que próximamente realizará a nuestro país y las palabras que nos dijo fueron siempre palabras preciosas.
No hace tanto que el Papa León ha escrito una carta muy importante sobre el significado del deporte con todos los valores que, en esta práctica humana, se concentran. Un deporte bien planteado nos ayuda a ser mejores personas, con una rivalidad que no sea violenta y con una competitividad que nos permita luchar como ejemplo y parábola de la lucha por la vida. Así que con la bendición del Santo Padre, con esta visita a la tumba de San Pedro y desde el corazón de la Iglesia Católica nos hemos vuelto muy contentos.

Hablando de ese viaje que tiene el Papa previsto a España este próximo mes de junio, un viaje muy deseado ¿qué cree que va a suponer para los católicos españoles?
Pues la presencia de un padre que es el que confirma nuestra fe y nos alienta en medio de los avatares, a veces oscuros, a veces cuesta arriba, a veces confusos y contradictorios. Poder tener una palabra  de fe, una palabra de luz, una palabra de esperanza es lo que tanto, tanto, estamos necesitando. De estas tres citas que tiene el Santo Padre en España, Madrid, Barcelona y Canarias, intentaremos acompañarle cuando convoque a los jóvenes, que es el primer día; cuando convoque a las familias, el segundo día; el tercer día estará con la Conferencia Episcopal y después en Barcelona en la gran basílica de la Sagrada Familia y en la memoria de este cristiano artista, escultor, arquitecto que fue Gaudí y finalmente una visita a ese lugar de enorme preocupación con los emigrantes, con los volcanes mal apagados porque siguen sin recibir las ayudas prometidas, como son las Islas Canarias. Tres escenarios para acompañar al sucesor de Pedro en nuestra tierra de María que es España.

 

 

 

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