«El amor fraterno que nace del amor filial, la presencia de la Eucaristía como memorial, el sacerdocio cristiano que aprende los gestos del Buen Pastor. ¡Qué hermoso legado nos deja siempre este primer día del Triduo de la Pascua para entender lo mucho que nos quiere nuestro Señor! Sacerdocio, Eucaristía y Amor fraterno. Venid, adoremos. Es Jueves Santo. Ojalá nos descubramos cada uno con nuestra vocación sentados en aquella mesa de la Cena del Señor». Así se expresaba el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes, en la homilía de la Misa «En la cena del Señor» de este Jueves Santo. Acompañado por el Deán de la Catedral, D. Benito Gallego y buena parte del Cabildo, presidió la eucaristía en la que se recuerda la Última Cena y tiene lugar el gesto del lavatorio de los pies, en este caso a doce miembros de la Adoración Nocturna.
En el día en el que se conmemora la institución de la Eucaristía, del Sacerdocio y el Amor fraterno, el Arzobispo de Oviedo rememoró estas tres novedades que dejó Jesucristo en ese día explicando que «En aquel soliloquio ante el padre y los hermanos, desplegará Jesús lo que será el corazón de su mensaje eterno: el amor que nos tuvo siempre y que aquella noche se hacía extremo. Un amor fraterno hacia los discípulos que nacía y se urgía desde su amor filial al Padre, pidiendo para ellos la unidad de una comunión que los hiciera hermanos de veras, un amor que llegaba a lavarles los pies sin importar la procedencia y fuesen cuales fueran las andanzas que los dejaron sucios y cansados. Y dentro del tono de despedida que tenían aquellas palabras de Jesús en los postres, les hizo un regalo inmenso: tomó el pan y lo partió, vertió vino en la copa y lo elevó, para decirles que se quedaba para siempre con ellos quien así se despedía, que se quedaba como un pan tierno de hogaza, como un vino generoso de alegría, discreto como un sagrario que reclama el incienso adorante de nuestra mejor alabanza. Era su cuerpo y su sangre, que les confió repetir en memoria suya todos los días de la vida». «Pero hizo más –dijo Mons. Sanz en su homilía–: les llamó amigos como nadie pudo declararles, les hizo confidentes de sus secretos más íntimos al darles el Padrenuestro y las Bienaventuranzas, les entregó la patena del pan y el cáliz del vino, para que hicieran ellos lo mismo que le vieron hacer a Él teniendo sus ojos clavados en aquel gesto de darse como sacramento. O como cuando les confió el ministerio del perdón reconciliando los pecados en su nombre, para que sea la misericordia la última palabra tras todas nuestras torpes penúltimas palabras. Y les confirió su propio ministerio sacerdotal, haciéndoles pastores junto a Él, el Buen Pastor».
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