CATÓLICOS EN CANTABRIA – Oración, meditación y silencio, protagonistas del retiro diocesano de Pascua

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Puntualmente, a las 10:00 de la mañana, comenzaba en el seminario diocesano de Monte Corbán el retiro diocesano de Pascua, dirigido por nuestro obispo, monseñor Arturo Ros. Decenas de fieles han acudido a la invitación extendida por la Delegación de Liturgia y Espiritualidad, organizadora del encuentro, que ha tenido una duración de tres horas, en las que, entre otras cosas, los asistentes han escuchado dos reflexiones a cargo de D. Arturo y han tenido tiempo también para el silencio, la meditación y la reflexión en presencia del Señor.

En su primera reflexión, monseñor Ros ha comenzado estableciendo el contexto del tiempo litúrgico de la Pascua, destacando que es el período más largo, si se excluye el tiempo ordinario. Ha enfatizado que nuestra fe es fundamentalmente «pascual», no «cuaresmal». La razón por la que nos reunimos para orar es la Resurrección de Cristo. Por lo tanto, estamos llamados a vivir este tiempo con la máxima intensidad posible, no solo internamente, sino también en nuestro estilo de vida y en nuestro enfoque pastoral. La vida pascual es una vida de movimiento hacia adelante, no de permanecer en la comodidad de la duda o la tristeza, como los que se sentaban ante el sepulcro, ha asegurado.

Durante la Pascua, la liturgia se centra en los «evangelios de las apariciones». Estos relatos, aunque sobrios y austeros, contienen las palabras de Jesús resucitado, palabras que tienen el poder de ensanchar y transformar nuestros corazones hoy, tal y como lo hicieron con los primeros discípulos. D. Arturo ha tratado de hacer memoria de estas palabras, permitiendo que el Resucitado nos las diga directamente a nosotros en este momento presente. A continuación les desvelamos estas palabras junto a un análisis práctico:

«Paz a vosotros, no temáis» (Juan 20:19, 26)

Jesús se aparece a los discípulos, quienes se habían encerrado por miedo y lo habían abandonado durante su pasión. La primera acción del Resucitado no es de reproche, sino de restauración. Ofrece paz a aquellos que lo habían abandonado. Su amor permanece fiel, buscando activamente recuperar a los que se han alejado. Al ofrecer la paz, Jesús les otorga el perdón. Los discípulos, que sentían la «tristeza del culpable», se sienten perdonados a través de este saludo. Jesús nos habla hoy, diciendo: «Paz para vosotros, la paz contigo, no temas». Incluso cuando estamos desconcertados, con miedo o llenos de culpa por nuestros propios fracasos y abandonos, Dios nos busca para restaurar la comunión y darnos su paz.

«¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?»  (Implícito en la narrativa de María Magdalena en Juan 20)

Jesús se aparece a María Magdalena junto al sepulcro vacío. Ella está llorando, creyendo que el cuerpo de Jesús ha sido robado. Jesús nos hace preguntas profundas para revelar el estado de nuestro corazón. ¿Buscamos a un recuerdo del pasado, a un «muerto», o al Cristo viviente? A menudo, nuestras propias lágrimas, tristezas y decepciones nos ciegan, impidiéndonos ver al «Viviente que está a nuestro lado». Nos conformamos con recordar experiencias pasadas («nosotros pensábamos, creíamos, esperábamos», como los discípulos de Emaús), en lugar de buscar al Cristo activo y presente. Debemos responder honestamente a la pregunta de Jesús: «¿A quién buscas?». La respuesta debe ser clara y decidida: «A ti te busco». El Resucitado siempre abre el futuro, nos precede («Ve a Galilea») e inaugura nuevos caminos. Estamos llamados a decidirnos y seguirlo en esos caminos.

«Dichosos los que sin haber visto creen» (Juan 20:29)

Jesús le dice estas palabras a Tomás después de que este declara su fe al ver y tocar las heridas de Cristo. Como creyentes que vivimos 21 siglos después, estamos llamados a ser «dichosos». Nuestra bendición proviene de creer sin haber visto físicamente. La experiencia pascual es, en su esencia, una experiencia de fe. Estamos invitados a esta misma experiencia, un encuentro personal con el Jesús que vive. Nuestra respuesta a esta afirmación debe ser una simple y profunda declaración de fe: «Señor, yo creo en ti». A veces, en nuestra oración, usamos demasiadas palabras para intentar convencer a Dios. Sin embargo, una declaración sincera y simple que surge del corazón es suficiente y poderosa. Podemos reconocer nuestras faltas («soy un trasto», «no soy coherente»), pero la base de nuestra relación es esta fe: «Pero yo creo en ti».

La Pregunta Fundamental: «¿Me amas?» (Juan 21:15-19)

Después de la resurrección, junto al mar de Galilea, Jesús le pregunta a Pedro tres veces si lo ama, correspondiendo a las tres negaciones de Pedro. Esta no es una pregunta de un juez, sino un acto de «restauración total». La lógica de Dios no es la del castigo, sino la del amor redentor. Jesús no «necesita» nuestro amor en un sentido teológico, pero nos pregunta porque nosotros necesitamos la oportunidad de afirmar nuestro amor por Él. Es Pedro quien necesitaba la oportunidad de expresar su amor para ser sanado y restaurado.

La respuesta clave de Pedro es: «Señor, tú conoces todo y tú sabes que te quiero». Él no confía en su propia fuerza, sino en el conocimiento omnisciente y amoroso de Jesús. Debemos permitir que Jesús nos haga esta pregunta íntima y personal. Nuestra alma anhela responderle: «Señor, tú lo sabes todo, y tú sabes que te amo». La verificación de nuestro amor está en el seguimiento. Después de la triple afirmación, el mandato de Jesús es claro: «Tú sígueme». El conocimiento de Jesús lleva al amor, y el amor lleva al seguimiento. Cuanto más auténticamente lo seguimos, más profundamente lo conocemos y con mayor intensidad lo amamos.

Esta Pascua es momento de celebrar la presencia de Cristo Resucitado, y encuentros como el vivido hoy en Monte Corbán alientan el ánimo y fortalecen nuestra fe en que realmente ha resucitado y está entre nosotros. Nos salvó, nos salva y nos salvará. ¡Verdaderamente ha resucitado!

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