La parroquia Parroquia Maravillas de Jesús acogió el encuentro en un ambiente marcado por la oración y el agradecimiento a los profesores de Religión. La celebración estuvo presidida por el obispo auxiliar, José María Avendaño Perea, quien centró su homilía en la frase del Evangelio: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).
Por el encuentro pasaron Pedro Huerta, secretario general de Escuelas Católicas; Antonio Roura, director del secretariado de educación de la Conferencia Episcopal (CEE); José Luis Guzón, delegado de enseñanza de la diócesis; Francisco Romero, director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Evangelización, Catequesis y Catecumenado, de la CEE y Joaquín Echeverría, padre de Ignacio Echeverría , el ‘héroe del monopatín’.
Lejos de interpretar esas palabras como una invitación al perfeccionismo, el obispo explicó que Jesús habla de la perfección del amor. «No se trata de no equivocarse nunca, sino de aprender a amar como ama el Padre: sin excluir, sin medir, sin esperar recompensa». En ese contexto, animó a los docentes a no reducir su tarea a la transmisión de contenidos ni a los resultados académicos.
Avendaño recordó que la asignatura de Religión tiene hoy una misión «profética» en medio de una cultura centrada en la eficacia y la competitividad. «El centro no es el éxito, sino el amor», resumió, subrayando que los profesores están llamados a mostrar a los alumnos el rostro de un Dios que ama sin condiciones.
Tocar tierra sagrada
Durante la homilía insistió en que la enseñanza de la Religión no es solo una profesión, sino una auténtica vocación eclesial. Cada clase –afirmó– es un envío de la Iglesia y una oportunidad para tocar «tierra sagrada», especialmente cuando se abordan cuestiones como el sufrimiento, la muerte o las heridas interiores que muchos adolescentes arrastran en silencio.
El obispo auxiliar puso el acento en la vida interior del docente. «Sin oración, la enseñanza se convierte en discurso; con oración, se convierte en testimonio», señaló, invitando a los profesores a preguntarse no solo si han preparado bien la clase, sino si están unidos al Señor.
Otro de los ejes de su reflexión fue el horizonte eterno de la educación cristiana. En una sociedad que –según apuntó– ha reducido la mirada al aquí y ahora, los profesores de Religión están llamados a abrir a sus alumnos a la esperanza del cielo y a la dignidad de saberse hijos de Dios. «Cuando un alumno descubre que es hijo amado, cambia su identidad», afirmó.
La llamada a la perfección, añadió, se concreta en la paciencia cotidiana: cuando la clase no responde, cuando el mensaje no cala o cuando falta reconocimiento. «Dios no se cansa; vuelve a empezar una y otra vez», recordó, animando a los docentes a reflejar esa paciencia en el aula.
También tuvo palabras para el testimonio silencioso que deja huella más allá de exámenes y temarios. Puede que los alumnos olviden fechas o definiciones, señaló, pero no olvidarán cómo se sintieron tratados. En ese sentido, evocó el lema diocesano «Caridad y Humildad» como clave para la tarea educativa.
Un pequeño cenáculo
La Eucaristía fue presentada como la verdadera escuela donde aprender esa perfección que es entrega. Allí –subrayó– se recibe la gracia para amar más allá de las propias fuerzas y para renovar el corazón cuando aparece el cansancio.
La Jornada concluyó con una llamada a no rebajar el Evangelio ni los ideales que propone. «No tengáis miedo de hablar de santidad en el aula», alentó el obispo auxiliar, convencido de que los jóvenes no necesitan propuestas a la baja, sino horizontes grandes y luminosos.«Que cada clase sea un pequeño cenáculo. Que cada aula sea un lugar donde se respire cielo. Que cada alumno pueda intuir, a través de vosotros, el rostro misericordioso del Padre. Y que un día, cuando termine la tarea en la tierra, el Padre celestial os diga: “Has sido fiel en lo pequeño. Entra en el gozo de tu Señor”», concluyó.
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