CATÓLICOS EN MADRID – ColapsoJavier Pereda Pereda

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Los terremotos consecutivos que azotaron a Venezuela el pasado 24 de junio de 2026 han estremecido al mundo entero. Este trágico fenómeno, originado por la violenta interacción entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana, se ensañó con el eje norte-central del país.

Hoy nos resultan dolorosamente familiares los nombres de las zonas más damnificadas tras ver las devastadoras imágenes que llegan de los estados de La Guaira, Carabobo, Yaracuy, Aragua, Miranda y el Distrito Capital de Caracas. Los movimientos telúricos, de magnitudes 7,2 y 7,5 en la escala de magnitud de momento, colapsaron infraestructuras enteras y se han cobrado miles de vidas.

Mientras los datos oficiales de las autoridades establecen cerca de tres mil muertos, las proyecciones iniciales de modelos del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) llegaron a estimar escenarios catastróficos de miles de víctimas potenciales. Esto expuso, desde el primer minuto, el abismo informativo de la realidad en el terreno.

Ante la magnitud de la emergencia, la respuesta del Estado venezolano evidenció una profunda incapacidad institucional. Las autoridades, bajo la gestión de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y figuras como Diosdado Cabello, tardaron tres días en oficializar la dimensión de la catástrofe mientras las redes sociales transmitían el caos en directo.

El régimen demostró que carece de los servicios más elementales de sanidad pública y de equipos especializados para reaccionar a crisis de este calibre. En lugar de desplegar a los 330.000 efectivos militarizados en labores exclusivas de salvamento, estos acudieron con armas a las zonas del siniestro en vez de herramientas útiles. Las denuncias ciudadanas en plataformas digitales evidenciaron que la prioridad oficial fue controlar el relato político y obstaculizar la labor de los rescatistas independientes. Peor aún, el caos dio pie a registros de cámaras donde se observa a militares y policías incurriendo en actos de pillaje, sustrayendo dinero y electrodomésticos de las estructuras colapsadas.

Esta desgracia natural se desploma sobre una economía venezolana largamente depauperada, arrastrando una pérdida histórica de más del 70% de su PIB, una inflación crónica y un 68% de pobreza con ingresos familiares que apenas llegan a los 102 dólares mensuales. Las evaluaciones preliminares de daños materiales son desalentadoras: la NASA identificó cerca de 59.000 edificaciones afectadas, y las pérdidas económicas se proyectan desde los 10.000 millones de dólares hasta estimaciones macroeconómicas que rozan los 100.000 millones.

La destrucción ingente de determinadas viviendas ha puesto de manifiesto el fraude histórico de la «Misión Vivienda», un proyecto bandera nacido bajo la promesa de reubicar a los damnificados del deslave de Vargas de 1999 —el hito climatológico de lluvias torrenciales cuyo barro sepultó a cientos de viviendas y que marcó el inicio del actual proceso político bolivariano—. Veintiséis años después, la realidad demuestra que aquellas construcciones eran soluciones no seguras, baratas e inconsistentes; estructuras endebles que actuaron como trampas mortales ante la sacudida de la tierra.

En medio de la indolencia estatal, la catástrofe también ha sacado a la luz lo mejor de la condición humana a través de la cooperación internacional. Mientras las primeras 72 horas transcurrían como un margen crítico y vital para hallar supervivientes en los llamados «huecos de vida», unidades especializadas de bomberos y la Unidad Militar de Emergencias (UME) de España se sumaron de inmediato a las tareas de búsqueda. Asimismo, brigadas de rescate de México, El Salvador y el sólido apoyo logístico de Estados Unidos demostraron la efectividad de la asistencia global en zonas de desastre.

El rostro de esta esperanza compartida lo encarna Aaron Levi Castillo, un joven rescatado con vida tras permanecer cinco días bajo los escombros de un edificio destruido. Su salvamento, logrado gracias al esfuerzo conjunto de brigadistas internacionales, dejó una frase para la posteridad desde su cama de hospital: “Estoy aquí gracias a Dios. Él fue quien me sacó de allí y mandó a sus ángeles”. Aaron se ha convertido en un símbolo de fe, resistencia y hermanamiento internacional en medio de la peor encrucijada contemporánea del país.

Hoy, la comunidad internacional no solo debe solidarizarse con las víctimas enviando ayuda humanitaria a través de canales civiles seguros, sino también reflexionar sobre el destino de un pueblo doblemente golpeado: primero por la implacable fuerza de la naturaleza y, segundo, por el colapso estructural de un sistema político comunista convertido en una narcodictadura. Este colapso exige que se acelere su proceso hacia la democracia.

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