CATÓLICOS EN MADRID – Encontrar nuestro lugar en el mundoSin Autor

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En algún momento de la vida todos nos hemos hecho las mismas preguntas: ¿cuál es mi misión?, ¿a qué me habrá llamado Dios?, ¿qué tendrá preparado para mí?, ¿dónde puedo ser útil?, ¿cómo puedo ayudar? Son preguntas sencillas, pero capaces de acompañarnos durante años.

A veces creemos que para encontrar nuestro lugar debemos estar en el escenario perfecto, en el momento indicado o desempeñando el papel que imaginamos. Y cuando las circunstancias no coinciden con nuestras expectativas, pensamos que estamos en el lugar equivocado. Sin embargo, quizá hemos entendido mal la pregunta. Tal vez no se trata de encontrar un lugar, sino de descubrir qué podemos hacer con el lugar en el que Dios nos ha puesto.

Jesucristo quiso regalarnos algo más profundo que una respuesta: una familia. Nuestra fe tiene una dimensión personal, pero nunca es una experiencia aislada. Somos parte de una comunidad, de una Iglesia que nos acoge, nos acompaña y nos recuerda que no caminamos solos.

Algo parecido ocurre con aquello que nos apasiona. Basta pensar en el fútbol. Uno puede llegar a una ciudad desconocida y, al encontrarse con alguien que lleva la camiseta del mismo equipo, surge inmediatamente una familiaridad. Hay algo que nos une. Con la fe sucede algo todavía más profundo: ser católico significa pertenecer a una Iglesia universal, reconocer en el otro a un hermano y entender que nuestra casa también es la casa de los demás.

Por eso, encontrar nuestro lugar en el mundo no significa necesariamente ocupar una posición importante. Significa descubrir dónde podemos servir, amar y aportar. A veces será en nuestra profesión; otras, en nuestra familia, en una comunidad, en una parroquia, en el voluntariado o simplemente al lado de alguien que necesita ser escuchado.

El llamado tampoco siempre llega con señales extraordinarias. No tiene necesariamente un día, un lugar o una hora. Muchas veces aparece en lo cotidiano, cuando menos lo esperamos. Dios puede hablarnos precisamente desde aquello que no habíamos planeado, desde una persona que encontramos en el camino o desde una necesidad que nos invita a salir de nosotros mismos.

Quizá nuestro lugar en el mundo no sea aquel que soñamos inicialmente, sino aquel donde podemos convertir nuestra vida en servicio. Porque cuando dejamos de preguntarnos únicamente “¿qué quiero hacer?” y comenzamos a preguntarnos “¿para quién puedo ser útil?”, algo cambia en nosotros.

Pidámosle entonces a María Santísima, Madre de la Iglesia, que nos enseñe a reconocer nuestro lugar, a amar nuestra casa común y a servir con generosidad. Que nos ayude a comprender que nunca estamos exactamente donde Dios no puede utilizarnos para hacer el bien.

Porque, al final, encontrar nuestro lugar en el mundo no consiste en llegar a un sitio determinado. Consiste en descubrir que, allí donde estamos podemos ser instrumentos de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Miguel Eduardo Arenas

 

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