CATÓLICOS EN MADRID – Fueron al Congo a ayudar y descubrieron que eran ellos los que tenían mucho que recibirSin Autor

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15 voluntarios de la Fundación Amigos de Monkole viajaron este verano a Kinshasa con la intención de servir. Tres semanas después regresaron a España con una certeza: el Congo les había cambiado mucho más de lo que ellos habían podido cambiarlo.

Hay viajes que empiezan mucho antes de subir a un avión.

Para Rocío, médico de familia, el viaje a la República Democrática del Congo comenzó muchos meses antes de aquel 4 de agosto. Había soñado durante años con hacer un voluntariado en África. Preparó el viaje, estudió francés, rezó, habló con su familia y también tuvo miedo. Mucho miedo. Pero finalmente llegó el día.

En el aeropuerto se encontró con otros 14 voluntarios con los que apenas se conocía. Juntos emprendieron un largo viaje hasta Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo.

«Ya verás qué bien», les había repetido Enrique, de la Fundación Amigos de Monkole, durante los meses de preparación. Y vaya si lo comprobaron.

Llegar al Congo y empezar a mirar de otra manera

Kinshasa no es fácil para quien llega desde España. El ruido, el tráfico, el polvo, el caos y la falta de muchas de las comodidades que aquí damos por hechas hacen que los primeros días sean un auténtico cambio de vida. Una ducha, el agua, la electricidad, una calle asfaltada, una cama cómoda o simplemente poder moverse con seguridad dejan de ser cosas normales para convertirse en auténticos privilegios.

Pero poco a poco ocurre algo. Las calles empiezan a resultar familiares. Los niños dejan de ser desconocidos. Las personas con las que compartes el día comienzan a formar parte de tu rutina. Y entonces descubres que el viaje no va exactamente de lo que pensabas.

Porque el voluntariado no consiste solamente en dar.

«Hemos venido a ayudar, pero somos nosotros los que recibimos»

Los 15 voluntarios pudieron conocer de cerca diferentes proyectos de la Fundación Amigos de Monkole y de sus colaboradores en Kinshasa.

Visitaron el Hospital Monkole y descubrieron todo lo que hay detrás de un hospital: no solo médicos y enfermeras, sino también agua, electricidad, oxígeno, medicamentos y todos los recursos necesarios para poder atender a los pacientes.

Conocieron el proyecto de nutrición de Kimwenza, impulsado por las Misioneras de Cristo Jesús, donde cada semana se realiza el seguimiento de niños con problemas de malnutrición y se les proporciona una harina enriquecida para ayudarles a recuperar un buen estado nutricional.

También conocieron el proyecto «Creer en ellas», que ofrece formación y oportunidades a jóvenes mujeres con un futuro incierto.

Y visitaron varios orfanatos, entre ellos Mama Koko, el Orfanato de la Misericordia y el de Mamá Lorette. Fue allí donde muchos de ellos vivieron algunos de los momentos más difíciles y, al mismo tiempo, más emocionantes del viaje.

Los niños buscaban sus manos. Querían sentarse junto a ellos. Les abrazaban. Les tocaban el pelo. Pedían que los cogieran en brazos. Buscaban, sobre todo, cariño.

En Mama Koko, donde viven cientos de niños, una de las voluntarias cogió en brazos a un pequeño que terminó quedándose dormido apoyado sobre su hombro. Y entonces apareció una pregunta que ya no podía desaparecer:

«¿Qué puedo hacer yo por este niño? ¿Cómo va a ser su futuro?» Son preguntas que no tienen respuestas sencillas. Pero quizá tampoco era necesario tenerlas.

Porque aquellos jóvenes empezaron a descubrir que, aunque no pudieran cambiar la vida de todos los niños que conocían, sí podían hacer algo: estar con ellos y hacerles sentir queridos. El idioma que todos entienden

Celia, una de las voluntarias, lo explica después de sus primeros días en Kinshasa: aunque no sepas francés o lingala, existe un idioma universal: la sonrisa, el abrazo, la mirada, el cariño, el amor.

Y eso fue precisamente una de las grandes lecciones del viaje: en España estamos acostumbrados a pensar en el voluntariado desde aquello que podemos aportar: nuestros conocimientos, nuestro tiempo, nuestro trabajo o nuestros recursos.

En el Congo descubrieron que a veces ayudar también significa simplemente estar: jugar con un niño, escuchar, acompañar, sonreír, coger una mano, dar un abrazo…

«Aquí, aunque no quieras, das. Y es verdad eso de que cuando das, te llenas», cuenta Rocío. Y quizá por eso algunos de los que llegan al Congo para unas semanas terminan quedándose mucho más tiempo.

Cuando la medicina también tiene límites

Para Rocío, además, el viaje tenía un significado especial. Como médico de familia pudo conocer de cerca una realidad sanitaria muy diferente de la que había vivido en España.

En Kinkwemi visitaron un pequeño centro médico que atiende a los habitantes del poblado y de las comunidades cercanas. Una sala de observación, algunos medicamentos y una sala de partos con una camilla, un peso para recién nacidos y poco más. Y, sin embargo, allí habían nacido muchos de los niños de la zona.

Aquella visita le hizo pensar en las enormes posibilidades de la medicina en España y, al mismo tiempo, en la capacidad de las personas del Congo para salir adelante en unas condiciones que para nosotros resultarían difíciles de imaginar.

También pudo acompañar a un médico de familia durante algunas consultas. Le llamó especialmente la atención que aquel médico facilitara a muchos pacientes su propio número de teléfono para que pudieran llamarle si tenían un problema, incluso fuera de su horario de trabajo. No lo hacía porque estuviera obligado. Lo hacía por vocación, por servicio, por amor.

Personas que han hecho del servicio una forma de vida

Quizá esta fue otra de las grandes sorpresas para los voluntarios. En Kinshasa conocieron a personas que un día decidieron dejar su país, su familia y sus comodidades para ponerse al servicio de los demás. Españoles, argentinos, congoleños y personas llegadas de otros lugares que han hecho del servicio una forma de vida. Personas que podrían haber elegido una vida más cómoda y que, sin embargo, decidieron quedarse.

Rocío lo resume así: «El servicio es su camino al cielo». Y esa frase interpela. Porque el voluntariado puede durar tres semanas. Pero servir a los demás es una manera de entender la vida.

«Esto no acaba el 24 de agosto»

El 24 de agosto terminó el viaje. Las maletas volvieron a España. Volvieron las duchas con agua caliente, las camas cómodas, la electricidad, el agua corriente, las calles asfaltadas y todas esas pequeñas cosas que antes parecían normales. Pero algo había cambiado. Porque después de conocer determinados rostros ya no puedes mirar exactamente igual.

Celia lo tenía claro ya durante la primera semana: «Hemos venido como voluntarios, pero realmente somos nosotros los que recibimos». Y añadía una frase que terminaría convirtiéndose en el lema de todo el viaje: «Esto no acaba el 24 de agosto».

No acaba porque los proyectos continúan. No acaba porque las necesidades siguen ahí. No acaba porque los niños que conocieron siguen necesitando cariño, educación, alimentación y oportunidades. Pero, sobre todo, no acaba porque el voluntariado no consiste solamente en viajar tres semanas a África. Consiste en dejar que lo vivido transforme tu manera de mirar, de agradecer, de servir… de vivir.

«Ya verás qué bien»

Antes de viajar, Enrique, presidente de la Fundación y coordinador del voluntariado, solía terminar sus mensajes a los voluntarios con una frase que a Rocío le hacía gracia: «Ya verás qué bien».

Durante meses, aquella frase le provocaba curiosidad. Después de tres semanas en el Congo, ya podía entenderla. «Menos mal que no dejé de confiar y de dejarme hacer», escribe Rocío al recordar la experiencia. «He podido ver qué bien en primera persona».

Porque los 15 voluntarios fueron a Kinshasa pensando que iban a dejar allí parte de su tiempo, sus conocimientos y sus capacidades. Y volvieron con algo mucho más grande. Se llevaron nombres, historias, sonrisas, abrazos, preguntas…. Y una nueva forma de mirar todo aquello que tienen en España.

Pero también se llevaron una certeza: Dios se hace presente muchas veces en las personas que encontramos cuando decidimos salir de nosotros mismos y ponernos al servicio de los demás.

Como ya habían descubierto otros jóvenes que vivieron esta experiencia, el Congo no fue solamente un lugar donde trabajar o ayudar. Fue también un lugar donde descubrir las «caricias de Dios» entre los más pobres.

Quizá por eso, cuando el avión despegó de Kinshasa rumbo a España, el viaje no terminó realmente. Porque el Congo no se acaba cuando aterrizas en Madrid. El Congo se queda contigo. Y quizá ese sea el verdadero comienzo del voluntariado.

 

 

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