Formar parte de la Archicofradía del Señor de la Humildad es, para mí, una herencia bendita que recibí incluso antes de tener uso de razón. En mi pueblo, Alcaudete, solemos decir con orgullo que somos cofrades «de cuna», y en mi caso fue una realidad literal: mi padre, en un gesto de amor y devoción que marcó mi destino, me hizo hermana de mi Cofradía apenas unos días después de nacer. Con solo cuarenta días de vida, ya estaba viviendo mi primera estación de penitencia en brazos de mi madre. Esa semilla que mi padre plantó con tanto respeto ha crecido conmigo, convirtiéndose en mi identidad y en el motor de mi vida.
Como joven cofrade y «benjamina» de la Junta de Gobierno de mi cofradía, entiendo que nuestra fe no se limita a una noche de túnica y “capirote”, de casco de romano o de mantilla. Ser cofrade no es solo un día al año; es un compromiso real durante los trescientos sesenta y cinco días. Dentro de las cofradías existe un trabajo inmenso e imprescindible que a veces no se ve: reuniones, organización, limpieza y una constante vida de hermandad.
En este día a día, si hay algo que tenemos claro y que forma parte de todos nuestros proyectos es la caridad. No podemos mirar al Señor de la Humildad y al resto de nuestros Titulares sin mirar también a quienes más lo necesitan; Jesús dedicó su vida a los demás, y ese es el espejo en el que debemos mirarnos. Para nosotros, la caridad no es un acto puntual, sino una característica fundamental de nuestra identidad. Entendemos que nuestra labor continúa fuera del templo, tendiendo una mano al prójimo y recordando que cada paso que damos debe ir acompañado de un gesto de amor. Nuestra fe solo tiene sentido si se transforma en servicio.
Bajo esta premisa de servicio y compromiso, me enorgullece ser una de las jóvenes que, junto a otros compañeros y amigos, hemos logrado crear y consolidar el Grupo Joven de nuestra cofradía. Ver que los jóvenes nos involucramos y aportamos nuestro granito de arena es la prueba de que nuestra hermandad está más viva que nunca; somos, sin duda, el mejor relevo de un futuro que ya es presente.
Toda esta labor diaria culmina en los días que se marcan a fuego en mi calendario: el Miércoles y el Jueves Santo. Mi estación de penitencia comienza el Miércoles Santo, cuando nuestra Santísima Virgen de la Piedad recorre las calles de Alcaudete; pero mi alma se detiene por completo cada Jueves Santo. El momento mágico, ese que nunca querría dejar de vivir, ocurre cuando se abren de par en par las puertas de la Iglesia de Santa María.
En ese instante, el mundo exterior desaparece. El ver al Señor de la Humildad y a la Virgen de la Antigua acercarse a su pueblo, desde la falda del Castillo Calatravo, los sentimientos afloran y las lágrimas brotan sin previo aviso. Es ahí, donde mi oración se vuelve gratitud; donde doy gracias por mi familia, que camina junto a mí en el cortejo y que es mi mayor orgullo, por mis amigos y, sobre todo, por ser Él mi sostén, mi pañuelo y mi refugio en los días grises.
En un mundo que a veces nos señala o no entiende nuestra entrega, sé que creer en Dios es amar de una forma diferente. Gracias a mi familia, y especialmente a mi padre, he aprendido a mirar al Señor con ese respeto infinito con el que ellos lo hacen. No hay mayor satisfacción que caminar por las calles de mi pueblo corroborando que mi fe es mi guía y que mi cofradía es, y será siempre, el lugar donde mi corazón encuentra su verdadera paz y la calma ante cualquier adversidad.
María Carrillo Pérez
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