Nadie nace sabiendo. Cuando llegué a ser sacerdote, pensaba que era el final de un camino, pero en realidad era solo el comienzo. Un camino nuevo, hecho de aprendizaje, de humildad y de servicio. Y es hermoso descubrirlo, porque no somos superhombres.
Somos personas normales, con nuestras luces y sombras, a las que Dios capacita para una misión concreta. Eso lo cambia todo. A veces se piensa que el sacerdote es el que lo deja todo para seguir a Cristo. Pero la verdad es otra: cualquier vocación, sea la que sea, pide entregarlo todo. Y ahí está el secreto de la felicidad.
Eso no significa que no haya momentos difíciles. Los hay. Dudas, cansancio, crisis… Pero en medio de todo, brota una certeza profunda: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Solo Tú tienes palabras de vida eterna.” Lo más importante es también lo más exigente: perseverar. Seguir. Permanecer. Porque, como dijo Jesús, con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.
Y cuando miras atrás, después de haber caminado un buen trecho, entiendes algo muy grande: la felicidad no está en acumular momentos intensos, sino en algo mucho más profundo. La paz en el alma, la serenidad de haber dado lo mejor de ti, la plenitud de vivir por algo verdadero. Y, sobre todo, la certeza de no estar solo nunca, porque el Resucitado camina contigo.
Propósito: hoy no busques sentir mucho, busca ser fiel en lo pequeño.
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