La Iglesia, con su sabiduría antigua y delicada, nos propone este mes para mirar a María. Pero no como una idea lejana ni como una estatua silenciosa, sino como lo que es: nuestra Madre.
Y ahí empieza todo porque encomendarse a María no es repetir fórmulas sin pensar. Es, más bien, un gesto profundamente humano: dejar que alguien nos cuide, nos enseñe y nos acerque a Dios cuando nosotros no sabemos muy bien cómo hacerlo.
Vivimos en una sociedad en la que todo va rápido, todo exige, todo compite por nuestra atención y a veces parece que tenemos que tenerlo todo claro —futuro, decisiones, identidad, relaciones…— cuando en realidad estamos aprendiendo a caminar.
María no nos pide que lo tengamos todo resuelto. Ella nos ofrece algo más sencillo y más profundo: acompañarnos en nuestro camino. Así, encomendarse a María es decir, con sinceridad: “No sé bien por dónde voy, Madre, pero no quiero caminar solo.” Y eso ya es oración.
Encomendarse no es delegar nuestra vida como quien se desentiende. Es, más bien, un signo de confianza activa. Es contarle nuestro día, incluso lo más pequeño; es poner en sus manos nuestras dudas, luchas, alegrías, tristezas, preocupaciones y decisiones; y es dejar que su manera de mirar transforme la nuestra. María no pretende sustituir nuestra libertad sino educarla. No trata de evitarnos las dificultades del camino sino darles sentido e iluminarlas.
Si uno quiere vivir el mes de mayo de verdad, no hace falta complicarse. Basta empezar por lo pequeño, pero hacerlo con el corazón. Buscar cinco minutos al día en la habitación, caminando, en la capilla, antes de dormir… para hablarle como hablaríamos con alguien que nos quiere de verdad. Sin filtros. Y rezar con devoción el Rosario para dejar que nuestra vida pase por esas cuentas.
A María no solo hay que contemplarla en sus gestos, hay que imitarla. Basta algo concreto: escuchar más, servir al que tenemos al lado, callar una crítica, ayudar sin que nos lo pidan. Ahí empieza la verdadera devoción.
Hay días en los que no sentiremos nada. Días en los que rezar nos parecerá vacío. Días en los que nos olvidaremos de su compañía. No pasa nada. María no desaparece cuando fallamos. Su maternidad no depende de nuestra constancia. Ella sigue, discreta, firme, acompañando incluso cuando no la miramos. Y poco a poco —casi sin darnos cuenta— nuestro corazón empezará a cambiar. No de golpe, no de forma espectacular, sino de verdad. Con más paz interior, con más claridad y más capacidad de amar.
El reto no es vivir mayo intensamente y luego olvidarlo. El reto es descubrir que María puede formar parte de nuestra vida siempre. Este mes de mayo es solo una puerta que hay que atreverse a cruzar.
Y cuando no sepamos qué decir, qué rezar o qué hacer, quedarnos con algo muy simple: “Madre, me pongo en tus manos.” A veces, con esto basta.
Raúl M. Mir
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