En el curso de verano al que acabo de asistir en la sierra de Madrid, se comprueba que tan importante como las clases teóricas es la categoría humana de los asistentes. Sería injusto fijarse solo en algunos de los más llamativos, porque dentro de la vida sin aparente relieve de muchas personas suele esconderse una trayectoria ejemplar y silenciosa.
Con el paso del tiempo, las interesantes temáticas que se presentan acaban por desdibujarse; lo que permanece inolvidable es la impronta personal. Me gusta recordar anécdotas como la de Rafael Alvira, prestigioso catedrático de Metafísica en la Universidad Complutense de Madrid, quien también impartió docencia en la Universidad de Navarra y en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, además de ser profesor invitado en diversas instituciones de América y Europa.
Su padre, Tomás, fue director del Instituto Ramiro de Maeztu y, junto a su madre, Paquita, tuvieron nueve hijos. Recientemente se ha abierto el proceso de beatificación de sus padres —debería existir más matrimonios en los altares—, demostrando que, de tal palo, tal astilla.
Tuve la inmensa fortuna de convivir con él en uno de estos cursos de verano, años antes de su fallecimiento. Me llamó la atención su clarividencia argumentativa al entablar conversaciones humanistas sobre educación, política, economía o deporte. Era frecuente que, antes de intervenir, se arrancara con la expresión: “En mi opinión…”, para luego desarrollar su exposición de forma razonada.
Cuando le escuchaba, me revolvía interiormente: lo que decía tenía tal solvencia que admitía muy poco margen de error. A mi parecer, sus análisis eran tan finos y acertados que entendía que la suya no era una opinión cualquiera. Y, sin embargo, al tratarse de cuestiones de suyo opinables, las apostillaba con esa frase que se me ha quedado grabada de forma imborrable.
Ahora, con la perspectiva de los años, reconozco en esa sencilla muletilla un canto al respeto más delicado y sincero a la libertad de los demás. No podría decir hoy de qué versó aquel curso, pero me marcó que una mente tan perspicaz tuviera la humildad, sin caer en el relativismo, de aceptar que otros contertulios tenían derecho a pensar de forma distinta.
Aquello me pareció una lección colosal de respeto en un tiempo de polarización, fundamentalismos y supremacismos ideológicos que conducen a denostar por principio a quien piensa de forma diferente. Ciertamente, era una lección de amor a la libertad considerada en expresión de Miguel de Cervantes como: «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos».
Cuántas veces comprobamos cómo personas que carecen de datos, y que por tanto tienen altas posibilidades de equivocarse, pontifican a modo “ex cathedra”. Según la máxima socrática, el verdadero conocimiento empieza por reconocer la propia ignorancia. En expresión de William Shakespeare: “El necio cree ser sabio, pero el sabio sabe que es un necio”.
Aunque todas las opiniones son respetables, esto no significa que todas sean correctas ni que tengan el mismo valor. El que fuera profesor de gramática francesa en Baeza —llamada la Salamanca andaluza—, Antonio Machado, invitaba a dejar de lado los sesgos para encontrar un conocimiento más objetivo: “¿Tu verdad? No, la Verdad; y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.
Asimismo, Evelyn Beatrice Hall señalará la importancia de la tolerancia al entablar un diálogo: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Las opiniones de las personas, por la dignidad que entrañan, han de ser objeto de consideración y también de refutación educada.
Comenzar la defensa de una postura con la expresión “en mi opinión” representa un sincero respeto por las ideas de los interlocutores. Significa tener la humildad de no creerse en posesión de la verdad absoluta, admitir que los demás también guardan parte de ella e invitar a un diálogo constructivo en el que se puedan contrastar pareceres para, de esta forma, rectificar el criterio propio o confirmarse en él.
A la hora de exponer las ideas se trata más de convencer que de vencer, rememorando a Miguel de Unamuno. Para ello es preciso realizar una labor intelectual hasta conseguir formarse un criterio basado en el estudio, llegando incluso a cambiar de posición al recabar nuevos datos. Por eso resulta poco enriquecedor que cualquier tipo de debate o intercambio de ideas incurra en la descalificación y en el ataque “ad hominen”. En mi opinión.
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