Aquel 14 de abril del año 33, a la hora nona, Jesús de Nazaret pronunció, ya clavado en la cruz, siete frases que la tradición cristiana ha acuñado como el Sermón de las Siete Palabras. Tres de ellas se elevan directamente hacia su Padre: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” y, finalmente, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Resulta conmovedor que dos de estas alocuciones fueran exhaladas a gritos; no como una manifestación de rabia, sino como el estallido del amor encendido que alberga su Corazón. Con ellas, Cristo nos enseña la importancia de la oración: todas nuestras acciones en medio de la actividad cotidiana deben comenzar y concluir en Dios, Alfa y Omega de nuestra existencia.
Las cuatro expresiones restantes se dirigen a los hombres, y revelan las claves de la Redención. A Dimas, que como “buen ladrón” supo robarle en el último instante el corazón al Señor: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”; a su Madre y a Juan, el discípulo amado: “Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu Madre”; y ese grito de “Tengo sed” que, como bien interpretaron los Padres de la Iglesia, no era solo física, sino sed de almas. Al exclamar “Todo está cumplido”, Jesús anunció al mundo que la misión de rescatar al hombre —el acontecimiento más grande de la Creación— se había consumado.
Sin embargo, la primera de sus palabras contiene la esencia de la doctrina más revolucionaria: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Santo Tomás de Aquino resaltaba que “el perdón de las culpas es la obra más grande de Dios, incluso más que la creación del mundo”. Perdonar es lo que más nos asemeja a Él. La resistencia natural para hacerlo radica en el pecado original de nuestros primeros padres, Adán y Eva; pues, aunque hemos sido redimidos y hechos hijos de Dios y herederos del Cielo, permanece en nuestra naturaleza herida la inclinación al mal. No es casualidad que, en el Padrenuestro, la oración distintiva del cristiano que Él nos enseñó, le digamos: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Jesús así lo reflejó en la parábola del siervo despiadado, aquel que fue perdonado de una deuda de sesenta millones de denarios —una cifra desorbitante, teniendo en cuenta que un denario equivalía a la jornada de un trabajador— y, sin embargo, fue incapaz de perdonar una nimiedad a un deudor suyo. La enseñanza surge tras la consulta de Pedro: “¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete?”. Jesús responde sin lugar a equívocos: “No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”; es decir, siempre.
También en la parábola del hijo pródigo contemplamos esta misericordia: tras dilapidar disolutamente su herencia, el padre lo ve de lejos, sale a su encuentro, se le echa al cuello y le cubre de besos. El mensaje de Jesús exige perdonar incluso a los enemigos y superar la ley del talión —“ojo por ojo y diente por diente”—, para vencer, en expresión de san Pablo, el mal con el bien.
En el Calvario, Jesús actúa como abogado, alegando la atenuante de la ignorancia, la causa de nuestros desvaríos. Ni el Sanedrín, ni el pretor romano Pilato, ni siquiera los apóstoles entendieron que Jesús era el Hijo de Dios, pese a dar testimonio de la verdad. Tras el conjuro que realizó Caifás, fue condenado por envidia y, farisaicamente, de blasfemia. Frente al maltrato, los salivazos, los insultos, las bofetadas, el abandono de sus discípulos, la flagelación, la coronación de espinas, la condena injusta y la crucifixión, Jesús nos enseña el único camino: comprender, disculpar y perdonar.
Hoy, este mensaje es un alegato contra las ideologías que siembran odio y división. Para sanar las heridas de nuestras naciones y familias, las palabras de san Juan Pablo II cobran una vigencia profética: “No hay paz sin justicia, y no hay justicia sin perdón”. San Juan de la Cruz sintetizó esta victoria del amor sobre el odio y el resentimiento con una expresión que interpela a todos: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor”. En este Viernes Santo, Jesús nos invita desde la Cruz a tener sus mismos sentimientos de perdón.
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