CATÓLICOS EN MADRID – Permanecer en la barcaSin Autor

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Cuántas veces hemos escuchado expresiones como,
«El Evangelio del amor», «Dios es amor» o «Jesús enseña mediante el amor».
Yo muchísimas.

Y creo que durante mucho tiempo pensé que entendía lo que eso significaba. Pensaba que simplemente quería decir que Jesús era bueno, que no pecaba y que hacía el bien a los demás. Como si el amor fuese únicamente la manera en la que actuaba.

Pero hoy he descubierto algo mucho más profundo.

Jesús no solo actúa con amor.
Jesús ES el Amor.

Él es el Amor hecho carne en medio de un mundo herido que no sabe reconocerlo y que, precisamente por estar herido, muchas veces lo rechaza.
Y quizá ahí empieza realmente todo el Evangelio.

Porque el Evangelio no nos habla únicamente de la incomprensión que sufrió un hombre bueno.
Nos habla de la incomprensión que siente el Amor cuando entra en contacto con nuestra ceguera.

Lo vemos en la sinagoga, delante de personas que habían aprendido a vivir desde el miedo. Personas que creían que lo correcto era únicamente aquello que estaba sometido a leyes severas que durante siglos habían condicionado su forma de vivir, de pensar y hasta de relacionarse con Dios.

Y entonces llega Él.

Y habla desde la comprensión, desde la libertad y desde la misericordia.

Cuánto nos parecemos nosotros a aquellos que lo escuchaban.

Cuántas heridas, vivencias y decepciones nos han hecho construir una coraza. Cuántas veces creemos saber perfectamente qué es lo bueno para nosotros, qué merece la pena y qué no. Cuántas veces damos por hecho que nuestra forma de amar, de protegernos o de vivir es la única posible.

Pero ¿qué podemos esperar?
Si muchas veces es lo único que hemos conocido.

Y entonces aparece Jesús hablando con la autoridad del amor. Y eso da miedo.

Porque el amor verdadero desconcierta.
Descoloca.
Rompe esquemas.

Por eso tantas veces nuestra primera reacción es,

«Esto no puede ser real.»
«Seguro que hay una trampa.»
«Esto no es para mí.»
«Algo malo vendrá después.»

Somos esclavos de aquello que hemos vivido. Y Jesús viene precisamente a hacernos libres.
Libres para amar.

Y aún más: nos enseña que el amor no está hecho para alcanzarlo en soledad.

Lo vemos en la curación del paralítico. Él no llega solo hasta Jesús; necesita de otros que lo acompañen, que carguen con él, que abran el techo si hace falta para acercarlo al Amor.

Qué reflejo tan claro de nuestra vida.

Cuántas veces sabemos, en el fondo, que existe algo bueno para nosotros. Que hay un camino distinto, más sano, más pleno. Pero rechazamos toda ayuda, todo acompañamiento y toda posibilidad de abrirnos.

Y, sin embargo, el camino hacia el amor solo puede entenderse acompañado.

Porque el amor siempre implica comunión, entrega y encuentro.
No existe el amor aislado.
No existe el amor encerrado en uno mismo.

Por eso llegar al Amor solo es posible para aquellos que son capaces de dejarse acompañar y, sobre todo, de dejarse querer.

Y entonces aparece Mateo.

El repudiado.
El pecador.
El que había decidido aislarse y construir su vida desde la autosuficiencia, creyendo que el dinero, el control o el amor propio serían suficientes para encontrar plenitud.

Y Jesús pasa, lo mira y lo llama.

Y Mateo lo deja todo y le sigue.

Es una locura.

Porque ¿cuántos no hemos sido Mateo alguna vez?

Cuántas veces nos hemos convencido de que estamos bien solos.
De que no necesitamos a nadie.
De que «yo soy así».
«Esto es lo que hay.»
«¿Quién va a querer mis partes oscuras?»
«¿Quién va a quedarse cuando vea todo lo roto que hay dentro de mí?»
«Estoy bien solo»

Y entonces Jesús vuelve a dar la gran lección,
el amor es capaz de atravesarlo todo.

El amor es capaz de mirar más allá del pasado, más allá de las heridas y más allá de aquello que nos hace escondernos del mundo.

Pero para eso hay que dejar atrás aquello que nos aísla.
Hay que querer comprender.
Hay que dejarse encontrar.

Y entonces llega otra enseñanza imposible de ignorar.
«A vino nuevo, odres nuevos.»

Porque si queremos vivir en el amor, las cosas no pueden seguir igual.

Tenemos que abrirnos.
Tenemos que permitirnos ser tocados por una alegría, una tranquilidad y una confianza que antes parecían imposibles.

Muchas veces nuestras ideas preconcebidas funcionan igual que aquellos que criticaban a Jesús por curar en sábado.

Ellos estaban tan aferrados a sus normas que no podían reconocer el bien incluso cuando lo tenían delante.

Y nosotros hacemos exactamente lo mismo.

A veces vemos algo bueno, bello o auténtico delante de nosotros y, como no encaja con lo que esperábamos, lo rechazamos.

«Eso no puede ser así.»
«Es demasiado intenso.»
«Va demasiado rápido.»
«Seguro que no es real.»

Da igual si lo rechazamos por intensidad o por miedo.
Todo aquello que no entendemos nos desconcierta.

Y muchas veces es más fácil apartarlo que intentar comprenderlo.

También hablaron mal de Jesús.
También lo llamaron loco.
También hicieron de su incomprensión una bandera para unirse contra Él.

Porque el Amor es tan difícil de entender que incluso teniéndolo delante seguimos dudando de Él.

Le damos vueltas y vueltas,
«Esto no puede ser.»
«No debería sentirse así.»
«No es para mí.»

Y acabamos encerrándonos en nuestra propia incomprensión.

Pero entonces surge otra pregunta,
¿basta con querer, con intentar amar y con permanecer para que todo sea sencillo?

No.

Y Jesús vuelve a enseñárnoslo en la barca durante la tempestad.

Los discípulos sienten miedo.
Dudan.
Piensan que todo va a hundirse.

Y mientras tanto Jesús duerme.

Entonces Él les pregunta,
«¿Por qué tenéis miedo?»

Porque incluso teniendo al Amor delante seguimos pensando que estamos solos.

Y quizá esa sea una de las enseñanzas más difíciles,
entender que el Amor también está presente en los días de niebla, en las dudas y en las tormentas.

Jesús nos muestra que incluso queriendo creer, queriendo amar y queriendo permanecer, el miedo seguirá apareciendo.

Las dudas nos harán temblar.
La incertidumbre nos hará pensar en huir.

Pero solo permaneciendo en la barca podremos comprender realmente lo que significa amar.

Porque el amor verdadero no abandona en mitad de la tormenta.

Y nosotros también tenemos que aprender a no bajarnos de la barca antes de tiempo.

Porque si saltamos antes de permanecer, nos hundiremos.

Y aun así, no todo el mundo está preparado para el Amor.

Ni siquiera Jesús fue comprendido por todos.

Después de milagros, curaciones y predicaciones, llega a Nazaret y es rechazado precisamente por los suyos.

Aquellos que creían conocerlo solo veían «al hijo del carpintero».
Solo veían a «uno más».

No eran capaces de mirar más allá.

Y cuántas veces nos ocurre lo mismo.

Nuestras heridas, nuestras experiencias y nuestros miedos nos ponen una venda en los ojos incluso ante aquello que podría salvarnos.

Y todavía hacemos algo peor,
justificamos nuestro rechazo.
Nos convencemos de que tiene más sentido alejarnos del amor que permanecer en él.

También vemos a la multitud acercarse a Jesús para tocar su manto, buscando un milagro, una respuesta inmediata o una solución rápida.

Muchos querían recibir algo de Él.
Pero pocos querían realmente quedarse.

Y cuánto nos parecemos también a eso.

Nos acercamos al Amor por momentos.
Lo buscamos cuando lo necesitamos.
Pero cuando implica entrega, permanencia y profundidad, entonces nos asustamos.

Porque nuestros propios demonios nos convencen de que no seremos capaces de vivir en el amor.

Y entonces criticamos lo bello de otros.
Lo llamamos intenso.
Exagerado.
Fuera de lugar.

Simplemente porque no sabemos cómo sostener algo así.
Y entonces Jesús vuelve a aparecer diciendo,
«Effetá.»

Ábrete.

Y es precioso porque no nos pide abrir la mente.
No nos pide abrir los ojos.

Nos pide abrir el corazón.

Porque el Evangelio entero apunta hacia una única verdad:
todo encuentra sentido en el amor.

Y aun así, ni siquiera los discípulos lograban entenderlo del todo.

«Tienen ojos ¿y no ven?, tienen oídos ¿y no oyen?… ¿todavía no comprenden?»

Hasta aquellos que caminaban a su lado seguían sin entender que lo único verdaderamente importante era amar.

Todo el Evangelio nos conduce poco a poco hacia una verdad absolutamente incomprensible,
la locura del Amor.

Comprender que Amor es entrega completa.

Y lo más impactante es que aquello que debería parecernos natural nos resulta casi imposible de entender.

Por eso el Amor se hizo carne y vino al mundo,
para que pudiéramos conocerlo.

Y aun así, seguimos sin comprenderlo del todo.

Pero quizá no debemos juzgarnos por ello.
Quizá simplemente debemos permanecer delante de ese Amor y dejar que nos transforme poco a poco.

Porque el miedo nos busca, incluso Jesús, cuando estuvo solo en el desierto, fue tentado.
Y cuando los discípulos dudaron en mitad de la tormenta, apareció porque pensaba que Él no podría hacer nada.

Hasta en Getsemaní, en sus últimas horas, la soledad volvió a rodearlo.

Y si todo esto nos enseña algo es que solos no podemos.

El mal siempre intenta aislarnos.
Hacernos creer que no necesitamos a nadie.
Convencernos de que amar es demasiado difícil.

Pero el amor solo se conoce de verdad cuando es compartido.
Cuando permanecemos junto a otros.
Cuando nos dejamos sostener.
Cuando nos dejamos querer.

Porque el Amor nunca nos creó para vivir solos.

Porque si Él dio su vida,
si su muerte y su dolor tienen algún sentido,
es solo este:
que no muriera el Amor.

Andrea Santolaya.

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