En su homilía, el prelado recordó que «el primer domingo de Navidad es siempre la Sagrada Familia», una celebración que, según explicó, «nos indica que el Señor se hizo hombre con todas las consecuencias, que la humanidad de Cristo no es una máscara, sino una realidad: verdadero Dios y verdadero hombre».
El obispo destacó que el Hijo de Dios quiso nacer y crecer en una familia concreta, compartiendo incluso sus dificultades: «Jesús nació en una familia y pasó por las dificultades propias de la familia, hasta el punto de tener que huir por la amenaza de Herodes». Desde esta experiencia, afirmó, la fiesta de la Sagrada Familia «nos introduce en el misterio de Dios que ha compartido no solo nuestra carne, sino también nuestra sangre, la sangre de la humanidad».
García Brltrán invitó a contemplar, desde la Sagrada Familia de Nazaret, la realidad de tantas familias que sufren hoy: «familias que no tienen lo mínimo para vivir, familias marcadas por la inmigración o por las dificultades en sus propios países». En este contexto, animó a mirar la Palabra de Dios como un verdadero programa de vida para el hogar cristiano, recordando la exhortación de san Pablo en la carta a los Colosenses: «por encima de todo, el amor, que es la garantía».
«El amor –subrayó– es lo único que supera todas las dificultades, todos los obstáculos e incluso el paso del tiempo». En este sentido, señaló que los textos paulinos sobre el amor «sirven para el matrimonio, para la vocación sacerdotal y para la vida consagrada», y destacó especialmente la enseñanza de la carta a los Efesios sobre el matrimonio cristiano: «el verdadero fundamento está en amar como Cristo ama a su Iglesia, entregándose hasta las últimas consecuencias».
No tener miedo al desgaste
El obispo animó a los matrimonios a no tener miedo al desgaste propio de la vida compartida: «el amor tiene desgaste, pero ahí está la unión que hace de los dos una sola carne». Desde esta perspectiva, recordó que «el matrimonio es una vocación, un estado de vida cristiano, con una misión en la Iglesia y en el mundo», que necesita una espiritualidad que lo sostenga y lo haga crecer.
Finalmente, Mons. García Beltrán puso como ejemplo la santidad vivida en la vida familiar, recordando matrimonios canonizados juntos y el testimonio de familias que dieron su vida en contextos de persecución, para afirmar que «la dignidad de la vida es infinita, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural».
«Todos hemos nacido en una familia y todos crecemos en una familia, que es la primera Iglesia, donde se transmite la fe», concluyó, invitando a que los hijos «escuchen hablar del Señor por primera vez en su propia casa, no solo con palabras, sino con el ejemplo de vida». La homilía finalizó con una mirada a la Sagrada Familia de Nazaret, «María que guarda todo en su corazón, y José, el hombre bueno que cuida y acompaña para hacer siempre la voluntad de Dios», pidiendo su intercesión para vivir el don de Dios en la familia.
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