CATÓLICOS EN MADRID – ¿Somos los católicos unos hipócritas?Sin Autor

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Hay una frase que muchos jóvenes católicos hemos escuchado alguna vez, quizá incluso de alguien cercano: «Los católicos sois unos hipócritas». Y normalmente viene acompañada de una lista de razones: vais a misa, pero luego juzgáis; habláis de amor, pero discutís; defendéis la familia, pero vuestra propia familia tiene problemas; habláis de perdón y, sin embargo, también guardáis rencor.

La acusación parece contundente. Hasta que uno se detiene a pensar qué significa realmente.

Porque ser cristiano no significa ser perfecto.

El cristianismo no es un club de personas que han conseguido vivir siempre de acuerdo con sus principios. Si fuera así, las iglesias estarían vacías. La Iglesia está llena precisamente de personas que saben que necesitan cambiar, que tropiezan, que vuelven a empezar, que se contradicen y que, algunas veces, hacen daño. Personas que no siempre consiguen ser aquello que creen que deberían ser.

Y ahí está una de las grandes diferencias entre la hipocresía y la fragilidad.

El hipócrita pretende aparentar una virtud que no quiere vivir. El cristiano, en cambio, reconoce que muchas veces no está a la altura de aquello que cree.

No es lo mismo decir «soy bueno» que decir «quiero aprender a ser bueno». No es lo mismo afirmar «yo nunca fallo» que arrodillarse y decir: «Señor, he vuelto a equivocarme».

La fe cristiana no empieza con la perfección. Empieza con una herida y con el deseo de ser curado.

Por eso resulta extraño utilizar los pecados de algunos cristianos como argumento contra Cristo. Si un médico fuma, ¿demuestra eso que la medicina no sirve? Si un profesor no aplica en su vida todo lo que enseña, ¿significa que sus conocimientos son falsos? Del mismo modo, que un cristiano sea incoherente no convierte en falsa la verdad que intenta vivir.

Por supuesto que existen católicos hipócritas. Sería absurdo negarlo. Hay personas que utilizan la religión para sentirse superiores, que juzgan a los demás mientras esconden sus propios errores, que hablan mucho de Dios y poco de amor. Y eso debe ser denunciado, precisamente porque contradice el Evangelio.

Pero hay también millones de personas que nadie ve. La mujer que cuida durante años a un marido enfermo sin esperar reconocimiento. El joven que perdona cuando podría devolver el golpe. El matrimonio que atraviesa una crisis y decide luchar por su familia. El sacerdote que acompaña durante décadas a quienes sufren. El voluntario que dedica sus vacaciones a quienes no tienen nada. La persona que, después de haber caído, vuelve a confesarse y empieza otra vez con propósito de enmienda.

Eso también es ser católico.

Quizá el problema está en que esperamos de los cristianos algo que no exigimos a casi nadie: que sean perfectamente coherentes en todo momento.
Pero la Iglesia nunca ha dicho que sus miembros sean santos porque nunca hayan pecado. Dice algo mucho más incómodo y mucho más hermoso: que un pecador puede convertirse.

Pedro negó a Jesús. Tomás dudó. Pablo persiguió a los cristianos y estuvo presente en la lapidación de Esteban. Y, sin embargo, ninguno quedó definido para siempre por su peor momento.

El cristianismo es precisamente la posibilidad de que nuestro pasado no tenga la última palabra. Por eso, cuando alguien nos diga «los católicos sois unos hipócritas», quizá no necesitemos responder enfadados. Podemos responder con algo mucho más sencillo: «No somos perfectos. Precisamente por eso necesitamos a Cristo».

Y quizá esa sea la respuesta más cristiana de todas. Porque la Iglesia no es una sala de trofeos donde se exhiben personas que nunca se equivocaron. Es un lugar de encuentro para quienes saben que necesitan ser salvados. Y ahí, al final, estamos todos.

Raúl M. Mir

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