Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
Hoy celebramos la Epifanía, la manifestación de Jesucristo a todas las naciones. La Iglesia contempla con asombro cómo Dios se revela no solo a Israel, sino a todos los pueblos que buscan la verdad, se revela al corazón del hombre siempre en camino, siempre abierto a lo que hay más allá, a lo que da sentido a su vida. San León Magno lo expresa así: «En el nacimiento del Señor, los pastores fueron los primeros en recibir el anuncio; en la Epifanía, los Magos son los primeros en adorar. Así se manifiesta que la gracia llama tanto a los humildes de Israel como a los sabios de las naciones». Esta fiesta, por tanto, es un canto a la universalidad del amor de Dios.
El relato de los Magos según el evangelista San Mateo que cavamos de escuchar, es profundamente actual. Aquellos hombres venidos de Oriente representan a la humanidad que busca, y que no se conforma con las sombras. San Agustín decía: «No habrían visto la estrella si sus corazones no hubieran estado iluminados». Ellos no conocían la Ley de Israel, no pertenecían al pueblo elegido, pero tenían un corazón abierto. Y Dios, que nunca deja sin respuesta a quien lo busca, les mostró una estrella. Esa estrella fue el lenguaje que ellos podían comprender. Dios siempre habla en la lengua del corazón de cada persona.
Los Magos nos enseñan que la fe comienza con una inquietud interior. No se pusieron en camino porque lo tuvieran todo claro, sino porque intuyeron que había algo más grande que sus seguridades. En un mundo que a veces nos invita a instalarnos, a no arriesgar, a vivir en la comodidad de lo conocido, la Epifanía nos recuerda que la fe es un viaje. Un viaje que exige levantarse, dejar atrás lo que pesa, y caminar hacia la luz.
También nosotros tenemos estrellas que Dios pone en nuestro camino. A veces son personas que nos orientan con su testimonio; otras veces son acontecimientos que nos sacuden; otras, una palabra del Evangelio que ilumina una situación concreta. Lo importante es no ignorar esas estrellas, no dejarlas pasar como si fueran casualidades. La fe crece cuando nos dejamos guiar.
El Evangelio nos muestra también la figura de Herodes, que contrasta con la actitud de los Magos. Herodes tiene miedo. El nacimiento de Jesús, lejos de alegrarlo, lo inquieta. Representa a quienes se sienten amenazados por la presencia de Dios, porque temen perder su poder, su control, su manera de entender la vida. Herodes es la imagen de un corazón cerrado, incapaz de dejarse sorprender por la novedad de Dios. Y, sin embargo, cuántas veces también nosotros, sin darnos cuenta, nos parecemos a él cuando nos resistimos a cambiar, cuando preferimos nuestras seguridades antes que la verdad que Dios nos ofrece.
Los Magos, en cambio, cuando encuentran al Niño, se postran y lo adoran. No ven poder. Ven a un niño pobre en brazos de su madre. Y, sin embargo, reconocen en Él al Rey que esperaban. Esta es la paradoja del cristianismo: Dios se manifiesta en la humildad. Dios se deja encontrar en lo pequeño, en lo frágil, en lo que el mundo considera insignificante. La Epifanía nos invita a mirar con ojos nuevos, a descubrir la presencia de Dios donde otros no la ven.
Los dones que los Magos ofrecen –oro, incienso y mirra– no son solo regalos simbólicos. Son una confesión de fe. El oro reconoce la realeza de Cristo; el incienso proclama su divinidad; la mirra anuncia su entrega hasta la muerte. En esos dones está resumido todo el misterio de Jesús: Rey, Dios y Salvador. También nosotros estamos llamados a ofrecer nuestros dones. No se trata de objetos materiales, sino de nuestra vida: nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestras heridas, nuestras esperanzas. Todo puede convertirse en ofrenda si lo ponemos en manos del Señor.
Hoy, como Iglesia, estamos llamados a ser también una estrella para los demás. Citemos otra vez a San Agustín cuando exhorta: «Sed vosotros la estrella que conduce a Cristo». El mundo necesita testigos que iluminen, que orienten, y acompañen. No se trata de imponer nada, sino de mostrar con la vida la alegría del Evangelio. La Epifanía nos recuerda que la fe no es un tesoro para guardar, sino una luz para compartir. Cada gesto de bondad, cada palabra de consuelo, cada acto de justicia, cada reconciliación, es una pequeña epifanía, una manifestación de Dios en medio del mundo.
En nuestro tiempo, marcado tantas veces por la desconfianza y la polarización la Epifanía nos invita a poner a Cristo en el centro de nuestras tensiones y conflictos, porque solo Él es nuestra paz. El Papa León XIV nos recuerda en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz que «la bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño». El misterio de la Encarnación —que comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en la fragilidad del pesebre— revela a un Dios sin defensas, que solo puede ser acogido cuidándolo. Allí, en la humildad de Belén, resuena el canto de los ángeles: «Paz en la tierra» (cf. Lc 2,13‑14). Esta paz no es ausencia de problemas, sino la presencia del Salvador que transforma el corazón humano y lo abre a la reconciliación.
Queridos hermanos, la Epifanía es una fiesta misionera. Nos invita a abrir las puertas, y a salir al encuentro, a no tener miedo de anunciar a Cristo con humildad y valentía. El mundo de hoy, con sus búsquedas y sus heridas, necesita la luz que nosotros hemos recibido, como nos anunciaba el profeta Isaías. No escondamos esa luz. Dejemos que brille en nuestras familias, en el trabajo, en nuestras comunidades, en cada rincón donde la vida nos coloque.
Pidamos al Señor que nos conceda un corazón como el de los Magos: un corazón que busca, que se deja guiar, que se postra ante Dios y que ofrece lo mejor de sí. Que María, la estrella que conduce siempre a Jesús, nos acompañe en este camino. Y que la luz de Cristo, luz que no conoce ocaso, ilumine nuestras vidas.
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