CATÓLICOS EN MADRID – Vía Crucis de un forasteroSin Autor

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Nos acercamos a los tres días santos por excelencia en el cristianismo, que reviven la Pasión de Cristo. Hay algo profundamente desconcertante —y, al mismo tiempo, irresistiblemente atractivo— en la figura de Jesucristo. No es un atractivo superficial ni inmediato, ni siquiera cómodo. Más bien al contrario: es un atractivo que nace del sufrimiento, de la entrega, de una humanidad llevada hasta el extremo.

En un mundo como el nuestro, donde lo atractivo suele identificarse con el éxito, la belleza o el poder, la contemplación de Cristo en su Pasión rompe todos los esquemas. ¿Cómo puede enamorar un hombre desfigurado, humillado, abandonado, clavado en una cruz? ¿Qué hay en ese rostro ensangrentado que sigue atrayendo corazones dos mil años después?

El alma percibe que, en Él, el dolor no es absurdo. No es vacío. No es estéril.

En el Vía Crucis que acompaña este post, que escribí hace años y suelo recordar cada Semana Santa, un forastero llega a Jerusalén sin saber muy bien por qué y experimenta ese desconcierto inicial. Primero observa, luego se conmueve, después se acerca… y, casi sin darse cuenta, termina convertido.

Ese proceso no es ajeno a ninguno de nosotros.

Porque lo que cautiva de Cristo no es solo lo que sufre, sino cómo lo sufre… y por qué lo sufre. Su mirada —serena, personal, dirigida a cada uno— desarma. No hay reproche, ni violencia, ni rencor. Hay una extraña mezcla de dolor y de amor que golpea directamente el corazón. Como le sucede al forastero, uno tiene la impresión de que, entre la multitud, esa mirada se detiene en él, como si todo fuera un diálogo íntimo.

Y ahí comienza algo nuevo.

La Pasión de Cristo tiene una fuerza profundamente lógica, aunque no siempre sepamos explicarla con palabras. Nos revela una verdad que intuimos pero que tantas veces olvidamos: que el amor verdadero implica entrega, y que la entrega —cuando es total— pasa necesariamente por la cruz.

Nos atrae porque responde a una sed que llevamos dentro.

Nos atrae porque, en el fondo, todos deseamos un amor así: fiel, incondicional, capaz de sostenernos incluso en nuestra miseria.

Nos atrae porque, al mirarle, nos descubrimos también a nosotros mismos.

El forastero del relato empieza siendo un espectador curioso, incluso cobarde. Pero poco a poco se ve reflejado en lo que contempla: en la indiferencia de la multitud, en la brutalidad de los soldados, en sus propias omisiones y egoísmos. Y, sin embargo, no huye. Permanece. Y en ese permanecer, su corazón cambia. Cristo no solo conmueve, transforma.

Ante su sufrimiento, mucha gente retira la mirada, más por incomprensión que por compasión: no puede entender un Dios que pretende sanar sufriendo. Pero cuando se permanece —aunque sea con dudas, aunque sea desde lejos— algo sucede. El dolor deja de ser solo dolor y se convierte en lenguaje. Un lenguaje que habla de redención, de perdón, de amor llevado hasta el extremo.

Por eso es posible enamorarse de Cristo. No a pesar de su Pasión, sino precisamente a través de ella. Porque en la cruz no vemos solo a un hombre que sufre, sino a un Dios que ama. Un Dios que no contempla desde lejos el dolor humano, sino que lo asume, lo abraza y lo redime desde dentro.

Y entonces comprendemos —como aquel forastero al pie del sepulcro— que ya no podemos volver a ser los mismos. Que algo viejo ha quedado atrás. Que ha comenzado, silenciosamente, una vida nueva.

Quizá la Semana Santa, y en particular el Vía Crucis, no sean otra cosa que una invitación a recorrer ese mismo camino: pasar de espectadores a discípulos, de curiosos a enamorados. Y descubrir, con asombro siempre nuevo, que el rostro más desfigurado es, en realidad, el más hermoso.

Feliz Triduo Pascual.

Aquí podéis acceder al Vía Crucis: Vía Crucis de un forastero

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes

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