CATÓLICOS EN SALAMANCA – Cabezabellosa, generaciones unidas por su iglesia

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Los vecinos de este municipio de La Armuña abren las puertas de sus recuerdos para contar lo que significa para ellos su iglesia, un templo unido a la infancia, la familia y la historia de generaciones, dentro de la campaña diocesana “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia”

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

Hay lugares que guardan mucho más que piedras. Lugares a los que uno vuelve y, casi sin darse cuenta, vuelve también a ser niño. Para los vecinos de Cabezabellosa de la Calzada, su iglesia es uno de ellos.

Aquí están las primeras comuniones, las misas de los domingos, los rosarios, las fiestas, las madres llevando de la mano a sus hijos, los amigos, los que se fueron y los que, después de pasar buena parte de su vida lejos, han regresado al pueblo. La iglesia ha visto pasar generaciones enteras. Y escuchar a sus vecinos es descubrir que cuidar un templo es también conservar una parte de su propia historia.

Es precisamente el objetivo de la campaña de la Diócesis de Salamanca “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia”, que durante este mes de agosto invita a mirar de nuevo esos templos que forman parte del paisaje de nuestros pueblos, pero, sobre todo, de la vida de quienes los habitan.

“Aquí soy feliz”

Victoria, junto al altar de su iglesia.

Y hay quienes no solo conservan los recuerdos, sino que siguen cuidando cada día aquello que recibieron. Victoria tiene 73 años y es actualmente la sacristana. Limpia, prepara el templo cuando va a celebrarse la eucaristía y se ocupa de aquello que haga falta. Desde 2019 es además celebrante de la Palabra cuando no puede acudir un sacerdote. Pero quizá la explicación más sencilla llega cuando se le pregunta qué significa para ella esta iglesia. “Todo”.

No necesita mucho más. Viene prácticamente cada día y pasa aquí un rato. “Cuando vengo a la iglesia me encuentro tan a gusto que me parece poco el tiempo que estoy en ella”. Entre todos sus recuerdos hay uno que permanece intacto: el día de su primera comunión. Recuerda la alegría de sus padres, la casa pequeña, una mesa blanca preparada por su madre, las flores y hasta el olor que encontró al subir las escaleras.

Y recuerda incluso los versos que recitó aquella tarde ante el sagrario. Han pasado décadas, pero todavía puede repetirlos de memoria. Su madre, su familia, aquellas flores y aquella niña siguen, de alguna manera, dentro de esta iglesia.

“Mi padre estuvo aquí hasta un mes antes de morir”

Agustina nació en Cabezabellosa de la Calzada. También aquí están buena parte de sus raíces familiares. Su abuelo llegó al pueblo como maestro después de quedarse viudo y terminó casándose con una mujer de la localidad.

Cuando habla de la iglesia, los recuerdos aparecen uno detrás de otro. Recuerda especialmente el mes de mayo, cuando su abuelo enseñaba poesías a los niños y ellos acudían al templo a recitarlas. También el rosario, las comuniones o aquel calvario que cantaban desde el coro.

Agustina

Eran alrededor de quince en su grupo y todavía se ríe al recordar que siempre acababan equivocándose en alguna estrofa de alguna estación. “Era muy divertido”, resume.

Pero en esta iglesia no está únicamente su infancia. También está su familia. Sus padres estuvieron vinculados al templo durante toda su vida. De su padre conserva una imagen especialmente cercana: “Hasta un mes antes de morirse yo lo tuve en la banca conmigo”. Porque en los bancos de una iglesia también se escribe, silenciosamente, la historia de una familia.

Volver al pueblo

Rodrigo también nació y creció en Cabezabellosa, aunque buena parte de su vida transcurrió en Madrid.  Y ahora, jubilado, ha regresado. Su recuerdo vuelve igualmente a la infancia y al mes de mayo. “Desde pequeños la hemos tomado como un sitio religioso y hemos estado siempre unidos a ella”, explica. Ir a misa o acudir al rosario formaba parte de la vida cotidiana de aquellos niños.

Rodrigo

Y cuando intenta recordar con quién comenzó a venir al templo, aparece de nuevo una figura que se repite en varios testimonios: su madre. La iglesia era entonces lugar de oración, pero también de encuentro y de unidad. Algo especialmente visible ahora, cuando el verano devuelve temporalmente vida a tantos pueblos pequeños. Rodrigo calcula que, frente a las pocas decenas de personas que permanecen durante el invierno, estos días pueden reunirse en Cabezabellosa alrededor de 160. Regresan las familias. Regresan los hijos y los nietos. Y la iglesia sigue allí.

También Juan conserva muy viva la imagen de aquellos domingos de su infancia. “La misa del domingo era algo sagrado,  todo el mundo iba», recuerda. Pero inmediatamente añade algo que va más allá de lo religioso: aquel era también el momento de encontrarse. En un pueblo eminentemente agrícola, después de una semana de trabajo, el domingo reunía a los vecinos. Los niños se colocaban delante; detrás, los mayores. Y el templo se llenaba.

Cofradía del Santo Cristo

A esos domingos se sumaban celebraciones especialmente arraigadas, como las Candelas, la Ascensión o los actos de la Cofradía del Santo Cristo. “En aquel momento todo el mundo era cofrade”, recuerda Juan. Él también llegaba de niño acompañado de su madre. “Nuestras primeras salidas fueron siempre con la madre”, dice.

Juan

Pero Juan introduce otro elemento que hace especialmente singular al templo de Cabezabellosa. Lo define como “una auténtica maravilla, una catedral en pequeño”,  y recuerda que sus piedras hablan también de la historia del propio municipio y de sus antiguas canteras, de las que salió material para iglesias y construcciones de otros pueblos próximos.

Por eso le cuesta imaginar Cabezabellosa sin su iglesia. Porque forma parte de su patrimonio, pero también porque durante generaciones fue capaz de reunir a todos: “Al margen de ideologías, aquí todo el mundo éramos uno”.

Mucho más que un edificio

Quizá ahí esté la respuesta a por qué merece la pena cuidar las iglesias de nuestros pueblos. Porque cuando se deteriora un templo no solo sufren unas piedras. Se pone en riesgo un lugar que conserva historias que difícilmente caben en un inventario: la mano de una madre camino de misa, una primera comunión, las voces de unos niños cantando desde el coro, el banco que durante años ocupó una familia o el regreso de quienes tuvieron que marcharse y cada verano vuelven a casa.

En Cabezabellosa de la Calzada, las piedras hablan. Pero para escucharlas hay que sentarse junto a quienes han vivido entre ellas. Eso es también “Tu pueblo, tu iglesia, tu historia”: recordar que detrás de cada templo hay personas, familias y generaciones enteras que han encontrado allí un lugar donde celebrar, despedir, encontrarse, rezar y sentirse comunidad. Y mientras haya alguien que siga entrando y pueda decir, sencillamente, “aquí soy feliz”, esa historia seguirá viva.

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