La Delegación Diocesana de Familia y Vida de Salamanca hace público este manifiesto con motivo de la Jornada por la Vida 2026, en el que reafirma la dignidad de toda vida humana y denuncia la indiferencia ante el sufrimiento
MENSAJE DE LA DELEGACIÓN DIOCESANA DE FAMILIA Y VIDA ANTE LA JORNADA POR LA VIDA 2026
En la Jornada por la Vida de este 2026, que celebramos el 25 de marzo, fiesta de la Encarnación, no queremos pronunciarnos con palabras gastadas ni con fórmulas que, por repetidas, corren el riesgo de no sacudir ya ninguna conciencia. Queremos recordar desde esta delegación y hablar con claridad: la vida humana es sagrada. No es un material disponible, no es un bien negociable, no es un valor que dependa de la utilidad, de la salud, de la edad, de la situación social ni del interés de otros. La vida pertenece a Dios.
Por eso afirmamos, sin rebajas y sin miedo, que toda vida merece ser amada, defendida y protegida desde el primer instante de su concepción hasta su fin natural. El comienzo no lo decidimos nosotros. El final tampoco. Y, cuando el hombre pretende ocupar el lugar de Dios y arrogarse poder sobre la vida y sobre la muerte, el resultado siempre es devastador: se enfría el corazón, se degrada la dignidad humana y se abre paso una cultura de muerte que termina por parecernos normal.
Nos hemos acostumbrado demasiado al horror. Vemos muertos y más muertos en las guerras, en tantos holocaustos, por el terrorismo, por la violencia criminal de quien dispara a diestro y siniestro en un colegio, en medio de la calle; los que son asesinados como víctimas de la violencia de género; por el hambre; por las mafias que trafican con personas; los hundidos en el mar, viajando en una patera, buscando un futuro menos inhumano; los que son esclavizados; los explotados o destruidos por la droga, por el alcohol, por el juego, por las adicciones y por tantas formas de abandono; los que se quitan del medio, cada vez más, por no encontrar sentido a su vida.
Nos estremecemos un instante, quizá, pero enseguida seguimos adelante. Y eso también es grave: no solo mata quien dispara, quien bombardea o quien trafica, quien puede apretar el botón de una cabeza nuclear o un dron cargado de explosivos; también deshumaniza una sociedad que termina contemplando el sufrimiento ajeno sin lágrimas, sin reacción y sin conversión.
Es alarmante que hayamos llegado a convivir con la muerte como quien convive con una noticia más. Nos escandaliza menos una vida rota que una incomodidad personal. Nos afecta menos una patera hundida que una cifra económica. Muchos hermanos son simples estadísticas, y se habla de derechos, de progreso y de desarrollo, pero demasiadas veces ese progreso se levanta sobre vidas descartadas, heridas invisibles y sufrimientos silenciados. Y entonces conviene preguntarse: ¿Qué clase de civilización estamos construyendo si cada vez sabemos hacer más cosas, pero cada vez nos duele menos el hermano?
No podemos aceptar que el mundo se acostumbre a contar cadáveres sin arrodillarse ante el misterio de cada persona perdida. No podemos permitir que la vida humana se convierta en un número, en una estadística, en un daño colateral, en una cuestión ideológica. No es lícito comparar entre unos y otros muertos e intentar dar explicaciones concluyendo que unos muertos se lo merecen más que otros. Cada hombre, cada mujer, cada niño, cada anciano, cada enfermo, cada pobre, cada no nacido, cada abandonado lleva una dignidad que nadie concede y que nadie puede arrebatar, porque viene de Dios.
Recordamos hoy con fuerza las palabras de Juan Pablo II en su primera visita a España en 1982: “Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente”, desde el concebido y no nacido hasta el que llega de manera natural al día final de la vida. Y añadimos con toda radicalidad: todos somos inocentes. Todos somos seres creados, de la misma naturaleza. Somos un sueño, un proyecto de Dios que nos llama. Toda vida humana, por el hecho de serlo, está revestida de una dignidad que nadie concede y que nadie puede arrebatar. No podemos legitimar la violencia, la guerra, que lleva por esencia a la muerte de tantos hombres y que genera el abatimiento de los pueblos.
Frente a esta dureza de corazón, los cristianos no estamos llamados ni al lamento estéril ni a la pasividad. Estamos llamados a despertar. A defender la vida sin complejos. A cuidar al débil. A desenmascarar la mentira de una cultura que habla de libertad y derechos mientras abandona, esclaviza, selecciona o elimina. A recordar, con obras y con verdad, que una sociedad solo será humana si coloca en el centro a la persona, especialmente a la más vulnerable.
Hoy pedimos al Señor de la vida que nos arranque la indiferencia. Que rompa nuestra comodidad. Que convierta nuestros corazones de piedra en corazones capaces de compasión, de valentía y de ternura. Que nos devuelva el temblor ante el dolor ajeno y la determinación para proteger toda vida humana. Perdónanos por la insensibilidad con la que muchas veces contemplamos la muerte de tantos hombres.
Recemos por la paz, por la vida, pero no como quien repite una consigna, sino como quien suplica que cesen la soberbia, el odio y la codicia de los poderosos. Recemos para que nadie viva bajo la amenaza de la guerra, del hambre, del abandono o de la desesperanza. Recemos para que vuelva a nosotros la alegría de vivir y el respeto sagrado por toda existencia.
«Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». La palabra de san Agustín no es una frase hermosa para citar: es una verdad que desenmascara nuestra época. El hombre no encuentra descanso dominando la vida, manipulándola o despreciándola. Solo descansa cuando reconoce que no es dueño de todo, cuando vuelve a Dios y aprende a mirar a cada ser humano como un hermano.
Gracias, Señor, que vives y habitas en todos, que rompiste las cadenas de la muerte y nos dices en tu Evangelio vivificante: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»; gracias por este don tan maravilloso que nos has regalado y nos regalas cuando despertamos cada día, y nos lo conservas cuando nos acostamos cada noche.
Que María, Madre de la Vida, la que confió en el Señor y acogió en su seno al Salvador, nos enseñe a custodiar la vida con reverencia, con fortaleza y con amor. Y que Cristo, vencedor de la muerte, ilumine nuestra historia para que no triunfen la tiniebla, la violencia ni la desesperanza.
Hoy queremos decirlo con fuerza: no nos resignamos a la cultura de la muerte. No aceptamos que el sufrimiento del hombre se vuelva un fondo de paisaje. No callaremos cuando la dignidad humana sea pisoteada. Elegimos la vida, defendemos la vida y servimos a la vida, porque solo Dios es el Señor de la Vida.
Materiales para celebrar la Jornada por la Vida
La Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida ha preparado diversos materiales pastorales para la celebración de esta jornada, en esta ocasión, bajo el lema “La vida, un don inviolable”:
Mensaje de los obispos
Subsidio para el celebrante
Subsidio para el monitor
Estampa
En su mensaje, los obispos recuerdan que la defensa de la vida «no es solo una cuestión de fe, sino también una exigencia de la recta razón y de la ciencia», y advierten sobre la tendencia a considerar el aborto como un derecho, subrayando que «no existe el derecho a eliminar una vida humana».
Asimismo, invitan a promover una alianza social para la esperanza, que favorezca la natalidad y garantice que ninguna mujer tenga que afrontar un embarazo en soledad o sin recursos.
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