CATÓLICOS EN SALAMANCA – In memoriam, Antonio Matilla

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Ante el fallecimiento del sacerdote diocesano Antonio Matilla, Policarpo Díaz comparte estas palabras de fe y gratitud, nacidas de la fraternidad sacerdotal y de los años vividos junto a él en el ministerio

 

 

«Méteme, Padre eterno, en tu seno, misterioso hogar; allí descansaré, pues vengo deshecho del duro bregar».
Epitafio de Don Miguel de Unamuno y Jugo

Ayer fue un día de intensa oración. Primero, a primera hora de la mañana y a mediodía, pidiendo y orando por su salud ante la Virgen, a quien fui a visitar para hablar con la Madre y recordar raíces, etapas, momentos e historias vividas.

Con Antonio estuve muchas veces ante la Virgen: ante la Virgen de la Salud de San Sebastián (también alguna vez en la de Tejares, a la que tanto quiso y sirvió), ante la Virgen Inmaculada de La Purísima, ante la Virgen de la Vega de la Catedral y ante la Virgen de Tovar, de su pueblo… En las dos etapas vitales que compartimos, nos dio mucho tiempo para celebraciones, conversaciones, encuentros, oraciones y paseos. Primero, como seminarista (un par de cursos), en el equipo formativo del Seminario Menor, mientras yo realizaba la etapa de pastoral. Y después, en los ocho (nueve) años que compartimos en la Unidad Pastoral del Centro Histórico.

Poli junto a José Manuel, Fructuoso y Antonio, a quienes ya el Señor ha llamado a su presencia y fueron párrocos de La Purísima

Ante la Virgen oré. Pedí. Supliqué: «Tu amigo y mi amigo está enfermo». Yo sentía que me respondías: «Esta enfermedad es para dar gloria a Dios». Igual pasó en la oración reciente por José Manuel, Virgilio… y por tantos hermanos curas que vamos despidiendo. Señor, ¡muéstranos tu gloria en la muerte de nuestros hermanos! Llevamos 34 hermanos sacerdotes diocesanos enterrados en el tiempo que Don José Luis Retana es obispo de la Diócesis de Salamanca. (En los 19 años de Don Carlos López despedimos la cifra redonda de 100 sacerdotes diocesanos).

María, ayúdanos a saber que el Hijo que sostienes muerto en tus rodillas es el Señor Resucitado, el Señor que vence el sufrimiento, el pecado y la muerte.

Proseguí después la oración —ya en la tarde avanzada— en el velatorio de Calatrava, rodeando su féretro entre flores y familia; entre el Pueblo de Dios que acudía a orar, a agradecer, a compadecer…

Antonio —como todas las personas— fue muchas cosas. Sobre todo sacerdote, pero también filósofo y amigo de la ciencia; scout y amigo de los jóvenes; educador y amigo de la educación; amigo de sus amigos y amigo del Señor. Gracias por su vida y por sus muchos valores.

No tengo más panegírico que hacer, solo agradecer y pedir que el Padre bueno lo acoja en su seno, misterioso hogar, porque mucho ha bregado.

En un presbiterio cada día más debilitado por la edad, la salud y la muerte, sólo nos queda orar y mantenernos más unidos y más hermanos, para que la misión que recibimos el día de nuestra ordenación, siga siendo fecunda para la Iglesia y el mundo.

Se me quedaron grabadas en el corazón sus últimas palabras, escritas y publicadas al inicio de la Cuaresma, poco después de conocer su nuevo diagnóstico, en las que hablaba de la fragilidad: «Ser frágil es humanamente positivo, porque enseguida nos damos cuenta de que, si Jesús fue frágil, y por la radical fragilidad de la muerte injusta en la cruz nos salvó, nos certifica por la fe que la gracia de Jesús está con nosotros y nos acompaña siempre, y de manera especial cuando estamos enfermos».

Nada más que decir.
Nada más que pedir.
Nada más que desear.

Gracias, Antonio.

Duc in altum, «Rema mar adentro», conduce a lo profundo (Lc 5,4).

Policarpo Díaz, sacerdote diocesano

 

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