CATÓLICOS EN SALAMANCA – La cruz en el camino del discípulo

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El Evangelio de este domingo, 30 de agosto, XXII del tiempo ordinario, presenta a Jesús explicando a sus discípulos que su camino pasa por la entrega, el sufrimiento y la cruz. Seguir a Cristo no significa buscar el éxito o el poder, sino aprender a asumir con fe las dificultades de la vida y descubrir en la cruz un camino de fidelidad y esperanza

 

Después de escuchar la profesión de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» Jesús comprende que su tiempo en este mundo se acaba, que llega su Hora. Por eso, comienza a hablar a los discípulos de su subida a Jerusalén, donde le vendrán tantos sufrimientos.

Comienza a hablarles de su verdadero mesianismo. Un mesianismo sufriente, de rechazo, no de gloria. No de triunfos políticos o de poderíos humanos, como pensaban muchos en tiempo de Jesús. Esperaban un gran caudillo político que dominara a los otros pueblos. No querían recoger la tradición del profeta Isaías, que, en sus dramáticos oráculos, presentaba al Mesías como el Siervo Doliente de Yahvé.

Jesús, ha venido por el camino de la humildad, de la obediencia y del servicio y este será el camino que tendrá que recorrer hasta la cruz. Y por esto, precisamente, será glorificado y exaltado junto al Padre celestial. «Por haberse hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, Dios lo ha exaltado y dado un nombre sobre todo nombre» (Fil 2,8-9).

Esto, que nos parece difícil y hasta incomprensible a nosotros, que conocemos ya el resultado de su Pasión y, sobre todo, de su Resurrección, para los Apóstoles era algo verdaderamente escandaloso. Por este motivo, Pedro, que quería a Jesús, no podía por menos de recriminarle que siga por ese camino. “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte”, le dice. Y Jesús, con toda claridad y contundencia al mismo tiempo, se enfrenta con Pedro y le dice: “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios”. Pedro, pensando lo mejor para su Maestro, al no entender el camino de la cruz, hace de tentador, de tropiezo.

Ya era difícil para Jesús asumir ese camino de humillación, de dolor y de muerte, máxime si los más íntimos, los amigos más cercanos no lo entienden. Por eso, la soledad en que se vio Jesús en la Pasión fue un dolor tan profundo. Es difícil, dada nuestra condición, asumir la realidad de la cruz. Sin embargo, Jesús, que la asumió hasta la muerte, nos dice: “El que quiera seguirle, que la tome detrás de él”.

Debemos pedir al Señor luz para comprender el valor del sufrimiento, de la cruz. En este tiempo, tan hedonista y placentero, en que no buscamos nada que pueda crucificarnos con Cristo, que al menos no rechacemos todos los dolores y trabajos que nos impone la vida. Que presentemos, como nos dice hoy el Apóstol Pablo, nuestros «cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este sea vuestro culto razonable». Rm 12,1

Leandro Lozano Escribano, sacerdote diocesano

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