CATÓLICOS EN SALAMANCA – Un verano para salir de uno mismo y aprender a mirar de otra manera

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Veinticuatro jóvenes de parroquias vinculadas al movimiento Adsis han compartido en Santa Marta de Tormes una semana de convivencia y voluntariado junto a personas mayores, niños, madres en situación de vulnerabilidad y personas con problemas de salud mental

 

SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN

Cada verano, algunos jóvenes eligen dedicar parte de sus vacaciones a una labor solidaria. Una decisión que les permite salir de su entorno habitual, conocer de cerca realidades diferentes y comprobar cómo el encuentro con los demás puede cambiar su manera de comprender la vida.

Esa ha sido la experiencia vivida del 12 al 19 de julio por veinticuatro jóvenes de 17 años, procedentes de las parroquias de Nuestra Señora de las Rosas, de Madrid; Beato Florentino Asensio, de Valladolid; y Santa Marta de Tormes. Las tres comunidades están vinculadas al movimiento Adsis y los participantes ya se conocían de otras propuestas compartidas, como la Pascua que celebraron en Semana Santa en Madrid. En esta ocasión, han participado en Santa Marta de Tormes en un campo de trabajo en el que han puesto lo mejor de si mismos al servicio de los demás y en el que la  convivencia y la fe han ido de la mano.

Los participantes se han alojado en la Casa de la Iglesia, desde donde se desplazaban por las mañanas hasta Santa Marta de Tormes. Allí, distribuidos previamente en pequeños grupos, cada uno ha colaborado como voluntario en una iniciativa concreta: el Centro de salud mental Ranquines; el Centro Materno Infantil Ave María; las actividades de Cruz Roja, tanto en un campamento urbano como con personas mayores de su centro de día; el acompañamiento a los resientes de las Hijas de San Camilo; o las tareas de mantenimiento de los locales de la parroquia de Santa Marta.

La propuesta buscaba acercar a los jóvenes a personas y situaciones que habitualmente quedan fuera de su vida cotidiana y ayudarles a descubrirlas desde la cercanía, la escucha y el encuentro, lejos de prejuicios o ideas preconcebidas.

Una experiencia para abrir los sentidos

Las diferentes jornadas estuvieron vinculadas a los sentidos, un hilo conductor que les ayudó a prestar atención a cuanto sucedía a su alrededor: escuchar las historias de las personas con las que se encontraban, mirar sus circunstancias de una forma nueva, acercarse a ellas y dejarse afectar por lo vivido.

“Buscamos, sobre todo, la sensibilización hacia colectivos con los que normalmente no estamos habituados a convivir”, explica Chelo Bravo, de la parroquia de Santa Marta de Tormes, una de las coordinadoras del campo de trabajo.

La actividad no terminaba al finalizar las tareas de la mañana. Por las tardes, los jóvenes participaban en dinámicas de reflexión y crecimiento personal. Cada jornada finalizaba con una recogida orante que les ayudaba a releer y compartir desde la fe todo lo vivido durante el día: los encuentros, lo que les había sorprendido, inquietado o emocionado durante la jornada.

“La propuesta que les hacemos los adultos que estamos con ellos es Jesús”, señala Chelo. El objetivo era ayudarles a realizar “una lectura creyente” de cuanto iban descubriendo y a preguntarse qué les decía el Evangelio a través de las personas y las realidades con las que se habían encontrado ese día.

«Son realidades a las que no estamos acostumbrados»

Blanca Vicario, es una de las jóvenes de la parroquia de Nuestra Señora de las Rosas que ha colaborado en el Centro Materno Infantil Ave María. Un recurso que “se encarga de acompañar y ofrecer alojamiento a madres embarazadas y hasta que sus hijos cumplen cuatro años”, explica la joven.

Experiencia en el Centro de acogida Ave María

Su paso por este centro le ha permitido acercarse a “unas realidades a las que no estábamos acostumbrados”, reconoce. Se trata, relata, de mujeres que han vivido “en ambientes muy difíciles y de violencia” y que, en muchos casos, se han encontrado solas y desamparadas.

Durante esos días, algunas madres compartieron con los jóvenes historias especialmente duras. “Nos han contado que han vivido situaciones de violencia, de desamparo y de soledad, y todo esto mientras estaban embarazadas”, señala Blanca. A estas circunstancias se suma, en algunos casos, el hecho de encontrarse lejos de su país de origen y sin dominar el idioma.

Escuchar directamente sus testimonios le ha permitido comprender mejor situaciones que, vistas desde fuera, pueden resultar difíciles de imaginar. “Es una experiencia que te abre muchísimo los ojos, porque te hace consciente de realidades a las que normalmente no estás expuesto”, asegura.

Para Blanca, estos días han sido también una llamada a no juzgar y a reconocer la dignidad de cada una de esas mujeres, “te permite ser más consciente y empatizar más con aquellas   personas a las que, de vez en cuando, la sociedad juzga sin preguntarles antes por lo que están viviendo”.

Ayudar sin necesidad de saber hacerlo todo

Brochas, pintura y ganas de echar una mano. Esa ha sido la aportación de Andrés del Villar, de la parroquia del Beato Florentino Asensio, de Valladolid, en los locales de la parroquia de Santa Marta de Tormes, donde ha colaborado junto a otros compañeros en distintas tareas de mantenimiento, como pintar los locales parroquiales.

Andrés, en el centro, junto a Chelo y el resto de jóvenes que han colaborado en la parroquia de Santa Marta de Tormes

Una ayuda especialmente necesaria porque muchas de las personas que colaboran habitualmente en ella son mayores. “Siempre están echando una mano, pero hay tareas, como subirse a una escalera o pintar las partes altas, que no pueden hacer”.

Andrés llegó al campo de trabajo atraído por la posibilidad de colaborar y de compartir la experiencia con otros jóvenes de su edad. Pronto descubrió que para ser útil no siempre es necesario poseer grandes conocimientos o capacidades .Él nunca había pintado, pero eso no fue un impedimento. “Me he dado cuenta de que no hace falta tener ninguna habilidad especial para ayudar, porque, al final, siendo tú mismo, siempre vas a poder aportar algo”, reconoce.

Para Andrés, ayudar comienza precisamente ahí: en la disposición para aprender, ofrecer el propio esfuerzo y realizar aquello que otros no pueden hacer, “con ser tú mismo siempre vas a poder aportar algo”.

Acercarse a la salud mental sin prejuicios

Hasta estos días, Isabel Hernández conocía la realidad de la salud mental desde la distancia. Su colaboración en el el Centro de Salud Mental Ranquines, coordinado por Cáritas Diocesana de Salamanca y destinado a acompañar a personas con problemas de salud mental y en situaciones de exclusión social, le ha permitido acercarse a ese colectivo y comprender mejor las dificultades que atraviesan.

Además de ofrecerles su compañía, los jóvenes han compartido con ellos diferentes actividades, como talleres de cocina y manualidades. El contacto directo ha cambiado su forma de entender esta realidad. “Hasta que no he tratado con ellos de cerca no he entendido muy bien cómo era realmente la situación“, reconoce Isabel. Durante esta semana ha descubierto no solo las dificultades relacionadas con la salud mental, sino también otros problemas que afectan a estas personas y de los que, a su juicio, apenas se habla.

“Me he dado cuenta de todos los problemas que tienen y de lo poco que se habla de ellos”, señala. Entre ellos destaca especialmente el acceso a una vivienda, “un problema muy importante del que se trata muy poco”.

Era la primera vez que Isabel participaba en un campo de trabajo de estas características y la valoración no puede ser más positiva: “Nunca había hecho una experiencia parecida y la verdad es que me ha encantado y la he disfrutando un montón” y reconoce que “me encantaría repetir si se me ofrece la oportunidad”.

Escuchar, servir y dejarse transformar

Las actividades realizadas durante la semana han sido muy diferentes. Unos jóvenes han acompañado a niños; otros, a personas mayores, a madres en situación de vulnerabilidad o a personas con problemas de salud mental. Algunos han escuchado historias de vida difíciles y otros han puesto su esfuerzo en pintar una pared.

Sin embargo, todos han compartido una misma invitación: detenerse ante la persona que tenían delante y descubrir que el servicio no consiste solamente en hacer cosas por los demás, sino también en escuchar, dejarse enseñar y permitir que el encuentro transforme la propia mirada.

Este campo de trabajo ha interpelado igualmente a los adultos que los acompañaban. Chelo Bravo reconoce que, aunque cada año se plantea dejar paso a otros, los jóvenes vuelven a sorprenderla. “Me transmiten ganas; son jóvenes que quieren cambiar el mundo y que buscan la justicia”, afirma. “Y eso te remueve por dentro”.

Durante una semana, Santa Marta de Tormes se ha convertido así en un lugar de encuentro entre generaciones y realidades muy diferentes. Una experiencia en la que los jóvenes han ofrecido su tiempo, pero también se llevan nombres, historias y preguntas que probablemente seguirán acompañándolos mucho después de regresar a casa.

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