El Arzobispo de Valencia, Mons. Enrique Benavent ha afirmado en la festividad de la Virgen de la Asunción que “hoy felicitamos a la Santísima Virgen María por la plenitud de vida divina que le es concedida. El misterio de la Asunción es la plenitud de lo que María siempre ha vivido en el secreto de su corazón y en las situaciones a menudo oscuras y difíciles de la vida. El camino de fe de María siempre había sido un sí a Dios en todos los momentos de la vida, es, después de todo el recorrido de fe, el sí de Dios a María”.
El Arzobispo ha presidido la celebración de la Eucaristía en la Solemnidad de la Asunción de María, en la que han participado el obispo emérito de la diócesis de San Feliu de Llobregat, Agustín Cortés, el cabildo metropolitano, diáconos, el Grup de Mecha y miembros de la Cofradía de la Mare de Déu de la Seu.
El Arzobispo ha señalado que “el que había sido acogido por María en su seno virginal, hoy acoge a su madre en la gloria celestial. Esa gracia que mientras María vivía en el mundo era algo invisible, ahora resplandece, lo que María había vivido a lo largo de toda su vida, a veces de una manera dura, incomprensible, sencilla, invisible, pero hoy contemplamos su gloria. La meta de todo cristiano y el camino no puede ser otro que un sí a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida”.
Mons.Benavent ha destacado que “María anuncia que la misericordia de Dios quiere llegar de generación en generación. No ha terminado su misión para toda la humanidad, desde el cielo trabaja para que la misericordia de Dios alcance a todos, para que ese designio de amor de Dios se haga realidad en toda la humanidad. Por ello la fiesta de hoy es también una fiesta de esperanza. Trabaja en nuestro corazón para que un día lleguemos todos a participar de su misma gloria. Que animados y sostenidos por ella, no desfallezcamos en el camino”.
Los actos se han iniciado con el canto de laudes seguido por la recepción, en la Puerta de los Hierros de la Catedral, de la imagen de la Dormición de la Virgen, que previamente ha sido trasladada desde la Capilla de la Virgen del Milagro, en la calle Trinquete de Caballeros, portada por miembros del Grup de Mecha” caracterizados como los doce apóstoles.
Por la tarde, a las 18:30 horas comenzarán las segundas vísperas solemnes y posteriormente tendrá lugar la tradicional procesión vespertina, que data del año 1352, con la misma imagen yacente de la Dormición, por el entorno de la Seo, para devolverla a su Capilla, acompañada por el Cabildo de la Catedral.
La solemnidad litúrgica de la Asunción de la Virgen se celebra en la Catedral, a cuya advocación fue dedicada el templo por voluntad del rey Jaume I al reconquistar la ciudad el 9 de octubre de 1238.
Homilía íntegra de Monseñor Benavent
Excelentísimo y Reverendísimo Señor obispo emérito de la diócesis de San Feliu de Llobregat, Excelentísimo cabildo metropolitano, diáconos, estimadas autoridades, miembros de la Cofradía de la Mare de Déu de la Seu, Grup de Mecha, hermanos y hermanas todos en el Señor. Nos hemos reunido esta mañana para celebrar la Eucaristía en esta Solemnidad de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Hemos escuchado en el Evangelio el cántico de María, ese cántico en el que ella expresa su alegría en Dios su Salvador. Podríamos decir que esa alegría de María que ella expresa en los comienzos de los acontecimientos de la salvación en Cristo llega hoy a su plenitud. Hoy es el día de la alegría inmensa de la Santísima Virgen María, una alegría que ella ya vislumbra en los inicios, en ese acontecimiento de la visitación a su prima Isabel.
La alegría por lo que Dios ha hecho en ella, pero la alegría también por lo que Dios quiere hacer en toda la humanidad. La alegría en ese Dios que ha hecho obras grandes en ella, pero en ese Dios cuya misericordia se extiende de generación en generación, una misericordia que Dios quiere derramar sobre toda la humanidad necesitada de salvación. Podemos decir que aquella alegría de María en el momento de la anunciación y de la visitación a su prima Isabel era una alegría incipiente.
Esa alegría se vivirá más plenamente en la Pascua, en el encuentro con su Hijo resucitado María volvería a proclamar su alegría en Dios su Salvador. Pensemos que el cántico del Magnífico alcanza su pleno significado en la Pascua de Cristo. Pero esa alegría pascual es una anticipación de la alegría plena que hoy María experimenta cuando es elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.
La alegría de los inicios, la alegría de la Pascua llega a su plenitud en esta alegría, en esta fiesta en la que María vive su propia Pascua. “El Poderoso ha hecho en mí obras grandes”. Hoy vemos la obra más grande que Dios ha realizado en su humilde esclava.
Nuestra celebración nos lleva a alegrarnos en primer lugar por María. Ella hoy es introducida en la plenitud del misterio de Dios. No hay más alegría que gozar de la vida de Dios.
Y María vive el gozo de haber sido plenamente salvada, de haber sido introducida en la plenitud de la vida divina. “Me felicitarán todas las generaciones”. Hoy también nosotros felicitamos a la Santísima Virgen María y nos alegramos por su triunfo, nos alegramos por la plenitud de vida divina que hoy le es concedida.
Pero ¿cómo ha llegado María a esta meta? En el fondo hoy resplandece lo que ella ha vivido siempre. En el fondo la meta no es el final, es la plenitud de lo que la Santísima Virgen María ha vivido en todos los momentos de su vida. A menudo en situaciones difíciles, siempre de un modo imperceptible a los ojos del mundo.
Y lo que ella ha vivido es una relación viva con Dios, de un Dios que es amor y que quiere comunicar su amor a todas las criaturas. María vive en plenitud lo que ha vivido siempre a lo largo de su vida, una relación plena con Dios. Ella nunca se ha separado de Dios y por eso hoy goza plenamente de su compañía.
El misterio de la Asunción es la plenitud de lo que María siempre ha vivido en el secreto de su corazón y en las situaciones a menudo oscuras y difíciles de la vida. Pero el misterio de la Asunción es la respuesta de Dios a esa fidelidad plena. El camino de fe de María siempre había sido un sí a Dios, un sí a Dios en todos los momentos de la vida.
En el momento de la Anunciación, cuando el ángel le pide que acepte concebir al Hijo de Dios, María, aún sin comprender plenamente lo que eso iba a significar, responde diciendo «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra». Y ese sí, esa obediencia creyente, la mantendrá a lo largo de su vida. Su primer sí se hace sí en la vida de cada día.
En Belén, en Egipto, en la vida oculta de Nazaret, en el templo cuando tiene que buscar a su Hijo que se ha perdido, en la vida pública cuando tiene que aceptar la separación de su Hijo al pie de la cruz. El sí primero se ha ido alargando en todos los momentos de su vida. El misterio de la Asunción es, después de todo el recorrido de fe, el sí de Dios a María.
Si la fe de María había sido una fe plena, si el sí de María había sido incondicional, el sí de Dios a María hoy se manifiesta en toda su plenitud. Como María ha dado a Dios todo lo que una criatura puede darle, Dios le da a María todo lo que Él quiere dar a todas sus criaturas. Dios no puede dar a una criatura más de lo que le ha regalado a María en el primer momento de su concepción con la plenitud de la gracia, pero en el misterio de su Asunción en cuerpo y alma a la gloria celestial, en la plenitud de la vida divina.
Si la misión de María había consistido en acoger al Hijo de Dios y acompañarlo en su infancia y en su juventud como madre que educa para que cumpliera la voluntad de Dios, podemos decir que el misterio de la Asunción de María en cuerpo y alma a la gloria celestial es el momento en que su Hijo, que tiene la gloria propia de su condición divina, acoge también a su madre en su reino para que su madre no pueda separarse de él. El que había sido acogido por María en su seno virginal, hoy acoge a su madre en la gloria celestial. Si durante toda su vida María había sido moldeada como una criatura de gracia, en la que el Espíritu habitaba en ella como en templo, en el momento de la Asunción esa gracia que mientras María vivía en el mundo era algo invisible, ahora resplandece ante la humanidad con una gloria que admira a quienes la contemplan.
El fruto y los dones del Espíritu han fructificado en ella, que es entronizada en el cielo con una plenitud inimaginable. La gracia ha fructificado en María en la vida divina. En el fondo lo que hoy celebramos es la plenitud de lo que María había vivido a lo largo de toda su vida, a veces de una manera dura, incomprensible, sencilla, invisible, pero hoy contemplamos su gloria.
Ella es ese signo celeste, esa mujer celeste que hoy aparece en el cielo con una corona de estrellas y la luna bajo sus pies. Y de este modo descubrimos cuál debe ser el camino y la meta de nuestra vida. En el fondo un cristiano no puede tener otra meta que la que Dios un día le diga el sí que le ha dicho a María.
La meta de todo cristiano es que Cristo nos acoja en su morada eterna. La meta de todo cristiano no puede ser otra que la gracia que un día recibimos en nuestro bautismo fructifique en la vida eterna. Esa es la meta, el sí que Dios ha dicho a María.
Nos lo quiere decir a todos. Cristo quiere acogernos a todos como hoy acoge a su madre. Dios nos llama a la santidad que ha sido sembrada en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado.
Esa es la meta y el camino no puede ser otro que un sí a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. Que acoger a Cristo en todos los momentos para poder ser acogidos por Él. En vivir como templos del Espíritu que resplandecen por la santidad de vida para poder llegar un día a las moradas eternas.
Hoy nos alegramos con María y descubrimos que su camino ha de ser nuestro camino, porque su meta es también la nuestra. En el Magníficate hemos escuchado que María anuncia que la misericordia de Dios quiere llegar a sus cielos de generación en generación. Ella ha terminado su misión en la tierra, pero no ha terminado su misión para toda la humanidad.
Desde el cielo trabaja para que la misericordia de Dios alcance a todos, para que ese designio de amor de Dios se haga realidad en toda la humanidad. Ella quiere que todos lleguemos a compartir su misma alegría y su misma vida. Por ello la fiesta de hoy es también una fiesta de esperanza.
No sólo porque en María descubrimos la meta a la que todos estamos llamados, sino sobre todo porque ella, desde el cielo, trabaja en nuestro corazón para que un día lleguemos todos a participar de su misma gloria. Que animados y sostenidos por ella, no desfallezcamos en el camino, que así sea.
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