CATÓLICOS EN VALENCIA – El puente

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Me gustaría ofrecer y compartir unas consideraciones personales al iniciar un nuevo curso del Centro de Escucha Diocesano que se encuentra en la parroquia de los Santos Juanes de Valencia. La imagen del puente puede ayudarnos a comprender el sentido de esta reflexión.

Todos tenemos muy clara la idea, la imagen y la utilidad de un puente: algo que sirve para facilitar el paso entre dos orillas que están separadas o para salvar un obstáculo, como un rio o un desnivel.

Pero, ¿qué pasaría si ese puente gozara de libertad para buscar su propia ubicación y elegirla? ¿Y si algún ingeniero dispusiera de la maquinaria suficiente para trasladarlo y cambiar a su antojo el lugar dónde colocarlo, moviéndolo sin previo aviso?

Seguramente, lo primero que nos asaltaría, en ese momento, al echarlo a faltar en su sitio, serían sentimientos de frustración, de rabia, el cabreo y la protesta, porque esperábamos servirnos de él y utilizarlo como antes habíamos hecho en tantas ocasiones, ¡y no podemos hacerlo!

Soy uno de los voluntarios del Centro de Escucha Diocesano de Santos Juanes Valencia. Personalmente me encuentro en la “cuarta edad”, hace ya muchos años pasé de la “tercera edad” y, sin embargo, no sólo mantengo intactas mis expectativas e ilusiones, sino que estas se han incrementado y sigo dispuesto a comenzar un nuevo curso con renovado entusiasmo.

¿Cuáles son esas expectativas e ilusiones?

La primera, tomar consciencia de que cada persona que acude al centro merece buscar y hallar el puente que necesita para superar las situaciones que le aquejan, y encontrar la liberación que merece a nivel personal, familiar, social, espiritual. Esta manera de entender nuestra misión encuentra su inspiración en el propio Jesús, que encomendó a sus discípulos la tarea de acercarse al sufrimiento humano y aliviarlo, cuando les dijo: “Id y curad enfermedades, expulsad demonios, anunciad la proximidad del reino de Dios.” Jesús siente predilección por los enfermos y marginados, se acerca a ellos, los toca, los acoge y les pregunta qué quieren que haga, haciéndoles responsables y protagonistas de sus propias vidas. Se trata de “escuchar y que la persona se escuche” para poder pasar de un mapa en el que no se encuentra “dueño” de su vida, a descubrirse capaz de vivir libre y confiado en sí mismo y en los demás.

La segunda expectativa es, mientras la persona a la que escucho va descubriendo y reconstruyendo el mapa de su propia historia, aprovechar también ese encuentro para mirar hacia mi interior y revisar mi propia experiencia. Al escuchar al otro, también me escucho a mí mismo, reconozco mis propias vivencias y descubro que yo también tengo aspectos de mi vida que necesito comprender y sanar porque también vivo esa experiencia de crisis, vacilaciones, miedos…

La tercera, experimentar cada encuentro como la construcción de ese puente. Mi misión es ser y permanecer como puente fijo y disponible. Y que la persona a quien atiendo cree su propio puente, o lo deje sin finalizar. Pero siempre queda un poso en mí de esa persona y desde el primer instante tiene un espacio, desde mi condición de creyente, para la oración por su progreso y crecimiento.

La cuarta, esencial y clave, establecer y mantener la actitud de escucha y acogida incondicional con todos los miembros voluntarios del grupo y la empatía con ellos.

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