CATÓLICOS EN VALENCIA – «Villa Teresita fue el abrazo de Dios para mí»

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Esperanza llegó a España desde Colombia con su hija y una promesa de trabajo. Tras el engaño encontró explotación, miedo y una deuda que parecía no terminar nunca. En medio de aquella oscuridad siguió rezando para que Dios pusiera a alguien en su camino. Hoy reconoce esa respuesta en los rostros de quienes la acompañaron en Villa Teresita: «Me siento limpia, me siento nueva».

Hubo un tiempo en el que Esperanza no podía soportar que su propia hija la abrazara.

No porque no quisiera sentir sus brazos, sino porque después de todo lo que estaba viviendo se sentía sucia. La violencia no terminaba al cerrar una puerta. Se quedaba con ella. En su cuerpo, en su miedo, en esa necesidad de permanecer durante mucho tiempo bajo el agua intentando borrar una sensación que no desaparecía.

Su hija estaba allí. También era por ella por quien tenía que resistir.

Esperanza había llegado a España desde Colombia creyendo que venía a trabajar. Había encontrado en Facebook un anuncio que ofrecía empleo en limpieza, cuidado de personas mayores o restaurantes. Respondió y todo sucedió rápidamente. Le facilitaron el dinero para el viaje, le explicaron quién la recibiría y comenzó a preparar también la documentación de su niña.

Antes de marcharse le pidieron los nombres, teléfonos y direcciones de sus familiares más cercanos. Preguntó por qué necesitaban tantos datos. Le dijeron que era por su seguridad: si ocurría algo en España, sabrían a quién llamar.

Ella vio en aquello una garantía.

Llegó con confianza. Los primeros días, recuerda, fueron «color de rosas». La mujer que la había recibido la acompañaba a buscar aquel empleo prometido. Entraba en distintos lugares mientras Esperanza esperaba fuera y después regresaba con la misma respuesta: la plaza acababa de cubrirse, habían llegado otras chicas, no había trabajo.

Esperanza seguía esperando. Y rezando. «Yo rezaba a Dios para que me saliera un trabajo».

Después le pidieron su pasaporte y el de su hija. Los entregó. Tampoco sospechó entonces.
Hasta que un día dejaron de hablarle de empleos y comenzaron a hablarle de una deuda.
Había que pagar el viaje, la comida, la vivienda, todo lo que supuestamente había ido acumulando desde su llegada. Y había una única manera de hacerlo.

Había “clientes». «Cuando ella me dijo ‘cliente’, mi mundo se vino encima”.

Esperanza tardó en comprender que aquello que le estaban diciendo era realmente lo que iba a ocurrir. Había viajado para trabajar, para ofrecer una oportunidad mejor a su hija, y de repente todo cuanto había imaginado se deshacía delante de ella. La estaban obligando a prostituirse.

«Yo solo pensé en Dios. Decía: ayúdame, dame fuerza. Yo creo que lo que estoy escuchando no es realidad”. Pero lo era.

Agarrarse a una mano

Llegaron entonces el miedo, las amenazas y una deuda que siempre parecía tener algo más que pagar. Los datos de su familia, aquellos que había entregado creyendo que servirían para protegerla, tenían ahora otro significado. Quienes la controlaban sabían dónde estaban sus padres, sus hermanos, las personas que quería. Y Esperanza callaba.

Cuando su madre telefoneaba desde Colombia y preguntaba cómo iba todo, ella respondía que bien. Que estaba trabajando. Que hacía algunas limpiezas. Al otro lado de la línea intentaba sostener una normalidad que ya no existía.

El miedo fue dando paso a una violencia cada vez más difícil de soportar. A las amenazas y humillaciones se sumaron también las agresiones, hasta llevar a Esperanza a momentos en los que llegó a pensar que ya no podía más.

A su alrededor, otras mujeres le decían que podía consumir drogas para no sentir, para conseguir que el tiempo pasara más deprisa. Pero ella solo pensaba en su hija. «¿Qué sería de mi hija? ¿Quién la cuidaría?».

Y cuando las fuerzas parecían acabarse, Esperanza hacía algo que había hecho desde el principio. Rezaba.

No habla de su fe como de algo que apareció cuando el sufrimiento terminó. Habla de Dios dentro de aquel sufrimiento. Cuando aún no veía ninguna salida. Cuando no sabía cuánto tiempo iba a poder resistir. «Lo único que hacía era pegarme a la mano de Dios y yo decía: no, yo puedo, yo puedo».

Quizá por eso, cuando hoy reconstruye su historia, no explica aquel tiempo únicamente desde el miedo. En mitad de una realidad que parecía haberle arrebatado la posibilidad de decidir sobre su propia vida, había algo que nadie conseguía quitarle por completo: la confianza en que aquello no podía ser el final. «Yo oraba todos los días a Dios y le decía: pon en mi camino personas que me saquen de este pozo».

Esperanza cuenta que hubo momentos de una oscuridad extrema. Pero también habla de una presencia que, precisamente entonces, sentía cada vez más cercana. «Sentía a Dios muy cerca, cada vez más cerca. Como que Él iba a abrir un camino, iba a haber un cambio. Y sentía que me decía: resiste, resiste, resiste».

No sabía todavía cómo sería aquel camino. Ni qué nombres tendría.

Personas que llegan

Blanca. Sandra. Paty. Mari. Inma. Las hermanas de Villa Teresita.

Cuando Esperanza habla de ellas no lo hace como quien enumera a las profesionales o religiosas de un proyecto. Las coloca dentro de aquella oración repetida durante tanto tiempo. «Dios puso personas buenas en mi camino».

En Villa Teresita, acompañar a una mujer que ha atravesado una realidad así no significa únicamente ayudarla a resolver necesidades. Su misión nace de una convicción mucho más profunda: cada una de ellas es una persona sagrada, amada por Dios, con una dignidad que nada de lo vivido ha podido arrebatarle.

Por eso salen a buscarlas allí donde están y por eso permanecen después. Frente a una realidad que durante tanto tiempo les ha repetido que no valen, que nadie las creerá o que no existe otra vida posible, Villa Teresita intenta hacer presente justamente el mensaje contrario: tú importas, tu vida tiene futuro, Dios no se ha olvidado de ti.

Ese amor se concreta después en cosas muy pequeñas y muy grandes. En escuchar. En llamar por su nombre. En acompañar una gestión, buscar un empleo o una vivienda, sostener cuando vuelven el miedo o la culpa. Pero también en rezar por ellas y con ellas, en recordarles que no están solas y en construir vínculos que no desaparecen cuando termina una necesidad concreta.

Porque para las Auxiliares del Buen Pastor no se trata solo de sacar a una mujer de una situación de explotación, sino de acompañarla hasta que pueda volver a reconocerse como alguien digno de ser amado. Y esa experiencia de sentirse mirada de otra manera, acogida sin juicio y querida sin condiciones es también la forma en la que quieren hacer visible el amor de Dios.

Esperanza reconoce precisamente ahí lo que llevaba tanto tiempo pidiendo en sus oraciones.

Habla del apoyo emocional, económico y laboral que recibió, pero enseguida esas palabras se le quedan pequeñas. Villa Teresita, dice, es su familia. Y en esa familia reconoce también algo más. «Todas las oraciones de la comunidad, de las hermanas, llegaron. Sus oraciones yo siento que Dios las escuchó porque salí de ahí, salí de ese fango».

«Me siento nueva»

Hay dos palabras que Esperanza pronuncia ahora y que solo adquieren toda su profundidad después de conocer lo que hubo antes.

«Me siento limpia”. La misma mujer que durante tanto tiempo intentaba quitarse de encima una suciedad que no estaba en su cuerpo, sino en la violencia que otros habían ejercido sobre él, puede mirarse hoy de otra manera.

«Me siento nueva”. No significa olvidar. Esperanza sabe que existen heridas que forman parte de su historia. Pero ya no habla desde el mismo lugar. Trabaja en limpieza. Mira hacia adelante. Quiere conocer más a Dios y desea que su propia experiencia pueda servir algún día a otras personas que atraviesen situaciones semejantes.

Y está su hija. Aquella niña con la que llegó a España persiguiendo una promesa que resultó ser un engaño. La hija por la que resistió cuando le ofrecían cualquier forma de dejar de sentir. La niña cuyo abrazo hubo un tiempo en el que ni siquiera podía recibir. Ahora Esperanza le enseña a rezar. «Le enseño cada día a decir: gracias, Diosito. Gracias».

Tal vez ahí se comprenda mejor el camino recorrido. No porque el sufrimiento tuviera que suceder. Ni porque la fe borre mágicamente lo vivido. Sino porque Esperanza puede mirar hoy aquellos momentos en los que pedía una salida y reconocer, en las personas que permanecieron a su lado, la respuesta que ella llevaba tanto tiempo esperando.

«Ahora estoy tan feliz. Quisiera conocer más sobre Dios e ir a cualquier lado a dar testimonio de lo que ha hecho en mi vida. Me siento en la mano de Dios”. Por eso, cuando tiene que explicar qué ha sido Villa Teresita para ella, vuelve a dos imágenes sencillas. Una mano. Y un abrazo. «Villa Teresita fue la mano que me sacó del fango y el abrazo de Dios para mí».

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