Vivimos hiperconectados, pero cada vez más solos. Especialmente los jóvenes. En medio de una sociedad acelerada, donde muchos dicen creer en Dios pero desconfían de la Iglesia, el reto de la evangelización pasa hoy menos por grandes discursos y más por crear vínculos, escuchar y ofrecer espacios de autenticidad. En vísperas de Pentecostés, Luis Torró, delegado episcopal en funciones para el Primer Anuncio y el Discipulado, reflexiona sobre una Iglesia llamada a “salir” hacia quienes nunca han escuchado realmente el mensaje cristiano.
Una Iglesia en salida significa, en primer lugar, «ser conscientes del tiempo en el que estamos viviendo, del contexto cultural en el que estamos viviendo”. Para Luis Torró, una de las expresiones más repetidas en la Iglesia de los últimos años no puede quedarse en un simple lema. La realidad actual, asegura, obliga a replantear profundamente la manera de anunciar la fe. “Hay muchas personas que no conocen todavía al Señor y que, por lo tanto, es necesario salir a buscarlas, a ofrecerles, a anunciarles a Cristo”.
El delegado episcopal en funciones para el Primer Anuncio y el Discipulado considera que el gran cambio no está tanto en que antes hubiera más práctica religiosa, sino en el profundo vuelco cultural que ha experimentado la sociedad. Durante décadas, explica, el entorno social ayudaba casi de forma natural a descubrir la fe y a mantener un cierto vínculo con la Iglesia. Hoy el escenario es completamente distinto.
“Lo que cambia en este momento es la necesidad de salir hacia afuera porque hay muchos más que no conocen la Iglesia que los que sí que la conocen”, afirma. Y añade que muchas personas no rechazan necesariamente el cristianismo, sino que en realidad nunca han llegado a conocerlo de verdad. Es la archiconocida afirmación de “creo en Dios pero no en la Iglesia”. “Encontramos gente que verdaderamente no conoce o el conocimiento que tiene de Cristo es muy superficial”.
Por eso insiste en que evangelizar hoy implica también desmontar prejuicios y estereotipos sobre la propia Iglesia. “Es muy importante salir para anunciar, para comunicar, para que descubran quién es el Señor, quién es Cristo y quién es la Iglesia, no el estereotipo que a veces pueden tener o la imagen que se han creado ellos”.
Esa necesidad de salir al encuentro conecta directamente con el horizonte pastoral que la Archidiócesis de Valencia está comenzando a construir. Según explica Torró, el nuevo plan pastoral diocesano irá precisamente en la línea de esa “conversión pastoral” impulsada tanto por el magisterio reciente de la Iglesia como por las orientaciones publicadas recientemente por la Conferencia Episcopal Española.
En ese contexto, el llamado “Primer Anuncio” ocupa un lugar central. Aunque él mismo reconoce que prefiere utilizar la palabra “Kerigma”, porque expresa mejor el corazón del mensaje cristiano. “No podemos seguir al Señor si nosotros no nos hemos encontrado con el Señor”, resume.
Torró insiste en que el Primer Anuncio no puede reducirse únicamente a actividades concretas o métodos pastorales. “El Primer Anuncio va más allá del método”, explica. Y añade que toda la pastoral debería volver continuamente a lo esencial: “Cristo nos ha amado primero y nos invita a descubrir este amor”.
Porque, advierte, cuando desaparece esa experiencia de encuentro personal con Dios, todo lo demás corre el riesgo de quedarse vacío. “Si nosotros no experimentamos en nuestra vida este encuentro con un Dios vivo, todo lo demás va a ser difícil, va a ser construir sin tener un fundamento sólido”.
Sin embargo, en medio de ese desafío evangelizador, Luis Torró identifica también una de las grandes heridas silenciosas de nuestro tiempo: la soledad. Y especialmente entre los jóvenes. “Vivimos en esta hiperconectividad en la que parece que estemos continuamente conectados con todas las realidades, pero en realidad el gran fenómeno de nuestro tiempo es precisamente la soledad”.
Una soledad que, según advierte, ya no afecta únicamente a personas mayores, sino también “incluso entre jóvenes y especialmente entre adolescentes”. Frente a ello, considera que la Iglesia está llamada a ofrecer algo que hoy muchas personas necesitan desesperadamente: lugares de autenticidad.
“Nuestra tarea de anunciar sea muchas veces mejor acogida por la necesidad de tener un lugar donde poder hablar con autenticidad”, asegura. Porque evangelizar, explica, no consiste solo en transmitir contenidos, sino también en “acoger”, “escuchar” y “crear vínculo”.
“Este salir implica el poder acoger, el poder escuchar y el poder entender, crear a veces vínculo, crear realidades donde podamos encontrarnos y donde puedan descubrir que la vida tiene una profundidad mucho más allá de la conectividad”.
En esa realidad hiperconectada, las redes sociales ocupan también un papel ambiguo. Torró reconoce que son una herramienta valiosa para llegar a muchas personas y abrir nuevos espacios de comunicación, pero advierte de que no todo lo que circula en ellas ayuda realmente a transmitir el Evangelio. “No todo lo que aparece en redes sociales favorece o ayuda o anuncia correctamente a Cristo. También distorsiona en muchas ocasiones el mensaje”.
Por eso defiende la importancia de las experiencias reales de encuentro y acompañamiento. “No vale solamente encontrarme con el Señor. Tengo que encontrarme con el Señor, pero para después caminar con Él”.
Ahí aparece otra de las claves de esta nueva pastoral: el discipulado. Porque el anuncio cristiano, sostiene, no puede quedarse en una emoción puntual o en una experiencia intensa aislada.
La fe necesita tiempo, proceso y acompañamiento. Igual que ocurrió con los apóstoles, recuerda, el encuentro con Cristo abre un camino largo, a veces complejo y lleno de dificultades.
Lejos de una visión derrotista sobre las nuevas generaciones, Luis asegura estar viendo fenómenos muy esperanzadores entre muchos jóvenes. “Son los mismos jóvenes los que van buscando al Señor”, explica. Jóvenes que, precisamente por haber experimentado vacío o soledad, buscan “algo más profundo, algo que les dé sentido”.
Además, percibe un cambio cultural llamativo respecto a años anteriores: hablar de fe públicamente ya no resulta tan extraño para muchos de ellos. “Hay fenómenos actuales que animan a que se pueda compartir la fe y que se pueda expresar también públicamente”, afirma.
Para Luis, ese es precisamente uno de los grandes retos de una auténtica Iglesia misionera: que los laicos puedan compartir con naturalidad aquello que sostiene su vida cotidiana. “Es la llamada a salir de nosotros y es una llamada urgente y universal”. Una tarea, insiste, en la que “nadie tiene excusas” para dejar de anunciar lo que ha vivido o descubierto en su relación con Dios.
Pese a todas las dificultades, el delegado episcopal habla desde la esperanza. “Por supuesto que hay esperanza”, asegura con contundencia. Y quizá una de las reflexiones más luminosas llega precisamente al final, cuando se reivindica el valor de la fe sencilla y cotidiana frente a la tentación de pensar que solo cuentan los grandes testimonios o las experiencias extraordinarias.
“A veces tenemos la tentación de pensar que, como no me ha pasado nada extraordinario, no tengo nada que contar. Esto no es verdad”, afirma. Porque el verdadero milagro, sostiene, sucede muchas veces silenciosamente, en medio de la vida ordinaria. “El Señor actúa precisamente en lo ordinario, en lo oculto, en lo cotidiano de la vida”.
Y quizá ahí, precisamente ahí, en medio de una sociedad cansada, acelerada y necesitada de sentido, siga abriéndose hoy espacio para un nuevo Pentecostés.
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