El pasado miércoles 12 de agosto quedé cautivado por el eclipse total de sol que tuvo lugar sobre la península ibérica hacia las 8:30 de la tarde. Pude contemplarlo, cómodamente sentado, desde el jardín del Colegio Mayor Belagua en Pamplona. Sobre todo presté atención a la silenciosa respuesta de la naturaleza. No se hizo completamente de noche, ni pude ver estrellas, pero las farolas del campus se encendieron al oscurecerse el sol y se apagaron al regresar la luz después del eclipse.
Me llamó la atención el respeto y la admiración ante este fenómeno celestial por parte de las personas que lo contemplaban, envolviéndolo en una cierta aura religiosa o casi sobrenatural. Me parece que a muchos el eclipse nos llevó a admirar al Creador y a la creación, y también a los científicos que desde hace siglos son capaces de predecirlos.
«Ciertos fenómenos astronómicos de rara ocurrencia y gran importancia para el avance del conocimiento humano se han considerado, en todos los países civilizados desde que se cultiva la ciencia, como cuestiones de importancia nacional. Entre ellos están los eclipses totales de sol; y durante muchos años las grandes naciones han acostumbrado a observarlos». Así comenzaba su informe Benjamin Peirce, superintendente de la agencia U. S. Coast Survey, tras observar en Catania el eclipse de sol del 22 de diciembre de 1870, que tuvo lugar sobre el Mediterráneo. El eclipse fue observado también en Málaga y en Jerez de la Frontera.
En este sentido, me llamó la atención la movilización internacional de observadores, así como el interés del gobierno de España y de los pueblos que estaban en la franja de totalidad por acoger a quienes querían observar el fenómeno. Incluso en Aspace Navarra se organizó una observación del eclipse para personas con deficiencia visual. En colaboración con el Museo de Ciencias de la Universidad, reunieron a unas 300 personas con recursos adaptados como maquetas táctiles, lengua de signos y sonificación del eclipse en tiempo real.
Quizá nunca en nuestro país se había prestado tanta atención a un fenómeno astronómico. Estas ocasiones —que parecen únicas— invitan a pensar.
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Jaime Nubiola es profesor emérito de Filosofía, Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es).
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