JÓVENES CATÓLICOS – ¿Dios se decepciona de mí?Sin Autor – JÓVENES CRISTIANOS

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Escrito por Alex Patrón

Si estudiaste en una escuela religiosa o creciste con papás muy creyentes, posiblemente alguna vez escuchaste: “Eso que hiciste lastima a Diosito”. “Estás decepcionando a Dios”.

“No estás siendo un buen creyente”.

Y aunque probablemente nos lo dijeron intentando enseñarnos a distinguir entre lo bueno y lo malo, muchos crecimos con una idea complicada: cuando fallo, Dios se decepciona de mí.

El problema es que seguimos cargando con esa idea incluso siendo adultos.

Hay personas que no se atreven a regresar a la Iglesia, confesarse o incluso hacer oración porque piensan que después de todo lo que hicieron ya no son merecedoras de acercarse a Dios.

Pero te quiero decir algo: Él te está esperando.

No importa de dónde vengas, lo que hayas hecho o cuántos años lleves sin confesarte. Él sigue esperando que quieras volver a abrirle la puerta.

¿Entonces a Dios no le importa lo que haga? ¡Claro que importa!

Hay acciones que nos hacen daño, dañan a los demás y rompen nuestra comunión con Dios. Pero una cosa es que Dios no quiera que hagas algo que te aleja de Él y otra muy diferente es pensar que, por haber pecado, automáticamente dejó de amarte.

De hecho, te ama tanto que nos dejó el sacramento de la Reconciliación precisamente para que podamos regresar a esa comunión con Él.

Jesús lo explica maravillosamente en la parábola del hijo pródigo, aunque a mí me gusta pensar en ella también como la parábola del Padre amoroso.

El hijo se fue, malgastó su herencia y terminó perdiéndolo prácticamente todo. Sin embargo, cuando decidió regresar, su padre no lo recibió con una lista de reclamos. Corrió a su encuentro.

No comenzó diciéndole: “A ver, primero explícame dónde estabas”. Estaba feliz porque su hijo había vuelto a casa. Así es Dios contigo.

“Pero ya me confesé… y volví a hacer lo mismo”

Entonces quizá piensas: “Perfecto, regresé a casa, me confesé, Dios me perdonó… ¡y volví a cometer exactamente el mismo pecado!”.

¿Esto se convierte en un círculo interminable de Dios perdonándote y tú fallándole? La respuesta es: No.

Reconocer que existe un pecado con el que luchas constantemente también te permite descubrir, como decimos coloquialmente, de qué pie cojeas. Puedes comenzar a reconocer las situaciones que te llevan a caer, estar más atento ante las tentaciones y trabajar especialmente aquello que más te cuesta.

Lo importante es que nunca permitas que la culpa o la vergüenza te convenzan de que ya no mereces acercarte a tu Padre.

A veces creemos que primero debemos arreglar nuestra vida y cumplir procesos por nuestras cuenta, ayunar 70 días, caminar descalzos 115 kilómetros y entonces, después de haber sufrido lo suficiente, ya podremos presentarnos nuevamente ante Dios.

Pero ¿por qué vivir nuestro proceso sin Él? No existe mejor manera de levantarte que de la mano de Dios, acompañado de su guía, su amor y su paciencia.

Así que si hoy piensas que no deberías regresar a la Iglesia porque todos van a juzgarte, o incluso crees que Dios mismo estará decepcionado al verte entrar, recuerda la escena que Jesús nos dejó:

Un Padre ve regresar a su hijo, corre hacia él, lo abraza, manda traer ropa nueva, calzado y coloca un anillo en su mano.

No para premiar aquello que hizo mal, sino para recordarle algo que nunca dejó de ser verdad: “Sigues siendo mi hijo”.

Ese Padre también te está esperando. Y en su casa sigues teniendo un lugar, eres amado y siempre serás bienvenido.

 

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