«El punto de inflexión sucedió al alba. Pero casi nadie lo creía, casi ninguno lo esperaba. Los discípulos andaban cabizbajos, llorosos y fugitivos para volver cada uno a sus andadas. ¿Será posible –se preguntaban destrozados–, que en aquellos labios hayan enmudecido para siempre sus palabras? ¿Será posible que aquellas manos hayan dejado ya de bendecirnos desde que las vimos a la muerte clavadas? Y así estaban unos y otros, de aquí para allá, mientras lloraban sus recuerdos haciendo sus mil cábalas». Así describía el Arzobispo de Oviedo, Mons. Jesús Sanz Montes, en su homilía en el Domingo de Resurrección en la Catedral, la situación poco después de la crucifixión de Jesús.
«Fue al alba de alborada cuando la noche comenzó su partida irremediable –dijo–. Y de pronto las lágrimas no eran ya el llanto de la pérdida maldita, sino la emoción bendecida de un reencuentro que no acaba. La noche pasó con sus sombras, y se encendió la luz amanecida. La penúltima palabra del pavoneo del sinsentido, de la censura de la verdad y el asesinato de la vida, cedió inevitable la palabra final a quien siendo Dios se hizo hombre, se hizo hermano, se hizo historia y se hizo rediviva pascua. Al alba de la pascua encendemos los cristianos el cirio de la luz amanecida. Es un canto dulce, apasionado, con un brindis de triunfo que no se hace triunfalista. Porque Cristo ha vencido con su resurrección bendita su muerte y la nuestra. Fue al alba, sí, sucedió al alba, cuando el amor no nos abandona dejando atrás las noches aciagas. Dios nos ha abierto su casa, nos acoge y nos regala su vida. Por eso cantamos un aleluya al alba de nuestra mejor albricias. Por malditos que resulten tantos avatares inhumanos cada día, y por tropezosos que nos parezcan los traspiés cotidianamente, Jesús ha vencido. Y esto significa que ni la enfermedad, ni el dolor, ni la oscuridad, ni la tristeza, ni la persecución, ni la espada… ni la mismísima muerte tendrán ya la última palabra. Jesús ha resucitado y su triunfo nos abre de par en par el camino de la esperanza, de la utopía cristiana, el camino de la verdadera humanidad, el camino que nos conduce al hogar entrañable de Dios que siempre nos aguarda». Homilía completa
La eucaristía en la Catedral, presidida por el Arzobispo y concelebrada con el Deán, D. Benito Gallego y parte del Cabildo, fue seguida por multitud de personas y acompañada musicalmente, al igual que durante todos los oficios de esta Semana Santa, por la Schola Cantorum, dirigida por el sacerdote D. Sergio Martínez Mendaro. Como es tradición también, a la celebración religiosa acudieron representantes y miembros de todas las cofradías de la ciudad.
Al finalizar, se dio paso a la procesión del Resucitado, organizada por la Cofradía de la Sagrada Resurrección de Oviedo, con sede en la parroquia de Nuestra Señora de Covadonga, una hermandad de reciente creación que empieza ya a crear una hermosa tradición que sale de la Corrada del Obispo, con una parada en la Plaza de la Catedral, donde un gran coro formado por diferentes agrupaciones de la ciudad de Oviedo ofrece un breve recital y desde donde recorre las calles de la ciudad anunciando la Pascua de Nuestro Señor.
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