REFLEXIÓN «LA CONTRA». EL DOMINGO Nº 1386. 11 de octubre de 2026.
En las fiestas de Ntra. Sra. del Rosario, Virgen de Begoña y Virgen del Pilar.
Hace algunos años me encontré con una persona que, después de una larga crisis religiosa, buscaba de nuevo a Dios. Después de una larga conversación, me confesó que quería rezar. Hacia mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa. Había olvidado el Padrenuestro. Tampoco recordaba ninguna otra oración. De pronto, el rostro le iluminó: “Tal vez… el Avemaría”. Mientras recitábamos juntos la sencilla oración, vi que de sus ojos se desprendían dos lágrimas de alegría y emoción. Las grandes oraciones son siempre profundamente humanas y humildes. No son necesarias palabras complicadas ni frases sublimes. Lo importante es la fe con que se invoca.
El Ave María, unida con frecuencia al rezo del Padrenuestro, es una de las oraciones cristianas más populares. Consta de tres partes. La primera está tomada del anuncio del ángel a María: “Dios te salve, María, llena eres de grada, el Señor es contigo”. “Agur Maria, graziaz betea Jauna da zugaz”. La segunda evoca las palabras de alabanza que Isabel dirige a María: “Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre”. “Bedeinkatua zara zu andra guztien artean eta bedeinkatua da zure sabeleko frutua”. La última parte es una invocación medieval de origen incierto: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”. “Santa Maria, Jaungoikoaren Ama, erregutu egizu gu pekatarioen alde orain eta gure eriotzako orduan”.
Cada uno sabe cómo y por qué caminos discurre su vida, pero siempre es bueno encontrarse con María. Ella es Madre de Dios y también nuestra. María no es Dios, no es fuente de nuestra salvación, pero Dios está con ella y la ha llenado de gracia. En medio de un mundo que, a veces, parece maldito, ella es bendita porque ha sido bendecida por Dios para siempre. Podemos acudir a ella con confianza.
No necesitamos defendernos ni dar explicaciones. Ella es nuestra Madre. Conoce nuestro corazón cansado y, tal vez, nuestra vida rota o desquiciada. Conoce nuestros errores y nuestra mediocridad. En María, llena de la gracia de Dios, siempre encontraremos el amor y el perdón del mismo Dios. Unidos a tantos hombres y mujeres podemos también nosotros invocarla con humildad: “Ruega por nosotros pecadores”.
María nos acompaña siempre. En los momentos gozosos y en tos difíciles. Podemos contar con su protección maternal en la depresión y en la enfermedad, en la soledad o en el fracaso, en el miedo o en el pecado. Invocamos su ayuda “ahora”, en el momento en que pronunciamos la oración y también para “la hora de nuestra muerte” siempre desconocida, pero siempre más cercana.