Alejandro Carbajo | Múrmansk Lo dice el Evangelio de Juan, capítulo 3, versículo 8. Es verdad, “oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”. Me ha venido a la mente esta cita del Evangelio al recordar la Vigilia Pascual, la madre de todas las vigilias, en nuestra parroquia de san Miguel Arcángel en Múrmansk. El cuatro de abril bautizamos a Guénrij, Enrique, en el mundo Éldar.
A Guénrij lo trajo el viento, o sea, el Espíritu. No encuentro otra explicación. De familia musulmana, sin ningún contacto, próximo o remoto, con el catolicismo, apareció un día por el templo y dijo que quería ser católico. A sus 19 añitos. Estudiando para ser marino. Y queriendo ser católico.
Eso sucedió allá por septiembre del año pasado. Desde entonces, con fidelidad germánica, con lluvia, frío o nieve, nos hemos ido encontrando todos los sábados, para ir profundizando en lo que significa bautizarse. Que no es como elegir qué camisa me voy a poner o que pantalones saco hoy del armario. Es algo más serio, porque “imprime carácter” (№ 1272 CEC), y, además de abrirte las puertas del reino de los Cielos, te obliga a vivir de una determinada manera (ir a Misa, rezar, esas cosas que hacen los cristianos…) que luego no pudiera decir que “el p. Alejandro no me avisó de eso”.
Con temor y temblor fue nuestro amigo pasando los diversos escrutinios que el RICA (Ritual de Iniciación Cristiana de Adultos) va marcando. Asimismo, recibió el Credo que los cristianos nos gloriamos de confesar y la cruz que solemos llevar en el pecho. Para él fue algo muy emocionante sentir la oración de toda la Comunidad en cada uno de esos escrutinios, y saber que, durante la semana, los parroquianos rezaban por él.
La Vigilia Pascual contó con la presencia de un nutrido grupo de fieles, setenta personas, que con gran emoción acogieron a nuestro nuevo parroquiano en la comunidad. Con su apoyo, espero que Guénrij pueda participar muchos años de la vida de nuestra parroquia de san Miguel Arcángel.
El Lunes de Pascua leí que este año en Francia habían bautizado en ese país a veinte mil catecúmenos. Por supuesto, algo de (sana) envidia me da. Pero, visto lo visto, la verdad, no me puedo quejar. Además de Guénrij, tenemos a Elías, un marinero que también quiere ser católico. Está Aleksei, que ya ha hecho el paso a la Iglesia Católica, desde la Ortodoxia, y que casi llora cuando recibió la Sagrada Comunión. Hasta se ha apuntado al coro, con gran pesar de las coristas, porque no tiene oído.
O María, una madre de familia, que viene con su hijo Nikita, de 16 años, para hacer juntos el paso a la Iglesia única y verdadera. O Natalia, que no vive muy cerca, pero que nos conoció en un concierto de Navidad, y ya es de los nuestros al cien por cien. O Mijaíl, que viene con su madre, y al que espero pronto poder acompañar también en ese camino hacia la plena comunión con la Iglesia Católica.
O las dos personas adultas, que se confirmaron en noviembre, cuando vino Paolo Pezzi, el arzobispo de Moscú. O las varias personas que han recuperado el contacto con la Iglesia y su vida sacramental después del funeral del padre, o la madre, o la abuela.
No son los tres mil o los cinco mil que convirtió Pedro de una tacada, pero algo es algo. Sé que soy un siervo (muy) inútil, hago lo que tengo que hacer y lo hago medio mal, pero algo quedará. Porque el viento sigue soplando. Sigo agradeciendo vuestro recuerdo y vuestra oración.