CATÓLICOS EN MADRID – AsunciónJavier Pereda Pereda

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La fiesta de la Asunción de la Virgen María a los cielos en cuerpo y alma es la celebración mariana más esperada del mes de agosto. En la provincia de Jaén, esta devoción cobra una fuerza singular. El rey santo Fernando III mandó edificar la primitiva catedral bajo esta advocación, la cual preside hoy la fachada principal del actual templo renacentista, encima de la Puerta del Perdón, en un magnífico relieve en piedra de Julián Roldán.

Dentro de esta obra cumbre de Andrés de Vandelvira, cada 15 de agosto se realiza una procesión claustral con la imagen gótica de la Virgen de la Antigua, patrona del cabildo catedralicio. Según la tradición, la talla fue donada a la ciudad por el propio monarca castellano tras la conquista de la capital del Santo Reino en 1246. El solemne rito culmina con la bendición del Santo Rostro.

Para colmar de honores y en acción de gracias a la inmaculada Virgen María, Madre de Dios, distintas localidades jiennenses celebran también sus fiestas patronales. Es el caso de la patrona de Baeza, que próximamente será objeto de coronación canónica y pontificia. En Villacarrillo, la imponente iglesia renacentista —también alzada por Vandelvira— lleva el nombre de Nuestra Señora de la Asunción. En la Sierra de Segura, Orcera celebra a su patrona con encierros, verbenas y torneos de bolos serranos; mientras que, en Castellar, la fiesta religiosa se funde con festejos culturales y taurinos.

En la «Tierra de María Santísima» se entremezclan lo cultural y lo religioso, lo humano y lo divino, en este mes mariano señalado en el almanaque el día 15: la «Virgen de agosto». El calendario litúrgico de este mes se completa con otras citas clave: el día 2, Nuestra Señora de los Ángeles; el 5, la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor (la Virgen de las Nieves, patrona de Pegalajar); y el 22, Santa María Reina.

Más allá de Jaén, la jornada de la Asunción resuena con fuerza en toda España. En Sevilla, la patrona de la archidiócesis, Nuestra Señora de los Reyes, procesiona al amanecer alrededor de la catedral con honores de capitana general. Se trata de una imagen estrechamente vinculada a Fernando III, en cuya Capilla Real figura la célebre inscripción de Proverbios 8,15: “Per Me reges regnant” (Por mí reinan los reyes).

Por su parte, Elche (Alicante) escenifica el “Misteri”, un drama sacro lírico-medieval que representa la Dormición, Asunción y Coronación de la Virgen, declarado Patrimonio de la Humanidad. Mientras tanto, Madrid vive las fiestas de la Virgen de la Paloma, marcadas por la emotiva bajada de su cuadro a cargo del cuerpo de bomberos.

Todo este riquísimo patrimonio histórico, cultural y religioso se sustenta sobre profundos cimientos teológicos. En la liturgia de la misa de la Asunción leemos al apóstol y evangelista san Juan, el discípulo amado a quien Jesús confió a su Madre. En el Apocalipsis, el último libro del Nuevo Testamento —en perfecta conexión con el Génesis—, Juan nos habla de la majestuosidad de una mujer decisiva en la historia de la salvación: “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Ap 12,1). El texto narra el acecho de un gran dragón rojo que pretendía devorar al hijo que iba a dar a luz, el Mesías llamado a regir a las naciones, y el posterior combate celeste donde Miguel y sus ángeles vencieron al mal.

A pesar de ser una simple criatura, la Santísima Trinidad quiso adornar a esta mujer con las máximas virtudes. Así lo profetiza el Salmo 44, 10: “A tu diestra está la reina, adornada con oro de Ofir”. ¿Cómo no iba a estar prendado el Rey de su hermosura, si la creó inmaculada y virgen, libre del pecado original de Adán y Eva, para ser la Madre de Dios?

A estas declaraciones dogmáticas —Maternidad Divina, Virginidad e Inmaculada Concepción— se sumó en 1950 la proclamada por el papa Pío XII: la Asunción. María siguió los designios divinos de su Hijo, quien resucitó y ascendió al cielo por su propio poder. Ella, en cambio, por su singular dignidad, fue llevada —asunta— por Dios en cuerpo y alma a la gloria celestial. Al no experimentar la corrupción del sepulcro, la teología prefiere hablar de “Dormición”, “Tránsito” o “Reposo” para designar este misterio.

Por eso, la Virgen María es nuestra Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora, piropos que le dirigimos en las letanías del santo rosario, la oración que ella misma ha expresado en sus apariciones que más le agrada. Y es que, como canta el viejo himno mariano: “¡Más que Tú, solo Dios!”.

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