CATÓLICOS EN MADRID – Conocía a Dios, pero no sabía que era mi PadreSin Autor

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Crecí conociendo a Dios… o al menos eso pensaba.

Escrito por Alex Patrón

Vengo de una familia católica donde la fe siempre se tomó con mucha seriedad. Desde los cinco años servía en coros, fui acólito, iba a misa y cumplía con todo aquello que se esperaba de mí. Pero, siendo sincero, durante mucho tiempo viví mi fe más por responsabilidad que por devoción.

Como muchos, crecí pensando que cuando pecaba Dios se enojaba conmigo, que lo ponía triste y que incluso podía castigarme.

Sabía muchas cosas de Dios, pero todavía no sabía cuánto me amaba.

En julio de 2022 viví una pérdida que cambió completamente mi vida. En cuestión de semanas caí en una depresión severa. Bajé 15 kilos, tenía lagunas mentales, olvidaba comer y por las noches sufría ataques de pánico y ansiedad.

Y además adquirí una nueva costumbre: pelearme con Dios todos los días.

“¿Por qué, si desde pequeño he estado cerca de Ti, permitiste que me pasara esto?”

Me sentía insuficiente, roto, abandonado, rechazado, pisoteado y poco valioso.

En octubre de ese año terminé hospitalizado por una complicación en mis riñones derivada de mi estado de salud. Fue entonces cuando mis peleas con Dios comenzaron a convertirse en conversaciones. Llegué a un punto en el que ya no podía controlar lo que estaba sucediendo y comencé, poco a poco, a entregarle el control de mi vida.

Tiempo después me invitaron a cantar en un retiro de sanación de heridas emocionales.

Mientras cantaba, tenía una pregunta dando vueltas constantemente en mi cabeza: “Señor, ¿qué hice mal?”

Necesitaba saberlo. Quería descubrir cuál había sido mi error para corregirlo y asegurarme de nunca volver a cometerlo. Se lo pregunté durante toda la canción.

Cuando terminé de cantar, una señora se acercó a mí y me dijo: “El Señor quiere que te diga algo: NO HICISTE NADA MAL.”

Sentí que mi corazón se hacía chiquito.

Después de meses reclamándole, culpándolo y preguntándole cosas sin encontrar respuestas, por primera vez sentí que no estaba hablando solo. Me sentí escuchado.

A partir de ese momento, todo lo que se decía en aquel retiro comenzó a resonar de una manera diferente dentro de mí. Conocí una versión de Dios que hasta entonces no había experimentado: un Padre amoroso.

Un Padre que había escuchado cada uno de mis reclamos y que, después de todo lo que yo le había dicho, no me recibió con reproches. Me recibió con los brazos abiertos.

Durante meses me había visto como una persona rota y Dios comenzó a enseñarme que mi valor no dependía del rechazo, de mis pérdidas ni de lo que otras personas pudieran pensar de mí.

Eso no significa que aquel día mágicamente todo desapareció. Mi proceso de sanación continúa. He aprendido que sanar no tiene una fecha de entrega; Dios sigue entrando en lugares de nuestro corazón que necesitan ser restaurados, incluso en heridas que nosotros todavía no habíamos descubierto.

Pero aquel encuentro cambió el rumbo de mi vida.

Antes escribía canciones de desamor. Hoy le escribo al Amor verdadero, que es Dios. Mis canciones buscan contarle a quien las escucha acerca de ese amor que encontré cuando más perdido me sentía.

En enero de 2026 decidí renunciar a mi trabajo formal para tener la libertad de servir donde Dios me necesitara. Desde entonces he podido llevar este mensaje por México y también a lugares como Panamá, Bosnia y Croacia, a través de la música, conferencias, reflexiones y ahora también de estos artículos.

Porque después de conocer ese amor entendí que no quería quedármelo solamente para mí.

Si algo quiero que recuerdes después de leer mi historia es esto:

Eres un hijo profundamente amado.

No importa quién te haya hecho sentir lo contrario. No existe amor humano, reconocimiento o cosa material que pueda compararse con el amor que Dios quiere darte.

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