CATÓLICOS EN MADRID – Dios le atrapó y hoy es el Hno. ManuelSin Autor

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Desde Jóvenes Católicos me han pedido que explique brevemente mi vocación, así que ahí os va, para que me ayudéis a dar gracias a Dios.

Nací en Medina del Campo (Valladolid). Desde pequeño fui conociendo la fe, especialmente de la mano de mi abuela. No recibí el bautismo de niño, pero desde que tengo uso de razón siempre me llamaron la atención las cosas de la fe, y así andaba siempre cerca de la iglesia.

Recibí el bautismo, la comunión y la confirmación con 16 años, tras unos años de catequesis en la parroquia.

Siempre me atrajo mucho la Virgen del Carmen, y así solía ir a misa con los frailes. La comunidad de fieles que hay allí es una auténtica familia, en la que desde el primer momento me vi formando parte. Era muy llamativa la vida de los religiosos, siempre atentos a las necesidades del pueblo, con la celebración de los sacramentos y la ayuda en las diferentes necesidades de los fieles; además, eran muy queridos por la gente. En especial me llamaba la atención un fraile muy anciano, el P. Rafael, que pasaba los días en el confesionario. Su testimonio de alegría y de fidelidad fue fundamental para mí.

Yo, que estaba terminando el bachillerato, andaba dándole vueltas a qué hacer con mi vida y a qué esperaba Dios de mí. A lo largo de aquel año comencé a ir a misa a diario y a compartir las vísperas cada tarde. También solía ayudar al altar como monaguillo, lo que me ayudó a ir conociendo y disfrutando cada vez más de la liturgia.

Cuanto más conocía a los frailes, más me atraía su vida, y ya me rondaba por la cabeza la idea de la vida religiosa, aunque todavía no me atrevía a dar el paso. Comencé a leer a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Jesús, y me fascinaron: me vi totalmente reflejado en el estilo de vida que proponían.

Así, considerando lo rápido que pasa el tiempo, me di cuenta de que lo mejor que podía hacer era poner mi vida en manos de Cristo cuanto antes y seguir a tan buenos maestros.

Comencé el proceso de discernimiento vocacional en la Orden, y desde el primer momento me encontré en casa. Compartir la vida y la oración con los hermanos me fue ayudando a crecer. También mi familia y mis amigos me han acompañado y apoyado en el proceso desde el primer momento.

La vida en el convento es, en palabras de Santa Teresa, «un cielo en la tierra»: compartimos una vida sencilla, un proyecto común que nos introduce en el misterio de la Iglesia desde la cotidianidad.

Nuestra vida combina a la perfección oración, formación, vida comunitaria y apostolado.

Hoy, de mi día a día lo que más disfruto es la liturgia de las horas, la celebración de la Eucaristía y la vida en comunidad: es impresionante cómo, desde la pequeñez de nuestra comunidad, podemos entrar tan dentro de la Iglesia. El estilo de hermandad y recreación que nos enseñó Santa Teresa le da un tono especial a nuestro día a día, de tal forma que vivimos como una verdadera familia.

Dios no nos pide grandes cosas, de eso ya se ocupa Él, sino que hagamos «eso poquito que hay en nosotros» y que cada día nos abramos a su gracia.

Hno. Manuel

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