Hay que dar ejemplo. Pero del bueno. Y es que a veces creo que nos obsesionamos un poco con eso de dar ejemplo, ¿sabes?
Queremos hacerlo todo perfecto, decir lo correcto, tener siempre la respuesta indicada… y que alguien nos mire y piense: «Oh, Dios mío, pero qué persona tan ejemplar». ¡Qué presión tan innecesaria!
Baja a la vida real, por favor.
Porque muchas veces, cuando intentas dar ejemplo, se nota. Muchísimo. Es como cuando en una foto de grupo tu amigo Juan intenta parecer natural. Spoiler: Juan no está siendo natural. Y todo el grupo lo sabéis. Incluso Juan.
Pero cuando simplemente eres tú, pasan cosas.
Cuando ayudas porque te sale. Cuando pides perdón porque sabes que te has equivocado. Cuando tratas bien a alguien aunque nadie esté mirando. Cuando vives tu fe de verdad, dentro y fuera de la parroquia. Cuando haces las cosas bien sin estar pensando todo el rato en si alguien se habrá dado cuenta.
Ahí, sin darte cuenta, estás dando ejemplo.
Y quizá ese sea el punto: no necesitas estar intentando ser ejemplo para los demás. Intenta ser la persona que sabes que estás llamado a ser (que ya tenemos bastante trabajo con eso).
Porque los mejores ejemplos muchas veces son los que no están intentando serlo.
Así que sí. Sé tú. Sé auténtico. Y deja que los demás saquen sus propias conclusiones. Así, sin darte cuenta, quizá alguien aprenda de ti. Incluso Juan.
Piénsalo : )
Miguel Bedoya Abadía
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