Había terminado la dura carrera de medicina cuando en 2020, durante el Covid, João Victor Corrêa Maiolino, comenzó a dedicar más tiempo a la oración. «Cuando terminé la residencia, al día siguiente ya estaba con mis hermanos en el Seminario», relata este seminarista de 31 años de la Archidiócesis de Río de Janeiro, (Brasil). Lleva un año viviendo en España en el Seminario Internacional Bidasoa. En su testimonio, João Victor nos da las claves para aplicar la medicina en el acompañamiento y curación espiritual de las almas.
Una familia sencilla
João Victor Corrêa Maiolino es natural de la ciudad de Campos dos Goytacazes, en el estado de Río de Janeiro. Proviene de una familia muy sencilla. Su padre (Francisco Vicente), médico de profesión, pasaba un poco más de tiempo fuera de casa, pero se hacía presente de su modo discreto y observador. Su madre (Rosane), es profesora y aplicaba sus conocimientos de pedagogía en la formación de él y sus dos hermanos mayores: Thiago y su hermana Lívia. «Soy el más pequeño, aunque en estatura no lo sea», comenta sonriente.
«Mi familia no tiene una fuerte tradición católica. Todos hemos sido bautizados, pero solo mi hermano y yo vivimos la fe de manera concreta. Mi padre vive la fe de un modo más discreto y normalmente participa en la Santa Misa con ocasión de una Misa de difuntos, una boda o alguna otra celebración familiar. Mi mamá y mi hermana practican otra religión, el espiritismo kardecista», explica.
Sin embargo, aunque sus padres no vivan la fe católica, eligieron un colegio católico de los Salesianos para su educación. Y en la convivencia familiar, con momentos de alegría y diversión, su madre siempre les obligaba a reconciliarse en las discusiones entre hermanos.
La importancia del deporte en su formación personal
La adolescencia es una etapa de cambios y rebeldías, pero João Victor la vivió tranquila. Sus preocupaciones estaban mucho más relacionadas con el deporte que con cualquier otra cosa. «Lo que me apasionaba era jugar al baloncesto. No me gustaba estudiar, aprobaba y ya está. Sin embargo, practiqué baloncesto a un alto nivel hasta el punto de mudarme a Río de Janeiro, con 16 años, para jugar en el club Fluminense», relata.
Esta experiencia deportiva ayudó a João Victor muchísimo en su formación personal, pues le permitió desarrollar habilidades muy importantes, como el trabajo en equipo, la disciplina y la capacidad de prepararse para grandes desafíos bajo presión. Sin embargo, no continuó con su carrera deportiva porque sufrió varias lesiones y, a los 17 años, tuvo que elegir entre baloncesto y estudiar en la universidad. Y optó por los estudios.
«Elegí Medicina. Como es una carrera muy competitiva en Brasil, tuve que estudiar muchísimo para conseguir una plaza, teniendo en cuenta que hasta entonces nunca había estudiado tanto. Al final necesité dos años de curso preparatorio para lograrlo y, con 19 años, ingresé en la facultad», recuerda el joven brasileño.
Tras seis años de carrera, comenzó a ejercer como médico residente. Tenía una novia y su vida iba muy bien.
La vocación sacerdotal vino con la pandemia
Sin embargo, durante la pandemia, en 2020, João Victor comenzó a dedicar más tiempo a la oración y, conforme fue siendo posible, también a la vida sacramental.
La experiencia de João Victor refleja un proceso que viven muchos jóvenes cuando comienzan a plantearse una posible vocación sacerdotal. La llamada de Dios no suele manifestarse de forma extraordinaria. Con frecuencia nace en lo cotidiano: una vida de oración más intensa, el acompañamiento de un sacerdote, la participación en los sacramentos o el deseo creciente de entregar la vida al servicio de los demás.
Recuerda los momentos íntimos con Dios de aquella época: «Poco a poco fui creciendo muchísimo en mi intimidad con Dios y cada vez me acercaba más a Él. Hasta que, en un determinado momento, surgió una pregunta nueva en mi corazón: ¿Por qué no ser cura? Mi primera reacción fue rechazar esa idea de inmediato. Pero no funcionó. La pregunta volvía una y otra vez, hasta que decidí afrontarla de frente. Lo compartí con mi párroco y, en el proceso de discernimiento, terminé mi noviazgo y opté por tomar en serio esta llamada».
Durante dos años, mientras João Victor realizaba la residencia en Medicina de Familia y Comunidad, discernió su vocación sacerdotal. Como la residencia era en la Universidad del Estado de Río de Janeiro (UERJ), vivía en Río y allí participó en los encuentros vocacionales de la Archidiócesis. Poco a poco las puertas se iban abriendo, aunque no sin esfuerzo y valentía. «Cuando terminé la residencia, al día siguiente ya estaba con mis hermanos en el seminario», sentencia.
Un movimiento de acercamiento a la fe entre los jóvenes
En cuanto a la Iglesia en Brasil afirma que la realidad es muy diversa en un país tan grande. Y algo nuevo está cambiando: «tengo la impresión de que, en este momento, está surgiendo un movimiento de acercamiento a la fe, especialmente entre los jóvenes, impulsado en parte por las iniciativas de apostolado digital».
Este joven brasileño relata que muchos jóvenes están descubriendo un cierto vacío en el mundo actual. Ven cómo las redes sociales, especialmente plataformas como TikTok, ocupan cada vez más tiempo en la vida de las personas, pero muchas veces sin ayudarles a encontrar un sentido más profundo para sus vidas. Cuando descubren que la Iglesia tiene una historia sólida de dos mil años, que sigue estando presente de manera concreta en la vida de tantas personas, sienten el deseo de conocerla mejor y muchos acaban acercándose a la fe.
Vida pastoral, vocaciones y sacerdotes
La archidiócesis de Río de Janeiro cuenta con una vida pastoral muy intensa y dependiendo de la región, se pueden encontrar carismas diferentes. Fruto de esta realidad, hay un número elevado de vocaciones, tanto para la vida diocesana como para la vida religiosa masculina y femenina.
En el seminario mayor hay 162 seminaristas y en el seminario propedéutico, 41. «Sin duda, este número elevado es también fruto de la excelente labor del cardenal don Orani, de la oración del pueblo de Dios y del despertar de la fe entre los jóvenes que mencioné anteriormente», afirma.
En cuanto a su experiencia en España, muchas cosas han sorprendido a João Víctor. En primer lugar, toda la historia que nos habla a través de la arquitectura, de los grandes templos y de una cultura milenaria que sigue presente no solo en los edificios, sino también en la manera de vivir de muchas personas.
«Pasé la Semana Santa en Granada y tuve la oportunidad de ver cómo prácticamente toda la ciudad participaba en las procesiones: unos como costaleros, otros tocando en las bandas y otros simplemente acompañando o contemplando el paso de las cofradías. Lo que más me impresionó fue ver que toda la ciudad vivía la Semana Santa de un modo muy unido», relata.
Sin embargo, a João Víctor le dio la impresión de que no siempre existía una intención propiamente religiosa detrás de esa participación. Es decir, no todos participaban movidos por la fe. «Pero no lo veo como un problema, sino como un reflejo de una sociedad que, poco a poco, se ha ido alejando de Dios. En realidad, me parece una gran oportunidad para la evangelización, porque muestra que todavía existe una puerta abierta para sembrar el Evangelio en el corazón de muchas personas».
El sacerdote que quiere llegar a ser: médico de almas
Tras su formación en España, volverá a Brasil a recibir la ordenación sacerdotal. Y surgen preguntas inevitables: «¿Cómo anunciar a Cristo a las personas en nuestros días? ¿Qué tipo de sacerdote quiero llegar a ser?».
João Victor da algunas claves, equiparando la medicina con el sacerdocio: «creo que el sacerdote, al igual que los médicos, necesita desarrollar muchas habilidades. No solo una buena formación teórica, sino también una gran sensibilidad en el trato humano, capacidad de observación, sentido pastoral y cercanía con las personas que Dios le ha confiado».
Pero por encima de todo, asegura que el sacerdote es un hombre de oración. «Las gracias que recibe, los frutos de su ministerio, la eficacia de su predicación y de toda su labor pastoral no provienen únicamente de su esfuerzo, sino de su correspondencia a la gracia de Dios. En definitiva, Dios es quien realiza la obra. Nosotros solo somos sus instrumentos».
Por eso, para llegar al corazón de las personas, ya sean los jóvenes o quienes están más alejados de Dios, es necesaria una vida de oración. «Hay que seguir el camino que Dios vaya indicando, escuchar y conocer la voz de sus ovejas, protegerlas con la propia vida y amarlas. En el fondo, no hay mucho que inventar: se trata simplemente de seguir los pasos de Cristo», concluye este seminarista brasileño.
Fuente: Fundación CARF
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