Esta mañana cuando iba a celebrar Misa en la ciudad que vivo, Málaga, me he encontrado con una escena que me ha conmovido. Una mujer abrazada a su marido, mientras su hija de 18 años con las maletas en la acera esperaba a un UBER que le iba a llevar a la estación para incorporarse a un Colegio Mayor en Madrid.
Por otro lado, al llegar al colegio me he cruzado con otra madre que me ha dicho, cuando le he preguntado por su hija que ha empezado sus estudios en Pamplona: «no me dejó que me bajara del coche para despedirme de ella.»
Son días en los que muchos universitarios/as abandonan el hogar familiar. Algunos por primera vez, otros ya han vivido más veces esta experiencia. En todos los casos se deja un vacío: una habitación con las persianas medio bajadas, un armario medio abandonado y un gran silencio.
Toda marcha produce un vacío y nos recuerda que nada es eterno. Sin embargo, quiero decirte a ti que hoy vas a la Facultad de Farmacia y a ti que has dejado a tu hija en la estación del AVE que podéis estar más unidas que antes si rezáis a diario la unas por la otra. Es verdad que el vació físico la oración no lo va a llenar, pero sí el espiritual y no hay que olvidar que somos cuerpo y alma.
Rezar nos llevará a no olvidar. A tener presente. Agradecer el pasado y mirar con esperanza el futuro. Por eso, proponte todos los días rezar algo por tu hija y tú, por tus padres. Ya veréis que cuando os volváis a ver estaréis más unidos que aquellos que no rezan los unos por los otros.
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