CATÓLICOS EN MADRID – No todo lo que piensas es verdadSin Autor

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Hay pensamientos que nos llegan con fuerza y provocan dolor. Una preocupación, un miedo, un recuerdo, una comparación con los demás o esa voz interior que nos repite que no somos suficientemente buenos. A veces terminamos creyendo que, porque algo aparece en nuestra cabeza, necesariamente tiene que ser verdad.

Pero no es así. No podemos impedir que surjan determinados pensamientos, pero sí podemos decidir qué hacemos con ellos. Y aprender a hacerlo es una forma concreta de crecer en libertad.

La primera clave consiste en no identificarnos con todo lo que pensamos. Tú no eres tus pensamientos. Puedes experimentar miedo sin ser una persona cobarde; puedes tener un pensamiento negativo sin que tu vida sea negativa; puedes sentir dudas sin que tu fe haya desaparecido. Un pensamiento es algo que aparece en nuestra mente, no una sentencia sobre quiénes somos.

Por eso, cuando aparece un pensamiento que nos haga daño, conviene detenerse y preguntarse: ¿esto es realmente cierto o simplemente estoy interpretando las cosas de una determinada manera? Muchas veces descubriremos que estamos exagerando, anticipando problemas que todavía no existen o juzgándonos con una dureza que jamás utilizaríamos con un amigo.

También ayuda aprender a sustituir determinados pensamientos. No se trata de repetir frases positivas sin más, sino de buscar una mirada más verdadera. Frente al «no puedo», podemos preguntarnos «¿qué puedo hacer hoy?». Frente al «todo me sale mal», recordar aquello que sí hemos conseguido. Frente al «estoy solo», reconocer también a las personas que nos quieren y están cerca.

Y, para un cristiano, existe además un lugar privilegiado donde llevar aquello que ocupa nuestra mente: la oración. No hace falta llegar ante Dios con los pensamientos ordenados. Podemos presentarnos tal como estamos y decirle sencillamente: «Señor, esto es lo que me preocupa». La oración no siempre cambia inmediatamente las circunstancias, pero puede cambiar la manera en que las miramos.

San Pablo invitaba a los primeros cristianos a renovar su mente. Esa renovación es también un camino cotidiano: aprender a mirar la realidad con más verdad, dejar de alimentar aquello que nos roba la paz y permitir que la mirada de Dios vaya ocupando poco a poco el lugar de nuestras propias inseguridades.

Quizá nunca consigamos que nuestra mente esté completamente en silencio. Tampoco se trata de eso. La verdadera libertad no consiste en no tener pensamientos difíciles, sino en no permitir que ellos gobiernen nuestra vida.

Porque hay una diferencia enorme entre pensar algo y elegir creerlo.

Raúl M. Mir

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