Tendremos que asimilar la intensa visita apostólica de seis días del papa León XIV a España. Hay que agradecer al Santo Padre el esfuerzo evangelizador y corresponder trabajando sus sugerentes discursos y su encíclica «Magnifica Humanitas».
Podría parecer que este no era el momento más adecuado para llegar a un país dividido y con constantes casos de corrupción política; sin embargo, a juzgar por los siete minutos largos de aplausos en la sede de la soberanía nacional, ha concitado la aprobación de todos los representantes públicos.
Puedo manifestar con alegría que «yo estuve allí», junto con al menos otro medio millar de jiennenses que se desplazaron a Madrid para alzar la mirada a Dios a través del Pontífice. Tuve la suerte de que la organización del viaje me acreditara como uno de los 5500 periodistas encargados de cubrir la información. Desde la televisión los acontecimientos se ven con tranquilidad, pero tomar el pulso al ambiente, mezclarse con miles de personas y recorrer kilómetros hasta llegar al lugar reservado vale la pena.
Partí con mi amigo Antonio el sábado por la mañana en coche hacia la capital para asistir a la vigilia de oración en la plaza de Lima. Tras acogernos como peregrinos un matrimonio amigo encantador en su casa de Moratalaz —Gema y Fernando— y acercarnos en metro al centro, nos dispusimos a un largo caminar marcado por controles policiales interminables hasta llegar al Bernabéu.
Durante las tres horas de travesía, comprobé que cánticos como «¡Esta es la juventud del Papa!» o «¡Papa León, te queremos un montón!» eran una vibrante realidad. En un ambiente de absoluta alegría, se daban cita miles de jóvenes educados, de mirada limpia, que desafiaban el cansancio con ojos brillantes. Se reunían para una inolvidable tarde de oración con Jesús Sacramentado y con su representante en la Tierra, buscando reafirmar el sentido de sus vidas.
Desde la tribuna de prensa, a escasos metros del estrado, compartí espacio con medios de comunicación del mundo entero y saludé a colegas de profesión. Un amigo sacerdote, al verme tan cerca del Papa, me comento: «¿Qué te ha dicho para mí?» Medio en broma, medio en serio, le contesté: «Que sigas confesando a tantísimas personas; sin los sacramentos no hay santidad».
Las emociones estaban a flor de piel al compartir una tarde de adoración con Cristo, María y el Papa. Los testimonios de los jóvenes y las respuestas del Santo Padre invitaban a la reflexión profunda, mientras el coro sublimaba canciones eucarísticas. La letra del estribillo del himno de este viaje, a fuerza de repetirla y bailarla, se nos quedó grabada: «Alzo la mirada, / mis ojos en Jesús. / Alzo la mirada / clavada en la cruz». Y es que, siguiendo al obispo de Hipona, «el que canta reza dos veces».
Pasada la madrugada, tocó descansar apenas unas horas para afrontar la santa misa y la procesión con el Santísimo en el día del Corpus Christi. Tuve la fortuna de situarme entre los 1600 sacerdotes y las autoridades. Allí saludé a muchos amigos y también agradecí personalmente a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, una impecable organización digna de eventos internacionales como las próximas Olimpiadas. ¡Y es que, como diría Luis Quiñones de Benavente, de Madrid al cielo!
El Papa nos invitó a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo. Así lo manifestó el sumo pontífice con los cientos de bebés que bendijo, con los niños con discapacidad, con los más desfavorecidos en el centro CEDIA de Cáritas o en la penitenciaría catalana de Brians: «No existe ninguna situación que haga al Señor apartar de nosotros su mirada. Su amor misericordioso está siempre por encima de cuanto bien o mal hayamos hecho».
Nos quedan también dos imágenes para el recuerdo: Robert Prevost, reconocido madridista, recibiendo la camiseta de manos del recién elegido presidente Florentino Pérez, y el gesto distendido en la cabina del avión camino a Barcelona.
En la Ciudad Condal, el Santo Padre celebró la misa y bendijo la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia en el centenario de Antoni Gaudí, recordando su célebre máxima: «Primero el amor, después la técnica».
Antes, en su discurso en el Congreso de los Diputados, había defendido con firmeza la dignidad inviolable de la persona humana, la cual no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables. Para finalizar, el viaje concluyó en Canarias, donde alertó contra la cultura del descarte y visibilizó el drama de la inmigración.
Remansadas tantas ideas, ahora corresponde trabajarlas y meditarlas para que no se queden en un simple fuego de bengala. A modo de conclusión esperanzada, el actor Antonio Banderas, con su sentido testimonio, nos espoleaba con otra gran frase de san Agustín: «Decís vosotros que los tiempos son malos; sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores».
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