Resuenan los ecos del domingo de Resurrección. De la tristeza del Viernes Santo a la gloria de la Pascua. Y en medio hay momentos en la vida en los que todo parece quedarse en silencio. Sueños que no salen, heridas que pesan, dudas que nublan la fe. Como si una parte de nosotros hubiera sido colocada en un sepulcro, cerrada con una piedra demasiado grande y pesada para moverla solos.
Y, sin embargo, ahí comienza todo. Resucitar con Cristo no es una idea bonita ni un recuerdo lejano de algo que pasó hace siglos. Es una experiencia viva, actual. Es permitir que, en medio de nuestras noches, alguien pronuncie nuestro nombre y nos invite a salir.
Resucitar es abrir los ojos cuando pensábamos que ya no había luz… y darse cuenta de que la oscuridad nunca fue el final, sino el umbral. Es ese instante frágil en el que el alma, aún temblando, empieza a creer otra vez. No porque todo esté resuelto, sino porque Alguien ha entrado en nuestra noche.
Resucitar es levantarte después de haber caído mil veces… pero no con la soberbia de quien se cree fuerte, sino con la humildad de quien ha descubierto que no camina solo. Cada caída deja de ser un fracaso definitivo y se convierte en un lugar de encuentro, donde Cristo se inclina, nos toma de la mano y susurra: “vamos de nuevo”.
Resucitar es descubrir que nuestra historia no termina en el fracaso… que nuestros errores no tienen la última palabra, que nuestros miedos no dictan nuestro destino. Es mirar nuestra propia vida —con todo lo que nos cuesta aceptar— y empezar a verla como Dios la ve: una historia inacabada, abierta, redimible, capaz de belleza incluso en sus grietas. Porque Dios no escribe desde la perfección, escribe desde el amor. Y el amor siempre encuentra una forma de continuar.
Resucitar es permitir que Dios escriba un capítulo más… cuando ya habíamos cerrado el libro. Es dejar que reabra páginas que dábamos por perdidas, que transforme finales en comienzos, y heridas en puertas.
Cristo no resucita solo: nos lleva con Él. Nos arrastra suavemente fuera de nuestras tumbas cotidianas: la desesperanza, la culpa, la rutina sin sentido, el miedo a no ser suficiente.
Resucitar con Cristo es como la primavera que no pide permiso. Llega después del invierno, silenciosa pero imparable. Es dejar que Dios entre en nuestras ruinas y haga de ellas un jardín. Es comprender que incluso nuestras heridas pueden florecer. No se trata de volverse perfecto, sino de sentirse vivo. Más humanos, más libres, más capaces de amar. Porque Cristo resucitado no borra nuestras cicatrices sino que las ilumina.
Resucitar con Cristo no es solo sentir algo bonito en Pascua. Es una forma concreta de vivir cada día. Por eso, hay que salir del “sepulcro” personal. Todos tenemos uno: pereza, miedo, pecado, mentira, soberbia, inseguridad… En la oración hemos de identificarlo y dar un paso pequeño pero real para salir de él. A veces resucitar empieza con algo tan simple como pedir ayuda o volver a intentarlo.
Hemos de buscar a Cristo en lo cotidiano. En la oración, sí. En la vida de sacramentos, también. Pero también en los amigos, en la familia, en quien necesita algo de nosotros. La vida nueva se reconoce en lo sencillo. Y aprende a perdonar (y a perdonarnos) No hay resurrección sin dejar atrás la muerte. El rencor encierra; el perdón abre la tumba.
Vivamos con propósito. Un joven que ha “resucitado” no vive por inercia. Sabe que su vida tiene sentido y misión, aunque aún no lo entienda del todo. Y llevemos vida donde hay muerte. Un comentario positivo, una escucha sincera, una ayuda concreta. Ser cristiano es contagiar esperanza.
Resucitar con Cristo no es algo reservado para los “perfectos”. Es para los que se sienten cansados, perdidos, rotos… pero dispuestos a dejarse encontrar. No esperemos a estar listos. No esperemos a entenderlo todo. La piedra ya ha sido removida. Solo falta que salgamos y exclamar con júbilo: ¡Jesucristo ha resucitado! y desde este grito alegre ponernos a su servicio.
Raúl M. Mir
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