CATÓLICOS EN MADRID – Somos soldadosSin Autor

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He asistido recientemente a la jura de bandera de cientos de soldados y me ha emocionado la grandeza de esa vocación. El militar no se prepara para la guerra por amor al conflicto, sino para proteger a las personas, preservar la paz y garantizar la seguridad de sus compatriotas. Su formación exige años de disciplina, esfuerzo y sacrificio para estar preparado cuando lleguen los momentos difíciles. Del mismo modo, la vida cristiana es un camino de formación continua, en el que el discípulo de Cristo aprende, día a día, a vivir el Evangelio y a responder con fidelidad cuando llegan las pruebas.

La vocación militar es en esencia, una vocación de servicio. Amar a la patria significa servir a quienes la forman. Por eso, el militar asume una misión: proteger, servir y, si fuera necesario, arriesgar la propia vida por los demás. Ese compromiso encuentra un eco profundo en las palabras de Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). El sacrificio del militar cobra su pleno sentido cuando se pone al servicio de una causa justa y del bien común.

Ni el militar ni el cristiano caminan solos. Ambos pertenecen a una comunidad que los sostiene y acompaña. La comunidad sostiene, cuida, anima, levanta, protege… No es casualidad que San Pablo recurriera con frecuencia a imágenes militares para explicar la vida cristiana. Invita a los creyentes a “revestirse de la armadura de Dios” (Ef 6,11), a “combatir el buen combate de la fe”(1 Tim 6,12) y a comportarse como “buen soldado de Cristo Jesús” (2 Tim 2,3). No habla de una lucha contra personas, sino de un combate espiritual, en el que las armas son la fe, la esperanza, la caridad, la verdad y la justicia. La vida cristiana, como la militar, exige preparación, disciplina, perseverancia y entrega. Ambas reclaman hombres y mujeres capaces de salir de sí mismos para ponerse al servicio de una misión más grande que sus propios intereses.

Cuando el servicio se vive desde el amor , cuando la autoridad se ejerce con justicia y cuando el sacrificio busca el bien de los demás, la vocación militar encuentra una profunda armonía con los valores del Evangelio. Resuena la misma llamada: amar, servir, proteger y permanecer fieles hasta el final.

Porque el verdadero heroísmo no consiste en dar la vida un día, sino en entregarla cada día por el bien de los demás. Ambos saben que el auténtico combate siempre merece la pena cuando se libra por amor. Y, quién sabe, quizá San Pablo, si escribiera hoy una carta, terminaría diciendo con una sonrisa: “Firmes….en la fe”.

Marienma Posadas Ciriza

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