Jimena Banús, nació en una familia católica pero no practicante. Sus padres, también alejados, no pudieron transmitir a sus 7 hijos aquello que no conocían. No había ninguna relación con Dios, nadie hablaba de fe, no iban a misa. Estaban a punto de divorciarse, cuando irrumpió en su camino una comunidad religiosa: los Peregrinos de la Eucaristía. El matrimonio no sólo se salvó, sino que llevó su experiencia de fe a toda la familia. «Cuando mis padres se convirtieron, a mi no me hacía ninguna gracia eso de la vida católica», dice Jimena. Pero Dios se fue abriendo paso también en su corazón inquieto.
De naturaleza revoltosa, Jimena fue descubriendo muchas cosas después de un primer «encuentro personal» con Dios. Se dio cuenta de que su vida había ido al ritmo de heridas y complejos. La falta de identidad y de propósito que le habían llevado a hábitos y relaciones poco saludables, se fueron desvaneciendo cuando, por fin, decidió decir sí al Señor.
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