La conmemoración de la entrega del escapulario a san Simón Stock invita a profundizar en el origen y el significado de este signo de consagración a María. El P. Alejandro López, de la comunidad del convento de San Andrés de Salamanca, explica que llevarlo supone dejarse cuidar y educar por la Virgen para “revestirse de Cristo por medio de ella”
SERVICIO DIOCESANO DE COMUNICACIÓN
Una gran imagen de la Virgen del Carmen entregando el escapulario a san Simón Stock (1165-1265) preside el altar de la iglesia de la Orden Tercera del Carmen de Salamanca, conocida popularmente como el Carmen de Abajo. La escena, tallada por Alejandro Carnicero, remite a la tradición carmelitana que sitúa este acontecimiento el 16 de julio de 1251 en el convento de Aylesford, en Inglaterra. Este año se cumplen 775 años de aquella entrega.
Según explica el carmelita Alejandro López La Puente, aquel episodio se produjo “en un momento en que el Carmelo no sabía si iba a sobrevivir o no”. La Virgen se apareció al entonces prior general de la Orden, le prometió que ésta perduraría en el tiempo y, “como signo de amor y protección”, le entregó el escapulario.
Aquel gesto está en el origen de una devoción que, a lo largo de los siglos, se ha extendido más allá de la Orden del Carmen. Pero, ¿qué es realmente el escapulario? ¿Qué expresa quien lo recibe y qué compromiso implica llevarlo?
Una prenda nacida para el trabajo
El escapulario está estrechamente unido al hábito de los religiosos y debe su nombre a las escápulas, la zona de los hombros sobre la que descansa esta pieza de tela. “En origen, es un delantal de trabajo, una pieza que se pone para limpiar la casa, para trabajar”, explica el P. Alejandro.

De esa prenda procede el escapulario de la Virgen del Carmen que, con el tiempo, se convirtió para los carmelitas en el “símbolo del amor y protección de la Virgen”.
Más adelante, quienes se sentían cercanos a la espiritualidad del Carmelo comenzaron a pedir un signo visible que expresara también su vinculación con esta familia religiosa. Así surgieron los escapularios de menor tamaño que, al principio, se confeccionaban con esas prendas viejas, “se recortaban y se hacían escapularios pequeñitos para que la gente también los pudiera llevar”.
Dejarse cuidar es también dejarse educar
El escapulario no es únicamente una manifestación externa de devoción, sino “un signo de consagración a la Virgen“. Para el P. Alejandro, quien lo lleva “siente la protección de María, que lo reviste”, pero ese cuidado implica también dejarse formar por ella y aceptar su manera de vivir y de mirar. “Ella nos protege y nos cuida, pero también nos educa, nos transmite sus valores, nos transmite el amor a su Hijo y nos hace ver la vida desde una perspectiva distinta”, sostiene.
Pertenecer a la familia del Carmelo

“La persona, cuando recibe el escapulario, expresa dos cosas: una, el amor profundo a nuestra santa Madre, la Virgen María; y luego también el deseo de participar de los mismos bienes espirituales de la familia carmelita“, explica este religioso del Convento de San Andrés.
Esa pertenencia vincula a quien lo lleva con una tradición espiritual de casi ocho siglos y con el testimonio de santos y santas que han vivido el Carmelo, como “san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, santa María Magdalena de Pazzi o san Tito Brandsma“, recuerda el P. López Lapuente.
La espiritualidad carmelitana se caracteriza por “un profundo amor a la Palabra de Dios“, por meditar “día y noche la ley del Señor”, cultivar la oración y amar a Cristo. “Cualquier espiritualidad nos lleva a Cristo y en el Carmelo se vive en obsequio de Jesucristo por medio de María”, afirma.
Un compromiso que nace de la devoción

El sentido del escapulario invita también a vivir de una manera concreta. Para el P. Alejandro, este compromiso es doble: “Por un lado, ser una persona mariana, que ama a la Virgen y se deja amar por ella. Por otro lado, vivir las virtudes que vivió María, es decir, dejarse educar por ella”.
La devoción a la Virgen conduce siempre hacia su Hijo. “María es la que nos lleva a Cristo, porque cualquier cosa que vivamos tiene que tener a Cristo en el centro”, subraya el carmelita.
El privilegio sabatino
Esa confianza en la intercesión de María está también en el origen del llamado privilegio sabatino. Según la tradición carmelitana, la Virgen intercede por quienes mueren llevando el escapulario y los libra del purgatorio el sábado siguiente a su muerte y los conduce al cielo.
No obstante, el P. Alejandro sitúa esta esperanza dentro del conjunto de una vida cristiana y no como un efecto automático de portar el escapulario. “Al margen de estas cosas, es verdad que la persona que vive estos valores, si de verdad vive los valores del escapulario, va al cielo. Morimos como construimos nuestra vida”.
Y explica cuáles son esos valores: “Si nuestra vida la hemos construido en torno a la Palabra de Dios, en torno a Cristo, en torno a la contemplación, la ternura, la compasión y la misericordia, y de verdad nos hemos revestido de Cristo por medio de María, el que lleva el escapulario, por lógica, va al cielo”.
Devoción a la Virgen en el Carmen de Abajo
La devoción a la Virgen del Carmen está muy presente entre quienes se acercan estos días a la iglesia del Carmen de Abajo para participar en la novena y celebrar su fiesta. El P. Alejandro reconoce en ellos “devoción, amor, fe y confianza” y “el deseo de vivir con María, de la ternura hacia la madre. Es un cariño muy especial que se lleva en lo profundo”.
La víspera de la fiesta de la Virgen del Carmen, 15 de julio, es también una ocasión para recibir el escapulario y acercarse al verdadero sentido de este signo al finalizar la eucaristía de las 20:00 horas.
Y, el jueves, 16 de julio, la iglesia del Carmen de Abajo celebrará la fiesta de la Virgen del Carmen con eucaristías a las 12:00 y a las 20:00 horas. Tras la celebración de la tarde tendrá lugar la tradicional procesión por los márgenes del río Tormes.
Para la comunidad carmelita, esta procesión permite compartir con la ciudad aquello que considera más valioso: “nuestro amor a María”, señala el P. Alejandro.
Uno de los momentos más entrañables para él se produce cuando la procesión pasa junto a la residencia de las Hijas de Jesús. “Cuando paramos delante de las Jesuitinas, ellas bajan y le cantan a María. Ese momento de comunión con la gente es muy bonito”.

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